Imagen 1

Voy repasando en este blog algunos discos que me encuentro por el camino, y otros con los que me topé en los albores de mi despertar melómano. Este pertenece al grupo de aquellos primeros discos, hace casi 20 años de eso. Tuve un gran maestro para escuchar música, Alberto Lizarralde, que también era mi profesor de guitarra en Jazzle, una academia de música moderna en San Sebastián. Reconozco que con la guitarra se lo hice pasar mal, no estaba yo muy convencido de llegar a tocar como Bill Frisell o Pat Metherny, mas bien era bastante frustrante, claro que en quien había uno de fijarse, en fin. Sin embargo creo que la experiencia de aquellos cafés tras las clases, esos 10 o 20 minutos de charla en la antesala de las aulas, con los catálogos discográficos y revistas especializadas de jazz, y aquellas “perricas” sisadas a mi madre para discos cada mes, supusieron hasta que tuve mis primeros trabajos como profesor el comienzo de mi colección musical. Bien merecía aquel café y lo aprendido fuera del aula, lo que costaban aquellas dichosas clases, al menos para mi (a mi madre no sé, aún se estará arrepintiendo). Y es que estudiar Jazz en el San Sebastián de aquellos tiempos era algo realmente singular, por decirlo de alguna manera, y aun, pues seguro que tiempo atrás resultó más singular si cabe.

El caso es que Alberto, uno de los melómanos más impresionantes que yo haya conocido, bien por lo exquisito, sibarita e informado, me instó a sumergirme en el mundo ECM (y en otros universos), y este es uno de los discos que me compré bajo su influencia. Escuchándolo estos días, con la oreja y el sentido que te dan 20 años de cosicas vividas, de discos escuchados, sigo teniendo la misma sensación que tuve la primera vez que lo escuché.

Comentábamos por entonces sobre la doble personalidad de Egberto Gismonti, Jekyll al piano y Mr. Hyde en la guitarra. En toda su música emerge una fuerza que emana directamente de sus raíces, del folclore de ese Brasil inmenso. Sin embargo, cuando está al piano, su conocimiento y la influencia de compositores europeos, desde Satie hasta Debussy o Ravel, y es que este singular músico tuvo la posibilidad de formarse en París con algunos profesores vanguardistas, herederos de Schoenberg y Webern, y a menudo su música alcanza cotas melódicas y armónicas de una luz y una belleza espectaculares, mientras que a la guitarra se oscurece y desarrolla una música de mayor intensidad rítmica, y armónicamente mas abstracta y arriesgada. Lo cual no quita para que sea una fiera al piano, desarrollando a veces juegos rítmicos casi imposibles. Es capaz de generar una atmósfera delicada, frágil, donde parece que todo está a punto de romperse, y pasar a convertirse después en un ser salvaje que cabalga a lomos de un pura sangre sin domar, y entonces su música se impulsa violentamente. Puede ser reflexivo, amable, obsesivo… y todo cambio de estado entre piezas o dentro de una misma pieza se da con naturalidad, en una suerte de anillo de Moebius sonoro y emocional.

Al contrario que otros discos amados, que parecen mutar cada vez que los escuchas, la fuerza de las composiciones y la energía interpretativa hacen que este disco sea ese disco siempre, que la música sea esa música, y que cada momento sea ese momento. Creo que estamos ante una obra completa, una maravilla de trabajo, un disco precioso.

Que lo disfruten con mis mejores deseos.

Link a spotify: http://open.spotify.com/album/2jQY3BHAiGV3nV7XD81CEB

allen mississippi

Link a Spotify: Allen Toussaint – The Bright Mississippi

Bravo!

Llevo viajando unas semanas con este disco, viajando en el tiempo. Este disco conecta con hombres que nacieron a finales del siglo XIX, o en los comienzos del XX, y nos trae un pedazo de aquel “feel” y un interesante balance temporal. Estos hombres fueron la banda sonora de aquella época, y sus temas se tocaron y se tocan desde entonces por grandes artistas en los que han influido, músicos como Louis Armstrong, Duke ellington, Miles Davis, Jimmy Smith… la lista sería interminable. Esas melodías han transitado a lo largo de casi 100 años, vistiéndose a cada década con la ropa de momento, soportando dignamente el bop, el bebop, cantantes diversos de dispares estilos, interminables improvisaciones o breves versiones vocales, ritmos latinos, boogaloo, etc.

