Kim Kashkashian – Robert Levin: “Songs from Spain and Argentina” – Asturiana (Ecm New Series)
diciembre 17, 2011
Trata de arrancarlo Noriega, me digo a mi mismo. Hablo solo pero aún no creo haber perdido la chaveta del todo. Aquí estoy, esta vez para recomendar un disco interesantísimo a mi juicio. Un disco que propone un viaje transatlántico a través de la música de seis compositores y dos países. Los países son Argentina y España, y los compositores son por el lado de acá Enrique Granados, Manuel de Falla y Xavier Montsalvatge mientras que por acullá Alberto Ginastera, Carlos Guastavino y Carlos López Buchardo completan el elenco.
La temática está clara, aquí se han recopilado canciones populares de estos seis magníficos compositores sustituyendo la voz y el texto por la viola de Kim Kashkashian y respetando el original acompañamiento de piano a cargo del genial Robert Levin. Ambos hacen una respetuosa y austera pero a la vez hermosa y emocionante interpretación de las partituras. Si bien se dice de la viola que es el instrumento de cuerda con el sonido más vocal, el más similar a la voz humana tanto por su expresividad como por su registro, y aún adquiere un timbre más dulce y lleno de sutiles matices en las manos de Kim Kashkashian (no confundir con la pelandrusca de Hollywood cuyo apellido es Kardashian), en el piano todo se convierte en un juego divertido y travieso a la vez que dramático e intenso, teñido por la marcada personalidad de R. Levin, un singular intérprete y brillante musicólogo.
El trabajo de ambos viene avalado por la producción de Manfred Eichner y la garantía de la firma Ecm o como les gusta decir a ellos, “the most beautiful sound next to silence”. Esta vez al menos lo han vuelto a lograr, en mi opinión.
Hay un ejemplo de la sutileza y genialidad en esta obra que me parece digno de mención. En el tema Asturiana de Manuel de Falla, en la toma elegida por ellos como principal, la melodía se presenta por primera vez en una octava superior a la de la re-exposición. Lo normal suele ser comenzar en un registro más grave para que cuando se pase de nuevo por la melodía, con el fin de generar una mayor tensión y de esta manera no perder la atención del oyente, se presente esta una octava por encima. Bien, eso ocurre en la segunda toma, pero juzguen ustedes si no es hermoso y a la vez sorprendente la opción destacada por ellos. El efecto conseguido es ciertamente sorprendente y altamente emotivo. Yo quiero ver por ahí la influencia de Eichner y su prodigiosa inteligencia musical.
Ya no me enrollo más, y sin prometer nada que ya nos conocemos, espero no tardar mucho en volver por aquí. Eso si, no me puedo despedir sin la habitual recomendación etílica. Esta vez se me antoja como una gran opción, tanto por simpatía y complicidad con todos mis amigos argentinos, así como por la calidad de la D.O., acompañar la escucha con un buen vino tinto de la región de Mendoza.
Saludos y hasta la próxima entrega.
PD: Siempre se agradecen los comentarios y las críticas si alguien se anima a escuchar el disco. Un poco de Feedback para tomar perspectiva y aprender juntos.
Link grooveshark: Asturiana – songs from spain and argentina y otro link: Kim kashkashian y Robert Levin – asturiana
Tin hat trio – Helium
septiembre 9, 2010
Sigo escuchando música, sigo por ahí. Ahora aquí, de vuelta en el blog. Errático en la manera de acercarme a la música, desordenado, con tendencia al tedio, en una búsqueda enferma y constante… adicto al random del spotify. Y en esta huida constante haca ninguna parte ya hace unas semanas se me presentaba algún tema de este disco (y es que el random-radio del spotify no lo es tanto, para qué engañarse), al que empecé por prestarle un poco de atención. A los días sonó otro tema que por fin terminó en alguno de mis muchos playlist (nunca suficientes) en los que ordeno la música, y ya por último comencé a escuchar el disco entero. Y es en este punto donde trato de unir ese mundo abstracto de sonidos y sensaciones en el que vivo con algunas palabras para satisfacer esa necesidad tan humana que es la de comunicarse. Vamos allá!
