bill frisell - buster keaton

bill frisell - buster keaton

Me había propuesto ir alternando las entradas de discos novedosos para mi, con viejas glorias de mi discoteca particular… pero he de sucumbir ante las pruebas, esas que me delatan como nostálgico en estos últimos tiempos. Ya cambiará la suerte, pues hasta ahora siempre terminó haciéndolo, en ese movimiento pendular que siempre traté de frenar buscando el centro como mi admirado Franco Battiato. Cambiará, no sé si ocurrirá mañana, pero…

… se lo debía a Bill Frisell, pues siempre estuvo ahí, abriendo caminos, pilotando con su humor particular, con su enorme sonido. Siempre estuvo explorando conceptos musicales sin dejar de generar belleza (excepto cuando se junta con John Zorn, dudo que a veces quieran producir algo bello), crear situaciones a base de silencios y contrastar la paz con el caos. Sus acordes imposibles, tanto como sus ligados, con su “menos es más” llevado al extremo y su pedal de volumen, siempre fueron un rompecabezas sin resolver, y cuando parece que lo pillo gira en otra dirección, sorprendiéndome. Su voz con la guitarra, inconfundible.

En el caso que nos ocupa, casi se dibujan las escenas con solo escuchar la música, pero si has visto las películas de Buster Keaton, claro, ya lo tienes. Yo hice una colección de vídeos de las de entrega semanal en tu kiosko de muchos de sus films. A lo largo de mi vida lo he intentado alguna que otra vez, lo de hacer una colección, con bastante poca continuidad por cierto, pero con la de Buster Keaton aguanté casi hasta el final. En vhs, imagínense! Hoy, en la era de la tecnología aun he tenido problemas para intentar cuadrar la música de Frisell con las escenas de las películas (ahora ya en formato digital), con esa cara de tonto que se te queda, intuyendo que en otro momento o alguien más inspirado lograría cuadrarlas “al toque”. Reconozco que fui impulsado por los discos de Bill Frisell, encontrados casualmente en una de las tiendas que frecuentaba entonces, a investigar en la filmografía de este genial actor tragicómico y acróbata. Lo que si recordaba que mi padre le solía llamar “pamplinas”,  y también algún que otro momento televisivo, algún flash en la carátula de algún programa sobre cine, pero poco más sabía yo hasta entonces de Buster Keaton.

El caso es que la música original de las cintas de Keaton, un señor tocando un piano por lo general, me fascinó en su momento. Ingeniosa, inspirada, matizando las escenas más que los gags, bella. La revisión que hace Frisell en verdad se aguanta por si sola como una obra musical independiente al film, interesante… pero sobre las imágenes se termina de completar, se cierra el círculo. De justicia es reconocer  que yo lo he hecho hace bien poco, superponer música e imágen, a pesar de haber escuchado muchas veces los discos, y tan contento que yo estaba. Que me aspen si el trío formado por Bill Frisell a la guitarra, Kermit Driscoll al bajo (un auténtico mago de las notas graves con aspecto de leñador entrañable) y Joey Baron (uno de mis baterías fetiche, muy original, con un groove del carajo y un caminar peculiar) no tiene una química como pocas veces se ha dado. Química necesaria para transitar esos lugares tan abstractos y complejos saliendo bien parados de todos los lances.

Añadir que el otro disco está inspirado en las imágenes de otra gran película de Buster Keatn, “Go west”. Así que tanto si escuchan la música como si se animan a ver las pelis, cualquiera que sea la modiladad que elijan, yo me sentiré un poco feliz desde el silencio de mi guarida, la cual ya estoy acomodando para el recién entrado otoño, o tal vez para cuando esta nostalgia pegajosa y “blues” se me despegue.

Link a Spotify: Bill Frisell – Music For The Films Of Buster Keaton: The High Sign/One Week

Así que saludando a Martí Duch de montaña a montaña, desde la mía voy a otear el horizonte en busca de alguna señal del productor del disco, “Lee Townsend”, a ver que averiguo de él. Ya os contaré.

Laister arte! (hasta pronto!)

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Voy repasando en este blog algunos discos que me encuentro por el camino, y otros con los que me topé en los albores de mi despertar melómano. Este pertenece al grupo de aquellos primeros discos, hace casi 20 años de eso. Tuve un gran maestro para escuchar música, Alberto Lizarralde, que también era mi profesor de guitarra en Jazzle, una academia de música moderna en San Sebastián. Reconozco que con la guitarra se lo hice pasar mal, no estaba yo muy convencido de llegar a tocar como Bill Frisell o Pat Metherny, mas bien era bastante frustante, claro que en quien había uno de fijarse, en fin. Sin embargo creo que la experiencia de aquellos cafés tras las clases, esos 10 o 20 minutos de charla en la antesala de las aulas, con los catálogos discográficos y revistas especializadas de jazz, y aquellas “perricas” sisadas a mi madre para discos cada mes, supusieron hasta que tuve mis primeros trabajos como profesor el comienzo de mi colección musical. Bien merecía aquel café y lo aprendido fuera del aula, lo que costaban aquellas dichosas clases, al menos para mi (a mi madre no sé, aún se estará arrepintiendo). Y es que estudiar Jazz en el San Sebastián de aquellos tiempos era algo realmente singular, por decirlo de alguna manera, y aun, pues seguro que tiempo atrás resultó más singular si cabe.