No sé como explicarlo bien, pero Allen Toussaint está en forma ahora mismo, al igual que el productor del disco Joe Henry. Dos artistas inspirados en un gran momento. Pero desde luego, el disco es una sorpresa teniendo en cuenta que el pianista tiene una larga historia como compositor de “Rhythm and Blues” y si hace unos meses escuchaba a Toussaint en su trabajo con Elvis Costello “The river in reverse”, ahora disfruto con esta delicia de disco, en el que todo suena al primer blues, el inicio del Jazz, la plataforma sobre la que se construyó la interesante historia de un siglo de música en un país que nos ha influido a todos, suena realmente evocador. Al igual que el encuentro de Charlie Haden con un entrado en años Hank Jones en “Steal away”, es una alegría ver envejecer tan dignamente, tan inspirados, tan sabios, a músicos de tamaña envergadura cuando entran en esa edad en la que se camina despacio, el la que uno se sienta lentamente y toca sin prisa. Lo mismo me ocurre si escucho a Kenny Barron arrancar con ese fraseo templado, esa pulsación bien conocida, que sabe a auténtico swing. Recuerdo su voz, al principio de un show con esa parsimonia, y aún sin entenderlo puedo visualizar como se le caían las palabras melodiosamente, pensadas, meditadas, sin lucha.

Una de las cosas que aprecio en gran medida (“mayormente”) es la capacidad de vivir ahora sin dejar de estar en ayer, y creo que no solo en la música, en la vida también me ocurre. No hablo de hace una semana, ni de treinta años, hablo de ese otro “Ayer”. Y este disco está tocado con el sabor de antaño, y ahí es ahí donde están los intérpretes mientras que Joe Henry viene a aportar ese “yo que sé” (¿la elección de los músicos?) que hace que el disco esté en el mundo “ahora” (Don Byron y su endemoniado clarinete tienen mucho que decir en dicha conexión), y ese trabajo en equipo genera la magia para que estos temas tocados sin vocación pirotécnica, se conviertan en una obra indudablemente bella. Aquí la música se convierte en un registro ya no solo músical, pues además del triste sentir de eternos adioses, de abandonos amorosos o la alegría de noches de fiesta, nos sugiere “imágenes” de un río, de los vapores, de los campos y ciudades, de gentes sudorosas castigadas por un cielo en llamas y la humedad que atrae a los mosquitos, imágenes de grandes películas, o de otros tantos films…

¡He dicho!

Así que, escuchando desde mi colina el lejano murmullo de las fiestas del “popular” y barcelonés barrio de Gracia, me internaré en mi cueva a intentar descansar lo más fresquito posible… entren sin llamar.

Trago recomendado: un refrescante “Hurricane” al estilo New Orleans, y si se hace demasiado ligero, yo lo dejaría en Ron a secas.

Sidney Bechet (1897, New Orleans, Louisiana)- Egyptian fantasy

Turner Layton (1894, Washington D. C.)- A dear old southland

Anonymus – St. James Infirmary

Con Conrand (1912) – Singin’ the blues

Jelly roll morton (1885) – Winin’ boy blues

Joe king Oliver (1885) – West end blues

Django Reinhardt (1910, Liberchies, Bélgica) – Blue drag

Traditional (s. XIX) – Just a closer walk with thee

Thelonious Monk (1917, Carolina del Norte) – Bright MIssissippi

Duke Ellington (1899, Washington D.C.) y Billy Strayhorn (1915, Dayton, Ohio) – Day dream

Leonard Feather (1914, London) – Long, long journey

Duke Ellington – Solitude

Músicos:

  • Allen Toussaint: piano, voz en “Long, Long Jorney
  • Don Byron: clarinete
  • Nicholas Payton: trompeta
  • Marc Ribot: guitarra acústica (no me lo saco de encima ni con agua hirviendo, la madre que lo parió…!!!)
  • David Piltch: upright bass
  • Jay Bellerose: batería y percusión

Invitados:

  • Brad Mehldau: piano en “Winin’ Boy Blues
  • Joshua Redman: saxo tenor en “Day Dream”

no escape

Tenía que llegar un día el Blues a mi blog.