Al igual que el disco de Tim Posgate posteado hace ya algún un tiempo en esta página, aunque en cuanto a entradas en el blog sea una de las últimas, es un disco difícil de catalogar. Tal vez por eso me ha atrapado. Por el descaro, por la crudeza del sonido, de una naturalidad refrescante, al igual que la originaldad de la instrumentación.
La amplitud de referencias musicales reinterpretadas sin ningún tipo de titubeo ni rubor por los componentes de este singular trío, la versatilidad y contundencia del lenguaje musical, donde se mezclan el blues, la música “clásica” contemporánea, el lenguaje cinematográfico, jazz, algunos piensan también en “tango“, según he leído por ahí (más pensando en el sonido del violín que en la música, aunque no dudo de que pasen por Argentina en algún momento) y un largo etc. de influencias que no podría enumerar ahora.
Si que existe una referencia que me resulta imprescindible nombrar y es fundamental para entender muchas de las cosas que están sucediendo en el que es para mi el más interesante panorama avant-garde actual. Podríamos decir que el espíritu de Tom Waits, su sonido o estética, está siendo un gran nexo, un lugar común para muchos proyectos actuales de muy diversa índole, ofreciendo una dirección a veces, otras un punto de partida.
No me cabe duda que mi amigo Asier Suberbiola y Aupa Quartet, formación en la que toca junto a otros buenos amigos del aquí escribiente y que recomiendo ver en directo fervientemente, encontrarán buena inspiración en este album. Al menos mi deseo es que lo disfruten como cualquier otro viajero de la red que pare por aquí.
Hoy no me enrollo más. Ya sé que no doy mucha información sobre este audaz trío, pero me sirve para anunciar el fin de una ausencia durante la cual este servidor se mudó de valle. Buscadme por Navarra, acaso por Gipuzkoa me encontraréis a veces, y si consigo unir algunas palabras más también por este blog me asomaré de vez en cuando.
Salud!
link: Tin Hat Trio – Helium
M (Matthieu Chedid) – Mr. Mystère
marzo 20, 2010
Tengo ganas de bailar, y ha sido la música de M (nombre artístico de Matthieu Chedid) la que ha despertado de nuevo en mi esta apetencia. Hace tiempo que no tenía tan claro que quería ir a ver un concierto. Y si, quiero ver a M en vivo, enloquecer con los riffs de guitarra potentes, enloquecer con su energía. Mister Mystere es ese disco al que todo el que pasa por el estudio estos días temina enganchándose. Apenas hace falta que lo ponga yo, porque casi seguro que alguien lo está escuchando ya, o va a escucharlo o lo ha hecho hace un rato.
Me he rendido a sus talentos, que son muchos, no sin vender cara la piel del oso, ya que siempre desconfío con el pop, ando buscando la trampa, el truco pero… Es buen músico, toca y graba varios instrumentos, aunque en directo se aferra a la guitarra generalmente, a la vez que es un gran hacedor de canciones. Domina géneros tan dispares como el rock, funk, folk (Blami se reirá con esto), electrónica y además, gasta una cuidada y pintoresca imagen que le sirve para crear un show impactante en la que todos los que están en el escenario rebosan actitud, frescura y fiesta. Un hombre creativo, inquieto, que toma riesgos y cumple a pies puntillas aquella máxima de B. Wilder: “hago películas solo para entretener y las hago tan honradamente como puedo”, pero trasladado a la música, claro. Entretener haciendo arte, haciendo buenas canciones, entretener sin perder la calidad y la independencia creativa, entretener sin complejos… levantar el ánimo, emocionar, hacerte bailar o cantar la melodía preciosa de una canción pequeñita, de esas que le gustan a Joan Berenguer.
¿Qué coño pretende este tío? ¿A donde quiere ir a parar? ¿Se quiere convertir en un nuevo “Príncipe” del pop? Sin duda sería mi candidato.
Le deseo lo mejor a Mister Chedid, que siga generando una energía tan positiva entre tanto triste que camina por ahí, entre toda esa masa de chicos con cara de amargura y de cantar andrógino, de me drogo pero no rompo platos… y por suerte también está fuera del buenrollismo galopante, de globos de colores y ponpas de jabón, de a qué huelen las cosas que no huelen.