El caso es que Alberto, uno de los melómenos más impresionantes, bien por lo exquisito, sibarita e informado que yo haya conocido, me sumergió en el mundo ECM (y en otros universos), y este es uno de los discos que me compré bajo su influencia. Escuchándolo estos días, con la oreja y el sentido que te dan 20 años de cosicas vividas, de discos escuchados, sigo teniendo la misma sensación que tuve la primera vez que lo escuché.

Comentábamos por entonces sobre la doble personalidad de Egberto Gismonti, Jekyll al piano y Mr. Hyde en la guitarra. En toda su música emerge una fuerza que emana directamente de sus raíces, del folclore de ese Brasil inmenso. Sin embargo, cuando está al piano, su conocimiento y la influencia de compositores europeos, desde Satie hasta Debussy o Ravel, y es que este singular músico tuvo la posiblidad de formarse en París con algunos profesores vanguardistas, herederos de Schoenberg y Webern, y a menudo su música alcanza cotas melódicas y armónicas de una luz y una belleza espectaculares, mientras que a la guitarra se oscurece y desarrolla una música de mayor intensidad rítmica, y armónicamente mas abstracta y arriesgada. Lo cual no quita para que sea una fiera al piano, desarrollando a veces juegos rítmicos casi imposibles. Es capaz de generar una atmósfera delicada, frágil, donde parece que todo está a punto de romperse, y pasar a convertirse después en un ser salvaje que cabalga a lomos de un pura sangre sin domar, y entonces su música se impulsa violéntamente. Puede ser reflexivo, amable, obsesivo… y todo cambio de estado entre piezas o dentro de una misma pieza se da con naturalidad, en una suerte de anillo de moebius sonoro y emocional.

Al contrario que otros discos amados, que parecen mutar cada vez que los escuchas, la fuerza de las composiciones y la energía interpretativa hacen que este disco sea ese disco siempre, que la música sea esa música, y que cada momento sea ese momento. Creo que estamos ante una obra completa, una maravilla de trabajo, un disco precioso.

Que lo disfruten con mis mejores deseos.

Link a spotify: http://open.spotify.com/album/2jQY3BHAiGV3nV7XD81CEB

allen mississippi

Link a Spotify: Allen Toussaint – The Bright Mississippi

Bravo!

Llevo viajando unas semanas con este disco, viajando en el tiempo. Este disco conecta con hombres que nacieron a finales del siglo XIX, o en los comienzos del XX, y nos trae un pedazo de aquel “feel” y un interesante balance temporal. Estos hombres fueron la banda sonora de aquella época, y sus temas se tocaron y se tocan desde entonces por grandes artistas en los que han influido, músicos como Louis Armstrong, Duke ellington, Miles Davis, Jimmy Smith… la lista sería interminable. Esas melodías han transitado a lo largo de casi 100 años, vistiéndose a cada década con la ropa de momento, soportando dignamente el bop, el bebop, cantantes diversos de dispares estilos, interminables improvisaciones o breves versiones vocales, ritmos latinos, boogaloo, etc.

No sé como explicarlo bien, pero Allen Toussaint está en forma ahora mismo, al igual que el productor del disco Joe Henry. Dos artistas inspirados en un gran momento. Pero desde luego, el disco es una sorpresa teniendo en cuenta que el pianista tiene una larga historia como compositor de “Rhythm and Blues” y si hace unos meses escuchaba a Toussaint en su trabajo con Elvis Costello “The river in reverse”, ahora disfruto con esta delicia de disco, en el que todo suena al primer blues, el inicio del Jazz, la plataforma sobre la que se construyó la interesante historia de un siglo de música en un país que nos ha influido a todos, suena realmente evocador. Al igual que el encuentro de Charlie Haden con un entrado en años Hank Jones en “Steal away”, es una alegría ver envejecer tan dignamente, tan inspirados, tan sabios, a músicos de tamaña envergadura cuando entran en esa edad en la que se camina despacio, el la que uno se sienta lentamente y toca sin prisa. Lo mismo me ocurre si escucho a Kenny Barron arrancar con ese fraseo templado, esa pulsación bien conocida, que sabe a auténtico swing. Recuerdo su voz, al principio de un show con esa parsimonia, y aún sin entenderlo puedo visualizar como se le caían las palabras melodiosamente, pensadas, meditadas, sin lucha.

Una de las cosas que aprecio en gran medida (“mayormente”) es la capacidad de vivir ahora sin dejar de estar en ayer, y creo que no solo en la música, en la vida también me ocurre. No hablo de hace una semana, ni de treinta años, hablo de ese otro “Ayer”. Y este disco está tocado con el sabor de antaño, y ahí es ahí donde están los intérpretes mientras que Joe Henry viene a aportar ese “yo que sé” (¿la elección de los músicos?) que hace que el disco esté en el mundo “ahora” (Don Byron y su endemoniado clarinete tienen mucho que decir en dicha conexión), y ese trabajo en equipo genera la magia para que estos temas tocados sin vocación pirotécnica, se conviertan en una obra indudablemente bella. Aquí la música se convierte en un registro ya no solo músical, pues además del triste sentir de eternos adioses, de abandonos amorosos o la alegría de noches de fiesta, nos sugiere “imágenes” de un río, de los vapores, de los campos y ciudades, de gentes sudorosas castigadas por un cielo en llamas y la humedad que atrae a los mosquitos, imágenes de grandes películas, o de otros tantos films…

¡He dicho!

