bela-bartokVaya par de locos estos violinistas. Que locura maravillosa. Te sacan la sonrisa y te dan ganas de bailar, tocando una obra que tantos otros han desvirtuado haciéndola académica y pomposa. La música se respira y casi diría que a veces se puede hasta rozar… otras veces (la mayoría) te puede hacer correr despavorido, ciertamente. Y en el caso de Béla Bartók, tiene un gran componente popular. Su música está pegada a la tierra, nace de los pies del bailarín y el movimiento es recogido por el músico para que ambos se embarquen en una danza que arrastra por siglos amores, guerras, cosechas, penas y alegrías del subconsciente colectivo de su país, Hungría, y de centro-Europa en general.

Sándor Végh, músico húngaro y Alberto Lysy, argentino, llevan la música de Bartók del gran salón a la taberna, del gran palacio a la plaza del pueblo, y vive Dios que es más el lugar que le corresponde. No pierden ni por un momento la calidad de la interpretación, pero ambos violines se enlazan y juegan el uno con el otro, no como primera y segunda voz, sino como dos actores luchando en escena, zapateando sobre la madera e intercalando frases y risas dramáticamente.

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El caso es que pienso realmente que el gusto por la música no tiene fronteras estilísticas ni edad, y los músicos de disciplinas tan dispares como un intérprete clásico, un bajista punk o un baterista de jazz están separados o unidos tan solo por su sentido y sentimiento musical, ni más ni menos. Esta teoría se rompe en mil pedazos cuando entran algunos fenómenos sociales, que aquí no voy a comentar.

alberto-lysyMe pasó con un vals de Chopin, el nº. 10 en Si menor, opus 69 – nº. 2 (¡chúpate esa, como mola, eh!? Es más fácil cuando les ponen títulos como “Oda a la alegría”, y cosas así). De verdad, merece la pena escucharlo. Es delicioso. Pero atención, no se puede dejar en manos de cualquiera una partitura. Maria João Pires, por ejemplo, una pianista de renombre internacional, lo destroza. ¿Por qué? -No necesitábamos una versión más, María, pero gracias de todas formas. Gracias porque si no hubiera escuchado la tuya, no me habría dado cuenta de lo enorme que era la interpretación de Vladimir Ashkenazy, y así comprender mejor la belleza.- También en el mismo sentido daré las gracias a Gyorgy Cziffra, por haber aporreado el susodicho vals. Con la dicharachera pareja que forman Végh y Lysy, pasa como con Ashkenazy, aguantan cualquier comparación y muchas gracias. Gracias a ellos por su música, por regalarnos estos dúos llenos de vida. Por dominar todos los registros expresivos y dramáticos de la música. Yo creo que acertaron incluso al reorganizar el material, en vez de tocarlos del 1 al 44 sin más.

Por cierto, como odiaba yo a Freceric Chopin cuando estudiaba de joven en San Sebastián, pues todas las niñas pijas y un montón de chicos repipis no elegían otro autor que no fuera este para pasar sus cursos. Que si el estudio tal de Chopin, que si la sonata cual… bah! Yo defendía a Arnold Schöenberg y sobre todo a Johannes Brahms, aunque no entendiera nada en aquel entonces, pero con una gran afición por molestar al prójimo. Ahora tampoco entiendo mucho, pero tengo un blog y puedo opinar, así que, en fin… no me tomen demasiado en serio. Tan solo son delirios que se le ocurren a uno cuando pasa demasiado tiempo frente a un ordenador. Eso si… viva el Spotify!

Pd: por favor, que alguien haga una sesión de fotos con el tal A. Lysy. Luego, que cuelgue alguna decente en internet, vaya tela!!!

Trago recomendado: un par de chupitos de Palinka húngaro.

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¡Ahí van los ingredientes para esta receta! Una voz profunda y pastosa, blues eterno y calmo en las cuerdas vocales, una pizca de sentido pop, 100 gr. de electrónica, unas buenas guitarras bien crunchys de sonidos imposibles y un contrabajo gordinflón a la par que travieso. Eso si, se ha de cocinar lentamente, como un guiso de la abuela. Además, sabe mejor si es de ayer.

Sin prisa para que llegue el mañana, tampoco para abandonar el pasado ni urgencia para permanecer en el ahora, algo habitual en el estar de esta gran dama de la música pero…, ¡espera un momento….! ¡Cómo apesta a humo esa voz! ¡A humo y a ron mezclado con perfume de mujer! ¿Cuándo vamos a México? “Smoke and rum is my mission, happiness is all I need right now”.

Espérame, Cassandra. Yo quiero compartir esa misión. ¡Ay…! Sólo dame unos días para sentir un hígado que no quiere ser mío por más tiempo.

Yo estaba feliz con sus discos anteriores y la línea sonora que había ido encontrando esta artista. Aquel sonido tan natural, relajado sobre el que parecía sentirse tan cómoda cantando, como en el disco “Belly of the Sun”, máximo exponente de esto que hablo según mi parecer. En este trabajo el sonido se ha oscurecido un poco más, y hay influencias más “modernas”, así como un nuevo y renovado elenco de músicos, entre los que me gustaría destacar la aparición de un veterano como Jin Keltner en la batería (pueden mirar su curriculum en la wikipedia), a priori extraña elección que el resultado justifica sobradamente. Yo por mi parte, tras la sorpresa inicial y después de haber ido acercándome al disco como un buitre en lento descenso circular, agradezco este giro en su música y el riesgo asumido. Pues incluso siendo el público natural de Cassandra Wilson un oyente ducho en lo musical y de mente abierta, los cambios no siempre sientan demasiado bien a todos. Pero yo me alegro de que se haya mojado, porque un poco de aventura nos pone bien, el cuerpo caliente al sol y el alma traviesa dibujando, que ya es primavera, y la pasión se contagia.

En cualquier caso, lo que hace esta mujer con la voz, además del ángel que en la misma posee (pero de los de Machín) no ha cambiado aparentemente, ya le pongan a cantar muñeiras. Ella va siempre ligando las sílabas, las palabras, las frases, bailándolas suavito, casi susurrando para que nadie se asuste, como sólo ella sabe hacer. El sello inconfundible lo tiene, desde luego.

Así que si por fin hace bueno y Lorenzo nos visita, nos daremos un baño de noche en el playa (aunque no sea en México) antes de regresar a la montaña, con la botella de ron muy perjudicada para entonces y Catalina, cómplice, guardando silencio. Si acaso, escuchando algún tema de este disco precioso.

Link a Spotify: Cassandra Wilson – Thunderbird

Trago recomendado: para no contradecir a la artista, que sea Ron caribeño.

Pd: gracias a los que sigan leyéndome a pesar de mis habituales ausencias. Procuraré ser más prolífero en el futuro.