Y por cierto, hoy que hay tal vorágine de información que le puede llegar a saturar a cualquiera dejando obstruida cualquier capacidad de emocionarse o de sorprenderse, los clips del señor Mystere me traen locos. Son sorprendentemente hermosos, y como muestra un botón:
Así que sin más demora, os dejo con este peculiar francés que está llamado a “romperla”, como dirían mis colegas argentinos. Como no, si tienen la posibilidad, disfrutenlo con un buen Champange Cocktail, o no se corten y sírvanse una copa de aromático armanaç, y a gozar!
Desde la cueva del oso hermitaño, un afectuoso saludo y hasta pronto.
link spotify: M – Mister Mystère
Ralph Towner – Time line
febrero 23, 2010
Link: Ralph Towner – Time Line
Hoy vendo paz y armonía, arte y maneras, técnica y poesía, trabajo y amor, pasión por un instrumento, delicias de sonido. Solo una guitarra otra vez, solo un hombre con su instrumento, Ralph Towner. Y digo otra vez porque este blog comenzaba su andadura con un post sobre un disco de similar concepto, One quiet night, de Pat Metheny.
Nunca entraré en diatribas sobre si el instrumento más completo es tal o pascual, el que mas bonito suena… Cuántas veces me han preguntado en mi vida por el instrumento más difícil de tocar o cosas así (si me dieran un euro por cada vez). A las personas les gusta esa épica, en fin. Incluso a algunos músicos aburridos les gusta este tipo de discusiones. ¡Qué se yo, quién sabe! El caso es que la guitarra es, sin duda, un gran instrumento, y tocado con arte por un gran maestro puede dar luz a un disco hermoso y generar una música que incite a soñar, que sugiera e inspire el uso de otros sentidos que no el oído simplemente. Si cierras los ojos, evoca olores, imágenes y sensaciones abstractas que no aparecen en lo cotidiano, quizás por no disponer del tiempo necesario, ni de la calma mental, de la paz. Tal vez sea esa la “línea de tiempo” que nos lanza Ralph Towner, vía ECM (donde lleva instalado no pocos años), para gozar de la música y de unas composiciones de carácter intimista, de unas armonías un tanto impresionistas y de su ritmo particular y ambiguo, travieso, que suscita un mundo mágico en el que las palabras (esas que pululan en tu mente, pues no las hay en el disco, si acaso alguna respiración del propio Towner que se escucha prestando mucha atención) se funden con el paisaje hasta desaparecer, hasta hacerse innecesarias, para no interponerse entre el oyente y un mundo de “innombrables” sensaciones.
“The pendant”, tema que abre el disco, es modulante, pendular, desafiando la gravedad, perdiéndose en la niebla para aparecer, tomar cuerpo y volver a desdibujarse. “Oleander Etude”, mucho más terrenal, más enérgica, el juego y deseo mas adolescente, casi infantil, o todo o nada, se dibuja en mi cabeza como una escena de recreo en un patio de colegio con las paredes de hormigón, una canasta y unas porterías (que le voy a hacer si se me dispara la imaginación). “Always by your side”, donde el amor pierde la temporalidad para convertirse en algo etéreo que perdura y se queda suspendido como un pensamiento, donde una mirada se congela como una foto y después entra por la ventana en forma de sonido, café con leche y la cama sin hacer. “The hollows”, donde alguien se pasa las manos por la cabeza y se la sacude como si quisiera sacarse alguna idea obsesiva que le pica en la mente, como si tuviera un bicho enmarañado en el pelo. Parece por un momento que se haya ido, pero lo que sea que está molestándote vuelve una y otra vez. No importa lo que intentes, no puedes dejar de pensar en ello. Puedo ver al bailarín sentado en una silla e imaginar sus movimientos.