Así que, escuchando desde mi colina el lejano murmullo de las fiestas del “popular” y barcelonés barrio de Gracia, me internaré en mi cueva a intentar descansar lo más fresquito posible… entren sin llamar.

Trago recomendado: un refrescante “Hurricane” al estilo New Orleans, y si se hace demasiado ligero, yo lo dejaría en Ron a secas.

Sidney Bechet (1897, New Orleans, Louisiana)- Egyptian fantasy

Turner Layton (1894, Washington D. C.)- A dear old southland

Anonymus – St. James Infirmary

Con Conrand (1912) – Singin’ the blues

Jelly roll morton (1885) – Winin’ boy blues

Joe king Oliver (1885) – West end blues

Django Reinhardt (1910, Liberchies, Bélgica) – Blue drag

Traditional (s. XIX) – Just a closer walk with thee

Thelonious Monk (1917, Carolina del Norte) – Bright MIssissippi

Duke Ellington (1899, Washington D.C.) y Billy Strayhorn (1915, Dayton, Ohio) – Day dream

Leonard Feather (1914, London) – Long, long journey

Duke Ellington – Solitude

Músicos:

  • Allen Toussaint: piano, voz en “Long, Long Jorney
  • Don Byron: clarinete
  • Nicholas Payton: trompeta
  • Marc Ribot: guitarra acústica (no me lo saco de encima ni con agua hirviendo, la madre que lo parió…!!!)
  • David Piltch: upright bass
  • Jay Bellerose: batería y percusión

Invitados:

  • Brad Mehldau: piano en “Winin’ Boy Blues
  • Joshua Redman: saxo tenor en “Day Dream”

no escape

Y tenía que llegar el Blues…, y el Blues ya está aquí!

Nadie me avisó que el “blues de Chicago”, o el “Menphis blues”, el del “Delta” que engendró el blues de “Detroit” y todas las denominaciones de origen del blues habían ido diluyéndose en una forma de blues más abstracta y genérica. Quizás me equivoque, y si es así, que alguien me ilumine al respecto. Me apasiona la historia y las historias sobre la Música, el origen, las andanzas de los músicos, sus idas y venidas, evoluciones y desastres varios. Y la verdad, las acontecimientos y sus consecuencias suelen darse de una manera sorprendente y lógica a la vez, eso si, con una lógica de músico, y que me perdonen, pero no es una manera de ordenar las ideas cualquiera, si no mas bien se las trae. Pero igualmente, es un tipo de lógica.

Por ejemplo, hablemos de George Benson y lo que le pasaba por la cabeza en el momento que decide hacer un videoclip con patines, vestido de blanco, adelantándose a los anuncios de dentífricos (todo un visionario) cantando aquel fiestero disco-party “Give me the night”, cuando ya hacía algunos años había aportado cosas importantes a la guitarra de jazz, y no solo eso, era ya una referencia para muchos músicos. Muchos no se acordarán, pero aquellos que tengan una edad pueden llevarse una sorpresa. Desde luego que ha grabado muchas cosas, pero vale, digamos que su carrera discográfica es irregular, y no cubre, sin lugar a dudas, las expectativas que sobre él pusimos algunos. Los más desinformados, como yo, habiendo escuchado algún trabajo interesante suyo le dábamos una oportunidad cada cierto tiempo, comprándole un disco, con la esperanza puesta en que hubiera reflexionado y se decidiera a hacer un poco de la buena música que, sabíamos, el hombre tenía para dar (y tomar), y no aquel pastel merengado al que no había por donde hincarle el diente.

El caso es que te puedes informar fácilmente sobre como Muddy Waters pasó del “Delta del Mississippi” a Chicago, donde cambia su guitarra acústica por una eléctrica, y con su “slide” se convierte en el padre del Blues de Chicago, el blues eléctrico, y algunos piensan que lo inventó casi todo en lo que a la evolución del blues se refiere. Bueno, y a toro pasado todo parece normal, pero igual hubo gente en su día preguntándose – “qué coño está pasando? qué es lo que tiene este tipo en la cabeza? Mierda, no entiendo nada!!”.

A mi me pasa con George Benson y en otro sentido ahora también con James Blood Ulmer. Es mas, hablamos de dos voces muy diferentes y dos guitarristas diferentes, y de historias opuestas. Cuando escuches el primer tema del disco, Going to New York, pensarás: Ieup! Un bluesman de los de toda la vida? Vaya voz! Su mamá trabajaba en un campo de algodón, y el se crió allí, verdad? Puerta con puerta con Ray Charles“. Pues tal vez sea cierto, pero la historia no está tan clara. Yo he ido hurgando en la vida musical de este señor, y desde luego hay preguntas que no me alcanzo a responder. Sus primeros registros discográficos se dieron como sesionista en algunos discos de jazz en la década de los 60. Y no os penséis, al principio era un guitarrista rítmico con buen sonido, pero un solista irregular y ramplón, un poco desordenado y de tempo dudoso. Pero sobre todo, no cantaba (NO CANTABA!!!!!). Y no cantó hasta entrada la década de los 80. Antes, se quedó prendado del saxofonista Ornette Coleman, paladín del jazz-free, con el que colaboró en muchos proyectos durante muchos años. Y aún durante los 80 y los 90 no se ha desprendido de la influencia y el hechizo de lo que se llamó avant-garde en aquel momento. Y es en esta década, la que ahora transcurre, en el siglo XXI, cuando de la mano del guitarrista Vernon Reid como productor (otro marciano), hacen este disco de sonido tan interesante, que suena a blues de toda la vida, con sabor a viejo, pero pásado por una capa de barniz moderno, sugerente, de unos freaks que no quieren desprenderse de una esencia muchos años vivida, pero que se han centrado en el blues. ¡Por fin, ya era hora! Eureka.

Y todos estos años escuchando música, buscando encontrar un disco que todavía no se había hecho, pasando de Johnny Winter a Stevie Ray Vaughan, con un ojo puesto en Jeff Beck y con el otro sin quitarle la vista a un errático y apoltronado Eric Clapton, mientras Ulmer era un cantante en la ducha…, y a saber que cantaba! Y ahora… no puedo dejar de canturrear este “I’m going to New York” y no puedo dejar de pincharlo en las sesiones del Sifó, y no puedo dejar de poner links en el facebook, ni de hablar de él en este blog…

Rindo homenaje a Willy DeVille, otro gran personaje que nos ha abandonado! RIP (“Demasiado corazón”, quizás es eso lo que pasa)

spotify del disco: James Blood Ulmer – No Escape From The Blues

Trago recomendado: whisky on the rocks

conference birdsHay momentos en los que uno se propone una acción y se lanza decidido a llevarla a cabo, y bueno… a veces está bien darse cuenta de que es lo uno hace. A mi me acaba de pasar. Me he dicho, tengo que escribir dos post seguidos, pues llevo mucho tiempo sin actualizar el blog. Se me pasó por alto que si no la hacía era por algún motivo. Y no ha de ser raro que teniendo esta carátula en borrador desde hace más de un mes, no hubiera conseguido más que un par de líneas escritas, también hace un mes. Las mismas que acabo de borrar y sobre las que estoy escribiendo ahora mismo. Y las he eliminado porque, mas allá de ser algo de lo que yo pudiera sentirme responsable, parecía una de esas reseñas en Amazon, de la discográfica, o en las revistas especializadas para anunciar un disco o vender un crecepelo, con adjetivos manidos, sin pasión… y me he dicho, si realmente me gusta este disco se merece algo mejor. Al menos ser sincero. Así que si me fallan las palabras y hasta nueva orden, simplemente lo colgaré a modo de declaración de intenciones.

Si diré que es una puerta interesante hacia un tipo de música, el free-jazz, en la que cada uno se sumerge a pulmón y llega hasta donde llega. Puede resultar molesta y ruidosa, y es que también está pensada para ser molesta y ruidosa, a veces… aunque no es solo eso, claro. Es pues una música de momentos, para esos momentos que escasean cada vez más en nuestro tiempo, este tiempo de impulsos rápidos e instantáneas satisfacciones, y de satisfacción rápida muy poco se va a encontrar aquí. Requiere de una actitud si cabe más abierta, para que el filtro emocional no se cierre rápidamente, y así poder disfrutar de las nuevas emociones que se plantean, pues es su vocación y esencia mover almas y sacudir espíritus, y también la búsqueda de la libertad creativa y en mi opinión la de crear arte, y ambos objetivos están cumplidos en este caso. Así que si alguien (atrevido) se va a animar con él, pues ahí, mas abajo,  le dejo el link al spotify. Y no olvide ponerse el bañador y tomar aire antes. También advertir que algunas melodías aparentemente complejas tienen algo de pegadizo, y una vez se te pega una melodía de este tipo, no hay vuelta atrás. Yo por mi parte, no puedo sino reconocer el freak que llevo dentro.

Creo que, como en el poema de Benedetti;

“…antes de regresar
a mis lobregos cuarteles de invierno

con los ojos bien secos
por si acaso

miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte.
*

*Mario Benedetti (vaya, se me ha colado aquí, de repente).

Así me despido, pues!

Dave Holland – Conference of the Birds

Trago recomendado: un preparado de absenta, con el terroncito de azúcar y el agua fresquita.

Vladimir_Ashkenazy

“El hombre debe saber sus limitaciones” (parafreaseando a Clint Eastwood en Harry el fuerte). Yo tengo las mías. Por más que quiera llego hasta donde llego, y claro ejemplo es el tiempo que ha pasado desde la última vez que publiqué en este blog. Si bien ya había hablado de Vladimir Ashkenazy anteriormente, no podía pasar más tiempo sin dedicarle un post entero. ¡Y ahí voy! (Je, je… ahora me he acordado de Alberto Contador y su ya famoso disparo. Creo que en más de una ocasión mentalmente se lo ha dedicado a Lance Armstrong y perdón por el desvío).

Todo comenzó con el Vals nº 10, Op.69 nº2 en B minor de Frederic Chopin, y una discusión doméstica sobre los rit. (ritardando, que en música significa una ralentización del tiempo, a la que podrá seguir una indicación para retomar la veloccidad original, a tempo), y la interpretación amanerada* en la que pianistas del mundo entero caen una y otra vez (así le decían en el ambiente académico, amanerado, sobre todo los iluminados del piano, término que jamás escuché en clases de guitarra o a un violinista), con una incidencia mayor en este autor romántico. Ellas soñando con la llegada del príncipe azul y ese ideal de amor, ellos queriendo decir al mundo lo sensibles y buenas personas que son, mientras esperan también al susodicho príncipe. El resultado musical, aparte de desolador, es que los gestos de la mano se exageran, fingiendo un mayor sentimiento del que existe en verdad, mientras los movimientos de tempo ya no son musicales, acaso orgásmicos o cósmicos… Un auténtico río de flujos incontrolados, de película romántica que termina mejor que bien con beso de enamorados, ríos de lagrimas de emoción, paquete de clinex y kilotoneladas de azucar… basta ya!!! Vale, no podré ocultar que soy una persona de extremos, pero esa sensación… esa sensación ambiental se pegó a mí, a modo de repelús y rechazo, quedándoseme grabada por mucho tiempo.