La calma regresa con “Anniversary song”, una celebración sin fiesta ni grandes gestos, una terraza y una botella de vino al anochecer en una plaza bonita del mediterráneo francés, mesa con mantel a cuadros, un cigarro en un cenicero y la mer de fondo… El sol sale en “If”, donde niños juegan con otros niños en un parque verde, mientras sus padres, sentados en un banco de madera junto a otros padres, sonríen las gracias de los pequeños y a ratos se preguntan para qué sirve la vida, desando tal vez, que todo desemboque en una barbacoa con amigos que no es seguro que tengan. Pero quien sabe, si hay deseo puede haber aun esperanza, y además, ha salido el sol en invierno (invento e imagino).
“Five Glimpses”, obra en cinco movimientos o bien como dice el propio título, cinco ojeadas, cinco miradas rápidas de las cuales, la más duradera alcanza justo el minuto. Más bien cinco inspiraciones que pasan en un suspiro. “The lizards of Eraclea” describe el movimiento ágil en los juegos y cacerías de los lagartos de Eraclea, de colores vivos y hermosos, de nuevo con el Mediterráneo como fondo, siendo esta vez sugerido el marco no únicamente por mi imaginación sino por el propio título. En “Turning of the leaves” parece que estemos en otoño, esa gran estación creativa y metafórica, con el viento agitando las ramas y todo un manto de hojas sobre las que pasea un anciano con las solapas del gabán bien ceñidas al cuello. Un cielo gris metálico da contorno a los fantasmagóricos árboles desnudos, mientras las hojas bailan en remolinos dando forma al movimento del aire, como el traje de un hombre invisible.
Aparece a continuación una deliciosa versión del clásico jazz standard “Come rain or come shine”, mil veces interpretado y grabado, composición de Harold Arlen con letra del grandísimo Johnny Mercer, para el musical “St. Louis woman” de 1946, cuya letra dice así:
“I’m gonna love you, like nobody’s loved you
Come rain or come shine
High as a mountain, deep as a river
Come rain or come shine
I guess when you met me
It was just one of those things
But don’t you ever bet me
‘Cause I’m gonna be true if you let me
You’re gonna love me, like nobody’s loved me
Come rain or come shine
We’ll be happy together, unhappy together
Now won’t that be just fine
The days may be cloudy or sunny
We’re in or out of the money
But I’m with you always
I’m with you rain or shine”
Y ahora, enfilando el final del disco, aparecen las cuerdas de metal, las de una guitarra de 12 cuerdas, de la que sin duda Ralph Towner es uno de los maestros más importantes. El tema “Freeze frame”, trata de descongelar una imagen donde el frío es sugerido a través del contraste entre la acústica de sonido metálico con la calidez de las cuerdas de nylon usadas hasta ahora en los temas anteriores. Y otro tema clásico, “My man’s go now” escrito para la opereta Porgy and Bess en 1935 por George Gershwin cierra este disco al que ya le he puesto demasiadas palabras, más de las que seguro nadie necesita para interpretarlo libremente y disfrutarlo a su manera.
Y hasta aquí lo que vendría a ser la recomendación musical de hoy, que pueden acompañar con una copa de buen vino tinto, ligero y aromático, de los que entran bien como aperitivo.
Aténtamente se despide hasta pronto, siempre suyo:
Alibadal
Me encandila cuando en un disco se escucha el traqueteo de las llaves de los vientos, de los saxos sobre todo, tan ruidosas ellas. Me emociona encontrarme por sorpresa, casi atropelladamente con algo que me hace frenar en seco, derrapar y girar con cara de “que coño está pasando aquí”, como me ha ocurrido con este disco. ¿Por qué nadie me había hablado de esto!? “¿Y quién lo iba a hacer?” – me pregunto – y no hallo respuesta.
De Frank Zappa a Tom Waits, de AM 4 a Bill Frisell, de Uri Caine a Carla Bley, de Ry Cooder a John Zorn, de Kurt Weill a Django Bates… esos momentos que recuerdan un tanto a Morphine pero pasado de vueltas. Un viaje musical que va de la vanguardia al folk, del kiosko de la plaza el domingo por la mañana en la hora del vermut a un tugurio nocturno de Chicago y de “L’Scala di Milano” a un afterhours holandés de jazz supercool, incluso desde Nueva Orleans hasta el Canadá, esa tierra en la que, por cierto, uno no sabría bien que beber (lo tenía que decir en algún momento, y ya está, me he quedado bien a gusto). Así que cocinando bien al dente todos estos ingredientes (es un decir, ya que seguro que podrían ser otros similares, muchos son los nombres), y digo bien al dente, podríamos obtener algo que se pareciera a “In the future of your dream”. Me estoy dejando ir plácida, despreocupadamente, emocionado por el colocón musical.