Era yo un apuesto y gallardo estudiante adolescente en una academia de música donostiarra, experimentando un apasionado deseo de comprender lo profundo del acto musical. Tan apasionado como inconsciente, radical y molesto, mientras en todas las aulas a la vez, se escuchaba sin parar como alumnas (eran sobre todo ellas las que ocupaban las j-aulas de piano y que me perdone “La Chacón”, aunque ellos lo retorcieran estupéndamente bien) daban rienda suelta a su espíritu mas ñoño y repipi. Contra lo ñoño y repipi en la vida, no tengo aparentemente nada si me miro para dentro, ¡¡¡pero no me toques esa tecla, leche!!!!!!

Así que termine mis estudios y el tiempo fue pasando, y no escuché a Chopin mas que en la banda sonora de alguna película o serie, o en algún que otro fortuito y casual encuentro, hasa el día del vals. En aquel momento comenzó una discusión donde yo criticaba esa manera exagerada de rubatear el tiempo, y se argumentó que como podía yo saber si estaba bien o no una determinada manera de interpretar la pieza en cuestión, sin haber estudiado la carrera de piano, y que terminó con un servidor descargando todas las versiones que en el momento se podían conseguir en el emule (como lo añoro, ahora que me pasé a Mac hace algún tiempo), 13 o 14 intérpretes diferentes que habitan aún en mi iTunes por si alguien quiere compararlas algún día.

Una vez metido en la faena de descubrir cual de las visiones del tema se ajustaba más a la que yo consideraba una manera menos aparatosa de interpretación, pues el término amanerado nunca me convenció, aparece la grabación de este pianista de origen ruso, un auténtico desconocido para un cuasi profano como yo, y se produce el milagro de la música. La mejor descripción de un hecho abstracto que puedo hacer es que mientras le escuchas tocar, nunca le oyes pensar, y esto ya es un regalo mágico, al menos para mí. Entra y sale de todos los lances con naturalidad, sin aspamientos, casi se diría que roza la austeridad, pero sin embargo la fluidez es contagiosa, magnética, y la pieza sale absolutamente restaurada en su dignidad y realzada su belleza. Ashkenazy desaparece para dejar paso a la voz de la obra, la propia partitura es la que habla mientras él se coloca como un conductor de música dentro de un circuito de factores, lo cual no le quita ningún mérito, sino que le añade grandeza a este peculiar y carismático pianista, aclamado director y sobre todo, un músico genial. Absolutamente delicioso. Sin contar con que de la mayoría de las versiones que escuché ninguna parecía un vals, tal vez por miedo de los intérpretes a parecer simples, evidentes o no lo suficientemente refinados, y quizás por esto que trataban de ocultar esa sensación rítmica de “pun-chan-chan, pun-chan-chan”, la de Vladimir resaltaba sobre todas ellas como un faro en la noche. Con buen criterio a mi parecer y confiando en sus posibilidades musicales, el ruso se lanza a jugar relajadamente con la melodía mientras la mano izquierda no deja de marcar el pulso claro y bailable de una pieza que lleva la palabra vals enraizada en su propio nombre, y estira el tiempo con una gracia y naturalidad que bien podría haber escuchado en músicos tan dispares y alejados del estilo que nos ocupa como Pat Metheny o Miles Davis, dos grandes cronopios con una particular gracia de bailar las notas adelante y atrás, retorcer el tiempo a antojo.

chopin piano works

Pues cual es mi sorpresa cuando descubro que esta no es una pieza de Chopin que Ashkenazy toco y grabó así, como caprichosamente, nada mas lejos de la realidad. Tiene grabadas prácticamente todas las piezas de  Chopin para piano, compiladas en una caja conformada por 13 Discos, donde da buena cuenta de preludios, baladas, scherzos, nocturnos, estudios, polenesas, valses, mazurkas, sonatas, variaciones y demás. Vamos, todo un regalo. A mi me ha servido de reconciliación con el mundo romántico, de redención y perdón con mi pasado académico y rebelde, y sobre todo de extemo gozo al tener 14 horas ininterrumpidas de música interpretada con genio, sabiduría, generosidad y mucho, mucho arte.