Me flipo con la mezcla de música en papel dando marco a la improvisación, como capas superpuestas. Con la mezcla constante de voces, vientos y una guitarra que se diluye a veces, que salta sobre todo lo demás otras, que coquetea traviesa con todos los elementos que se suceden, aparece y calla, según, abriendo espacios a la creación de diferentes climas dentro de un mismo track. La ausencia de percusión se utiliza casi como un arreglo, como algo que produce inquietud, para crear más contraste aún entre las diferentes partes, y sorprender cuando entra en plan pop en el tema Don’t ask me.
Me encanta la sensación -humana por otra parte- de ser el pregonero de tamaño descubrimiento, de anunciar que Tim Posgate ya está aquí (ya estaba, claro, pues este disco sin ir más lejos tiene ahora 6 años) como si nadie lo conociera, deseando que cualquiera me contradiga y me discuta, que venga a visitar al viejo barba-cana para decirle que anda despistado, y así charlar un rato sobre música, en mi caso, deleitarme escuchando hablar sobre ella y como no, sobre el bueno de Tim. De esta manera, arrojar luz sobre quién es este personaje y de como ha llegado a este nivel de chaladura genial que a su vez me trae loco.
Así que advirtiendo que me he vuelto a salir una vez mas del sendero para adentrarme en el bosque, dejar el camino para descubrir aquel claro al que no hay senda conocida que nos pueda llevar, dejo en manos de cada cual y de su espíritu aventurero el atreverse con esta maravilla de música, fresca, divertida (como decía la canción de Habana Abierta, “la vida es una broma… muy seria”), tragicómica como me gusta, muy intensa.
Servidor se despide hasta la próxima entrega, dejando como no, el recurrido y posiblemente útil link a spotify: Tim Posgate – In The Future Of Your Dream (The Words Of Peter McPhee)
Bye!
Aztec Camera – Stray
enero 4, 2010
Si algo importante pasó en la tierra al unirse hace millones de años las dos Américas y separar así Pacífico y Atlántico, o al vaciarse el Mediterráneo para llenarse milenios más tarde con sus correspondientes consecuencias y efectos en cadena, algo así ocurrió con la música entre los 80 y los 90, momento en el que se da un cambio de dirección en la estética importante, en cuanto a la forma de grabar y sobre todo, en cuanto al sonido. La cosa no volvió a ser igual después, y es ese preciso momento de cambio en el que Roddy Frame y sus compañeros de tripulación se embarcan en la grabación de “Stray“.
Corría el año de gracia de 1990. La reverb iba a dejar de tener ese protagonismo nefasto que durante toda la década de los 80 marcó cantidad de grabaciones (esas cajas y esos bombos, uff…), en mi opinión (siempre en mi opinión, bah! Maldigo lo políticamente correcto desde aquí y ahora, y mi corrección en particular la maldigo sobremanera), cerrando las puertas de la historia a muchos grandes trabajos discográficos y preciosas canciones. Y no solo la reverb, sino las programaciones, al igual que los pianos y las cuerdas sintetizadas contribuyeron casi en la misma medida al desastre estético. Vamos, que de momento y si no se demuestra lo contrario, nunca antes hubo una moda musical en la historia del “hombre cultural” tan rápidamente caduca, tan efímera.
Así es que estamos sobre la delgada línea roja, donde aun quedan algunos resquicios del pasado, pero comienza a vislumbrarse una luz al final del túnel, lo cual sitúa este disco entre dos épocas, siempre haciendo referencia al sonido. Sin embargo, desde lo musical algo debe de ocurrir para que alguien como yo, que prácticamente sea poco aficionado tanto al pop como al rock, y que no logre superar la barrera estética que representa ese sonido “ochentero”, aun siendo adolescente y consumidor potencial en el momento en el que se pertrechaba el crimen, adore este disco.
Tal vez este disco no vaya a aparecer entre los mejores del rock en ninguna de las listas de la revista “Rolling Stone” ni en la de los “1001 que hay que escuchar antes de morir“… pero sin duda, es un disco en cualquier caso mucho mas bello que la mayoría de los que en la misma suelen figurar, en opinión de esta oreja. No es que yo compre la revista de marras, pero hace unos días tuve la oportunidad de revisar la lista de los 100 mejores discos de la década del 2000 y opá… o ellos vienen de otro planeta o el alienígena soy yo (esto último es lo más probable, sin duda).
Enfilando hacia lo musical. Una lírica excepcional, un gran repaso de muchas de las líneas fundamentales del rock y del pop británico, tanto armónicas como estructurales dando la sensación de escuchar un trabajo completo, de esos que se devoran de principio a fin, y que más que saltar canciones uno tiene por momentos el deseo de rebobinar para escuchar de nuevo un pasaje fascinante, la entrada a un solo o un sorprendente puente. Los temas más enérgicos y rockeros nunca pierden la fluidez melódica, sin dejar de ser rítmicamente poderosos por ello, y sin dejar de lado el descaro con el que los británicos han seducido al mundo moderno, descaro al que se podría añadir cierta ingenuidad adolescente. Mientras el rock transita por el imaginarío más puramente británico, las baladas son empujadas hacia el jazz para desnudar la voz del sr. Frame, que luce aquí mejor que nunca, dando espacio para movimientos preciosistas del bajo y permitiendo que la guitarra coloree, juguetona, encontrando acordes y voicings interesantes, siempre ubicada y lírica, sumando al global en todo momento, superando la fea y fría barrera de la funcionalidad, para ser contrapunto ahora insustituible de una voz que sale realzada, arropada en todo momento.
Para los que no conocierais esta banda ni el disco en cuestión, creo que puede resultar una agradable sorpresa, un disco sin aristas que se deja degustar amablemente, en contraposición a algunas de las recomendaciones que voy haciendo habitualmente, las cuales suelen acompañarse de un regusto amargo, o directamente son huesos duros con los que hay que lidiar para sacar algo de provecho. De cualquier manera, parece que seguiré aquí por tiempo indefinido, sin prometer periodicidad determinada, eso si, dando un pequeñísimo empujón a una música que sin tener vocación de ser enterrada como la mayoría, queda ahogada por la vorágine y la velocidad bárbara de los tiempos que vivimos.
Un disco que 10 de cada 9 tahures recomiendan escuchar mientras uno se baja pausadamente una copa de Drambuie (“el licor que satisface” según los gaélicos), maravilloso trago de origen escocés, al igual que Aztec Camera en su formación primera, antes de ser una interminable lista de músicos que acompañan a Roddy Frame bajo el nombre de la agrupación original, que tan solo logró mantenerse tal cual en el primer Lp. Por cierto que en esta ocasión, la orquestación del personal corrió a cargo de dos míticos productores, Russ Titelman (flipando con su curriculum) y Tommy LiPuma (aunque este último, con ese nombre, habría podido ser cualquier cosa, boxeador, mafioso… también con un historial de producciones que quita el hipo).
Así que con este disco recibo el nuevo año y despido un 2009 al que muchos teníamos ganas de perder de vista con la esperanza, infructuosa, de que simplemente el cambio de número nos traería mejor suerte o al menos una cesta de navidad. Otra cosa es que el tiempo parece tener la virtud de mover las cosas, aun cuando uno se quede quieto, y ahí si, queda más 2010 para esperar que algo bueno suceda, antes de que comencemos a desear que también se termine.