Termino con una pequeña victoria moral, permitid y perdonad que saque leoncio su ego a pasear un rato. Esta mañana estaba enfrascado en la escucha de estos discos cuando una compañera de piso, pianista (algo muy habitual, músicos por casa) ha reconocido uno de los estudios que había tocado ella durante la carrera, y como seducida por un “flautista de Hamelin” ha asomado la nariz por mi habitación, preguntando: “¿Qué escuchas? ¿Eso es Chopin, verdad?” Hemos comenzado a hablar y cual es mi sorpresa que la mítica Cristina Navajas (para los estudiantes donostiarras), catedrática de piano en el conservatorio de San Sebastián recomendaba a sus alumnos escuchar el Chopin de Vladimir Ashkenazy y no otro, y entre tanta batalla y tanta búsqueda, uno se siente acompañado por un instante y recompensado en su empeño o maldición de dibujar un camino en solitario hacia el criterio propio, sin la ayuda de la discusión, la aserción o la más pura y estimulante bronca y/o rivalidad… por esto les recomiendo que debatan, hablen, discutan y no se lo guarden para ustedes, pues todos ganamos al compartir las ideas, y no siempre las más interesantes son las que oímos de manera más habitual. Preguntar, escuchar… interesarse…

De momento espero que todo hasta aquí le sirva a alguien para pasearse de nuevo por la obra de Chopin, y por la música de Ashkenazy. Bye!!

El link spotify para el vals: Vladimir Ashkenazy [Piano] – Waltz No.10 in B minor, Op.69 No.2

Trago recomendado: una copa de “Armagnac” acunada con mimo.

*de las dos acepciones de la palabra, los profesores usaban una, pero en este texto caben y conviven perfectamente ambas.

carla-bley

Jazz en vivo y “gran banda”, aunque estos también podrían ser una buena panda (tiembla Sabina, que voy). Me sirve un paralelismo sobre la idea de Jorge Oteiza con el devenir de los remeros en las traineras, que navegan hacia el futuro mirando hacia atrás, y de esta manera a sus ojos se muestra el camino recorrrido. Así como los remeros, sentaditos por parejas (compartiendo atril), unidos en un mismo objetivo y paleando sincronizádamente, se me antoja la formación de esta trainera cuya patrona, Carla Bley, es la única que mira hacia el horizonte con el timón bien asido, otras veces tras la tapa de un piano de cola.

Por supuesto que la bandera que ondea en esta embarcación es pirata, y el más pirata sin duda es Gary Valente, con su poderosísimo trombón, salpicado del humor y la picaresca que su capitana busca y promueve en el a veces errático y caótico rumbo musical. Ya en el primer tema se le puede escuchar en todo su esplendor, pues es el suyo el segundo solo después de la improvisación del saxo alto de Wolfgang Pusching. En el solo de saxo se escucha más el espíritu de aquel Cannonball Adderley de la época Miles, ese bop más bluesy, mientras el de trombón es más directamente cabaretero, con frases cortas y punzantes y ese sonido roto del que Tom Waits se sentiría orgulloso. Y vaya toda mi admiración hacia el señor Valente del que me declaro fan y rindo desde aquí homenaje gráfico por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar, recordando particularmente una actuación de la big band de Carla Bley hace algunos años en el festival de jazz de Vitoria-Gazteiz. No es que valga para mucho la ofrenda, pero le pongo todo mi sentir.

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La sensación orquestal es maravillosa. La cantidad de posibilidades y situaciones musicales que se abren al poder mover las voces, contrastar secciones, añadir o suprimir instrumentos, la potencia que alcanza la orquesta cuando de repente suenan todos a una… uff, despeina!! Se pueden desarrollar aspectos más sinfónicos de la música y contrastarlos con otros en los que suena un cuarteto clásico de jazz, o tan solo un saxo tenor y la batería. Podéis escuchar un solo de saxo barítono por Julián Argüelles, el tenor de Andy Sheppard (uno de los pilares de esta “big band” junto con el bajista Steve Swallow, viejo compañero de aventuras musicales de Carla Bley) o algunas trompetas realmente interesantes. Toda una experiencia sonora altamente recomendable para amantes de la música swing, un poco transgresores también… quizás!

En los tiempos que corren, tal y como está el negocio de la música, es tan milagroso como de agradecer poder escuchar a una orquesta numerosa (me explico, cuantos más músicos mas cara y difícil será la contratación y mayor la cantidad de dinero en sueldos, menos porcentaje o menos bolos en definitiva), y si resulta además que no tiene nada que envidiar a las big bands de otra época, cuando se tocaba cada noche y había gran competencia entre ellas… pues que quieren que les diga, pienso que estamos de suerte y a un servidor se le escapa una sonrisilla complaciente.

Carla Bley, cofundadora del sello Watt junto a Steve Swallow y al amparo de ECM, nos brinda una vez más la posibilidad de asomarnos a un mundo donde se dan matices imposibles y de un humor ciertamente singular (la web del sello es un claro ejemplo de ese humor). A continuación les dejo con la lista de intérpretes, la de temas y un link al Spotify donde podrán escuchar este y otros discos de una de las Big Bands más formidables de nuestra época. Yo, entre tanto, voy subiendo a mi montaña desde donde una vez más esperaré ocioso ver aparecer una bandera pirata en el horizonte, hablándole a una vieja botella de ron y haciendo la O con un canuto.

Temas

  • 1. Greasy Gravy
  • 2. Awful Cpoffee
  • 3. Appearing Nightly at the Black Orchid ( I. 40 On/20 Off – II. Second Round – III. What Would You Like to Hear? – IV. - Last Call )
  • 4. Someone to Watch
  • 5. I Hadn’t Anyone Till You


Músicos

  1. Earl Gardner trumpet
  2. Lew Soloff trumpet
  3. Florian Esch trumpet
  4. Giampaolo Casati trumpet?
  5. Beppe Calamosca trombone
  6. Gary Valente trombone
  7. Gigi Grata trombone
  8. Richard Henry trombone
  9. Roger Jannotta soprano and alto saxophones, flue
  10. Wolfgang Puschnig alto saxophone, flute
  11. Andy Sheppard tenor saxophone
  12. Christophe Panzani tenor saxophone
  13. Julian Argüelles baritone saxophone
  14. Carla Bley piano, conductor
  15. Karen Mantler organ
  16. Steve Swallow bass
  17. Billy Drummond drums

El link al Spotify: Carla Bley – Appearing Nightly

bela-bartokVaya par de locos estos violinistas. Que locura maravillosa. Te sacan la sonrisa y te dan ganas de bailar, tocando una obra que tantos otros han desvirtuado haciéndola académica y pomposa. La música se respira y casi diría que a veces se puede hasta rozar… otras veces (la mayoría) te puede hacer correr despavorido, ciertamente. Y en el caso de Béla Bartók, tiene un gran componente popular. Su música está pegada a la tierra, nace de los pies del bailarín y el movimiento es recogido por el músico para que ambos se embarquen en una danza que arrastra por siglos amores, guerras, cosechas, penas y alegrías del subconsciente colectivo de su país, Hungría, y de centro-Europa en general.

Sándor Végh, músico húngaro y Alberto Lysy, argentino, llevan la música de Bartók del gran salón a la taberna, del gran palacio a la plaza del pueblo, y vive Dios que es más el lugar que le corresponde. No pierden ni por un momento la calidad de la interpretación, pero ambos violines se enlazan y juegan el uno con el otro, no como primera y segunda voz, sino como dos actores luchando en escena, zapateando sobre la madera e intercalando frases y risas dramáticamente.

sandor-vegh

El caso es que pienso realmente que el gusto por la música no tiene fronteras estilísticas ni edad, y los músicos de disciplinas tan dispares como un intérprete clásico, un bajista punk o un baterista de jazz están separados o unidos tan solo por su sentido y sentimiento musical, ni más ni menos. Esta teoría se rompe en mil pedazos cuando entran algunos fenómenos sociales, que aquí no voy a comentar.

alberto-lysyMe pasó con un vals de Chopin, el nº. 10 en Si menor, opus 69 – nº. 2 (¡chúpate esa, como mola, eh!? Es más fácil cuando les ponen títulos como “Oda a la alegría”, y cosas así). De verdad, merece la pena escucharlo. Es delicioso. Pero atención, no se puede dejar en manos de cualquiera una partitura. Maria João Pires, por ejemplo, una pianista de renombre internacional, lo destroza. ¿Por qué? -No necesitábamos una versión más, María, pero gracias de todas formas. Gracias porque si no hubiera escuchado la tuya, no me habría dado cuenta de lo enorme que era la interpretación de Vladimir Ashkenazy, y así comprender mejor la belleza.- También en el mismo sentido daré las gracias a Gyorgy Cziffra, por haber aporreado el susodicho vals. Con la dicharachera pareja que forman Végh y Lysy, pasa como con Ashkenazy, aguantan cualquier comparación y muchas gracias. Gracias a ellos por su música, por regalarnos estos dúos llenos de vida. Por dominar todos los registros expresivos y dramáticos de la música. Yo creo que acertaron incluso al reorganizar el material, en vez de tocarlos del 1 al 44 sin más.

Por cierto, como odiaba yo a Freceric Chopin cuando estudiaba de joven en San Sebastián, pues todas las niñas pijas y un montón de chicos repipis no elegían otro autor que no fuera este para pasar sus cursos. Que si el estudio tal de Chopin, que si la sonata cual… bah! Yo defendía a Arnold Schöenberg y sobre todo a Johannes Brahms, aunque no entendiera nada en aquel entonces, pero con una gran afición por molestar al prójimo. Ahora tampoco entiendo mucho, pero tengo un blog y puedo opinar, así que, en fin… no me tomen demasiado en serio. Tan solo son delirios que se le ocurren a uno cuando pasa demasiado tiempo frente a un ordenador. Eso si… viva el Spotify!

Pd: por favor, que alguien haga una sesión de fotos con el tal A. Lysy. Luego, que cuelgue alguna decente en internet, vaya tela!!!

Trago recomendado: un par de chupitos de Palinka húngaro.

cassandra-thunderbird

¡Ahí van los ingredientes para esta receta! Una voz profunda y pastosa, blues eterno y calmo en las cuerdas vocales, una pizca de sentido pop, 100 gr. de electrónica, unas buenas guitarras bien crunchys de sonidos imposibles y un contrabajo gordinflón a la par que travieso. Eso si, se ha de cocinar lentamente, como un guiso de la abuela. Además, sabe mejor si es de ayer.

Sin prisa para que llegue el mañana, tampoco para abandonar el pasado ni urgencia para permanecer en el ahora, algo habitual en el estar de esta gran dama de la música pero…, ¡espera un momento….! ¡Cómo apesta a humo esa voz! ¡A humo y a ron mezclado con perfume de mujer! ¿Cuándo vamos a México? “Smoke and rum is my mission, happiness is all I need right now”.

Espérame, Cassandra. Yo quiero compartir esa misión. ¡Ay…! Sólo dame unos días para sentir un hígado que no quiere ser mío por más tiempo.