el link spotify: Aztec Camera – Stray
Egberto gismonti – Infância
agosto 24, 2009
Voy repasando en este blog algunos discos que me encuentro por el camino, y otros con los que me topé en los albores de mi despertar melómano. Este pertenece al grupo de aquellos primeros discos, hace casi 20 años de eso. Tuve un gran maestro para escuchar música, Alberto Lizarralde, que también era mi profesor de guitarra en Jazzle, una academia de música moderna en San Sebastián. Reconozco que con la guitarra se lo hice pasar mal, no estaba yo muy convencido de llegar a tocar como Bill Frisell o Pat Metherny, mas bien era bastante frustante, claro que en quien había uno de fijarse, en fin. Sin embargo creo que la experiencia de aquellos cafés tras las clases, esos 10 o 20 minutos de charla en la antesala de las aulas, con los catálogos discográficos y revistas especializadas de jazz, y aquellas “perricas” sisadas a mi madre para discos cada mes, supusieron hasta que tuve mis primeros trabajos como profesor el comienzo de mi colección musical. Bien merecía aquel café y lo aprendido fuera del aula, lo que costaban aquellas dichosas clases, al menos para mi (a mi madre no sé, aún se estará arrepintiendo). Y es que estudiar Jazz en el San Sebastián de aquellos tiempos era algo realmente singular, por decirlo de alguna manera, y aun, pues seguro que tiempo atrás resultó más singular si cabe.
El caso es que Alberto, uno de los melómenos más impresionantes que yo haya conocido, bien por lo exquisito, sibarita e informado, me instó a sumergirme en el mundo ECM (y en otros universos), y este es uno de los discos que me compré bajo su influencia. Escuchándolo estos días, con la oreja y el sentido que te dan 20 años de cosicas vividas, de discos escuchados, sigo teniendo la misma sensación que tuve la primera vez que lo escuché.
Comentábamos por entonces sobre la doble personalidad de Egberto Gismonti, Jekyll al piano y Mr. Hyde en la guitarra. En toda su música emerge una fuerza que emana directamente de sus raíces, del folclore de ese Brasil inmenso. Sin embargo, cuando está al piano, su conocimiento y la influencia de compositores europeos, desde Satie hasta Debussy o Ravel, y es que este singular músico tuvo la posiblidad de formarse en París con algunos profesores vanguardistas, herederos de Schoenberg y Webern, y a menudo su música alcanza cotas melódicas y armónicas de una luz y una belleza espectaculares, mientras que a la guitarra se oscurece y desarrolla una música de mayor intensidad rítmica, y armónicamente mas abstracta y arriesgada. Lo cual no quita para que sea una fiera al piano, desarrollando a veces juegos rítmicos casi imposibles. Es capaz de generar una atmósfera delicada, frágil, donde parece que todo está a punto de romperse, y pasar a convertirse después en un ser salvaje que cabalga a lomos de un pura sangre sin domar, y entonces su música se impulsa violéntamente. Puede ser reflexivo, amable, obsesivo… y todo cambio de estado entre piezas o dentro de una misma pieza se da con naturalidad, en una suerte de anillo de moebius sonoro y emocional.
Al contrario que otros discos amados, que parecen mutar cada vez que los escuchas, la fuerza de las composiciones y la energía interpretativa hacen que este disco sea ese disco siempre, que la música sea esa música, y que cada momento sea ese momento. Creo que estamos ante una obra completa, una maravilla de trabajo, un disco precioso.
Que lo disfruten con mis mejores deseos.
Link a spotify: http://open.spotify.com/album/2jQY3BHAiGV3nV7XD81CEB
Allen Toussaint – The bright Mississippi
agosto 16, 2009

Link a Spotify: Allen Toussaint – The Bright Mississippi
Llevo viajando unas semanas con este disco, viajando en el tiempo. Este disco conecta con hombres que nacieron a finales del siglo XIX, o en los comienzos del XX, y nos trae un pedazo de aquel “feel” y un interesante balance temporal. Estos hombres fueron la banda sonora de aquella época, y sus temas se tocaron y se tocan desde entonces por grandes artistas en los que han influido, músicos como Louis Armstrong, Duke ellington, Miles Davis, Jimmy Smith… la lista sería interminable. Esas melodías han transitado a lo largo de casi 100 años, vistiéndose a cada década con la ropa de momento, soportando dignamente el bop, el bebop, cantantes diversos de dispares estilos, interminables improvisaciones o breves versiones vocales, ritmos latinos, boogaloo, etc.