Yo estaba feliz con sus discos anteriores y la línea sonora que había ido encontrando esta artista. Aquel sonido tan natural, relajado sobre el que parecía sentirse tan cómoda cantando, como en el disco “Belly of the Sun”, máximo exponente de esto que hablo según mi parecer. En este trabajo el sonido se ha oscurecido un poco más, y hay influencias más “modernas”, así como un nuevo y renovado elenco de músicos, entre los que me gustaría destacar la aparición de un veterano como Jin Keltner en la batería (pueden mirar su curriculum en la wikipedia), a priori extraña elección que el resultado justifica sobradamente. Yo por mi parte, tras la sorpresa inicial y después de haber ido acercándome al disco como un buitre en lento descenso circular, agradezco este giro en su música y el riesgo asumido. Pues incluso siendo el público natural de Cassandra Wilson un oyente ducho en lo musical y de mente abierta, los cambios no siempre sientan demasiado bien a todos. Pero yo me alegro de que se haya mojado, porque un poco de aventura nos pone bien, el cuerpo caliente al sol y el alma traviesa dibujando, que ya es primavera, y la pasión se contagia.

En cualquier caso, lo que hace esta mujer con la voz, además del ángel que en la misma posee (pero de los de Machín) no ha cambiado aparentemente, ya le pongan a cantar muñeiras. Ella va siempre ligando las sílabas, las palabras, las frases, bailándolas suavito, casi susurrando para que nadie se asuste, como sólo ella sabe hacer. El sello inconfundible lo tiene, desde luego.

Así que si por fin hace bueno y Lorenzo nos visita, nos daremos un baño de noche en el playa (aunque no sea en México) antes de regresar a la montaña, con la botella de ron muy perjudicada para entonces y Catalina, cómplice, guardando silencio. Si acaso, escuchando algún tema de este disco precioso.

Link a Spotify: Cassandra Wilson – Thunderbird

Trago recomendado: para no contradecir a la artista, que sea Ron caribeño.

Pd: gracias a los que sigan leyéndome a pesar de mis habituales ausencias. Procuraré ser más prolífero en el futuro.

harvest-moon

¿Por qué “Harvest Moon” y no “Harvest“? Esto es lo que seguro se preguntarían algunos aficionados a la música de este canadiense sexagenario. 20 años de diferencia entre ambos trabajos, nada más y nada menos. Harvest fue grabado en 1972 y Harvest Moon en 1992. Sencillamente yo nací después de que grabara el primero de ambos (no mucho después, por cierto…), mientras que el segundo fue mi primer encuentro serio con la música de Neil Young. Después si que escuché Harvest, pero nunca llegó a calar en mi como lo hizo su hermano pequeño.

Me encantan las canciones, tan sencillas, así como las simples melodías de la armónica o la eléctrica que las completan o complementan, dentro de un ambiente unplugged donde la guitarra acústica de Neil Young es el pilar que sujeta toda la estructura. Es tan evidente la música como inspirada, fluye tan naturalmente, que no has de tomar ningún esfuerzo para escucharla, tan solo pulsar play y dejarte llevar. Pero ahí quizás radica su grandeza. Todo gira en torno al calor de la acústica, que está tañida con auténtico relajo y sabiduría (contrastando con la energía alucinante con la que en su faceta más eléctrica el Sr. Young violenta esa guitarra distorsionada), propio de alguien que nace en un país donde las distancias entre poblaciones son transitadas por interminables carreteras, junto al las cuales sigue hoy aullando el “coyote” de Joni Mitchell.

Le acompañan en esta aventura musical “The stray gators” (Jack Nitzsche - piano, Ben Keith - steel guitar y productor, Tim Drummond - bajo y Kenny Buttrey – baterista) excepto porque el pianista Jack Nitzsche aparece en esta segunda entrega como arreglista en algún tema y es sustituido a las teclas por Spooner Oldham. James Taylor y Linda Ronstadt, ambos participantes de la grabación del 72, completan con sus coros el grupo principal de músicos que participan en esta segunda grabación.

Y ahora voy en diagonal, con permiso.

Hace un tiempo, un amigo muy “moderno”, pero una persona muy querida para mi, me decía en relación al sonido del disco que esta era una música para “volver a casa” (refiriendose al aspecto un tanto country, sin que le faltara cierta razón), y que aun no había tenido tiempo de regresar, expresado con un matiz que denotaba el poco deseo de que el tiempo de volver llegara, o al menos el de mirar atrás. También se destilaba cierta maliciosa ironía. Él es del mismo Lasarte, pueblo en el que ambos nos criamos y del que yo partí hace casi siete años, y esta anecdota sucedía en Barcelona hace aproximadamente  dos o tres, donde ambos coincidimos por un tiempo. El caso es que por el momento yo sigo aquí y él regresó al hogar patrio. Otra pequeña ironía que sirve como cariñosa (y gustosa) revancha. Lo que me lleva a pensar que también esta música sirve para irse, no solo para volver.

Y además, ¿cuánto dura un disco? Dejarse envolver por una atmósfera musical o que esta te inspire, dejar que te pegue un revolcón o te acaricie, que te evoque el pasado o el futuro, o bien represente el momento mismo en el que te encuentras, ya que un disco rara vez dura mas de 50-60 minutos, pues tampoco ha de ser para tanto. O si, o no, o ¡yo que sé!.

Esto mismo lo adornamos con un poco de perejil (en homenaje al más grande, karlos Arguiñano), y deseando que salga el sol en tu montaña, si no mañana pues pronto, hasta ídem me despido.

Link a Spotify: Neil Young – Harvest Moon