No sé como explicarlo bien, pero Allen Toussaint está en forma ahora mismo, al igual que el productor del disco Joe Henry. Dos artistas inspirados en un gran momento. Pero desde luego, el disco es una sorpresa teniendo en cuenta que el pianista tiene una larga historia como compositor de “Rhythm and Blues” y si hace unos meses escuchaba a Toussaint en su trabajo con Elvis Costello “The river in reverse”, ahora disfruto con esta delicia de disco, en el que todo suena al primer blues, el inicio del Jazz, la plataforma sobre la que se construyó la interesante historia de un siglo de música en un país que nos ha influido a todos, suena realmente evocador. Al igual que el encuentro de Charlie Haden con un entrado en años Hank Jones en “Steal away”, es una alegría ver envejecer tan dignamente, tan inspirados, tan sabios, a músicos de tamaña envergadura cuando entran en esa edad en la que se camina despacio, el la que uno se sienta lentamente y toca sin prisa. Lo mismo me ocurre si escucho a Kenny Barron arrancar con ese fraseo templado, esa pulsación bien conocida, que sabe a auténtico swing. Recuerdo su voz, al principio de un show con esa parsimonia, y aún sin entenderlo puedo visualizar como se le caían las palabras melodiosamente, pensadas, meditadas, sin lucha.
Una de las cosas que aprecio en gran medida (“mayormente”) es la capacidad de vivir ahora sin dejar de estar en ayer, y creo que no solo en la música, en la vida también me ocurre. No hablo de hace una semana, ni de treinta años, hablo de ese otro “Ayer”. Y este disco está tocado con el sabor de antaño, y ahí es ahí donde están los intérpretes mientras que Joe Henry viene a aportar ese “yo que sé” (¿la elección de los músicos?) que hace que el disco esté en el mundo “ahora” (Don Byron y su endemoniado clarinete tienen mucho que decir en dicha conexión), y ese trabajo en equipo genera la magia para que estos temas tocados sin vocación pirotécnica, se conviertan en una obra indudablemente bella. Aquí la música se convierte en un registro ya no solo músical, pues además del triste sentir de eternos adioses, de abandonos amorosos o la alegría de noches de fiesta, nos sugiere “imágenes” de un río, de los vapores, de los campos y ciudades, de gentes sudorosas castigadas por un cielo en llamas y la humedad que atrae a los mosquitos, imágenes de grandes películas, o de otros tantos films…
¡He dicho!
Así que, escuchando desde mi colina el lejano murmullo de las fiestas del “popular” y barcelonés barrio de Gracia, me internaré en mi cueva a intentar descansar lo más fresquito posible… entren sin llamar.
Trago recomendado: un refrescante “Hurricane” al estilo New Orleans, y si se hace demasiado ligero, yo lo dejaría en Ron a secas.
Sidney Bechet (1897, New Orleans, Louisiana)- Egyptian fantasy
Turner Layton (1894, Washington D. C.)- A dear old southland
Anonymus – St. James Infirmary
Con Conrand (1912) – Singin’ the blues
Jelly roll morton (1885) – Winin’ boy blues
Joe king Oliver (1885) – West end blues
Django Reinhardt (1910, Liberchies, Bélgica) – Blue drag
Traditional (s. XIX) – Just a closer walk with thee
Thelonious Monk (1917, Carolina del Norte) – Bright MIssissippi
Duke Ellington (1899, Washington D.C.) y Billy Strayhorn (1915, Dayton, Ohio) – Day dream
Leonard Feather (1914, London) – Long, long journey
Duke Ellington – Solitude
Músicos:
- Allen Toussaint: piano, voz en “Long, Long Jorney“
- Don Byron: clarinete
- Nicholas Payton: trompeta
- Marc Ribot: guitarra acústica (no me lo saco de encima ni con agua hirviendo, la madre que lo parió…!!!)
- David Piltch: upright bass
- Jay Bellerose: batería y percusión
Invitados:
- Brad Mehldau: piano en “Winin’ Boy Blues“
- Joshua Redman: saxo tenor en “Day Dream”