Nadie me avisó que el “blues de Chicago”, o el “Menphis blues”, el del “Delta” que engendró el blues de “Detroit” y todas las denominaciones de origen de este estilo de música habían ido diluyéndose en otra forma de blues más abstracta y genérica. Quizás me equivoque, y si es así, que alguien me ilumine al respecto. Me apasiona la historia y las historias sobre la Música, su origen, las andanzas de los músicos, sus aventuras y desventuras, evoluciones artísticas y desastres varios. La verdad, los acontecimientos y sus consecuencias suelen darse de una manera sorprendente y lógica a la vez, eso si, con una lógica de músico, y que me perdonen pero no es esta una manera de ordenar las ideas cualquiera, si no que mas bien se las trae. En cualquier caso, un tipo de lógica.

Por ejemplo, hablemos de George Benson y lo que le pasaba por la cabeza en el momento que decide hacer un videoclip con patines, vestido de blanco, adelantándose a los anuncios de dentífricos (todo un visionario) cantando aquel fiestero disco-party “Give me the night”, cuando ya hacía algunos años había aportado cosas importantes a la guitarra de jazz y no solo eso, sino que era ya una referencia para muchos músicos. Muchos no se acordarán, pero aquellos que tengan una edad pueden llevarse una sorpresa. Desde luego que ha grabado muchas cosas, pero vale, digamos que su carrera discográfica es irregular, y no cubre, sin lugar a dudas, las expectativas que sobre él pusimos algunos. Los más desinformados, como yo, habiendo escuchado algún trabajo interesante suyo le dábamos una oportunidad cada cierto tiempo (tener en cuenta que no existía wikipedia, ir a la tienda era una aventura), comprándole un disco, con la esperanza puesta en que hubiera reflexionado y se decidiera a hacer un poco de la buena música que, sabíamos, el hombre tenía para dar y tomar, y no aquel pastel merengado al que no había por donde hincarle el diente.

El caso es que te puedes informar fácilmente sobre como Muddy Waters pasó del “Delta del Mississippi” a Chicago, donde cambia su guitarra acústica por una eléctrica y con su “slide” se convierte en el padre del “Blues de Chicago”, del blues eléctrico en definitiva, e incluso algunos piensan que lo inventó casi todo en lo que a la evolución del blues se refiere. Bueno, y a toro pasado todo parece normal, pero igual hubo gente en su día preguntándose “-qué coño está pasando? qué es lo que tiene este tipo en la cabeza? Mierda, no entiendo nada!!”.

A mi me pasa con George Benson y en otro sentido ahora también con James Blood Ulmer. Es mas, hablamos de dos voces muy diferentes y dos guitarristas diferentes, y de historias opuestas. Cuando escuches el primer tema del disco, Going to New York, pensarás: Ieup! Un bluesman de los de toda la vida? Vaya voz! Su mamá trabajaba en un campo de algodón y el se crió allí, verdad? Puerta con puerta con Ray Charles“. Pues tal vez sea cierto, pero la historia no está tan clara. Yo he ido hurgando en la vida musical de este señor y desde luego hay preguntas que no me alcanzo a responder. Sus primeros registros discográficos se dieron como sesionista en algunos discos de jazz en la década de los 60. No os vayáis a pensar, al principio era un guitarrista rítmico con buen sonido, pero un solista irregular y ramplón, un poco desordenado y de tempo mas bien dudoso. Pero sobre todo, no cantaba (NO CANTABA!!!!!). Y no lo hizo hasta entrada la década de los 80. Antes, se quedó prendado del saxofonista Ornette Coleman, paladín del free-jazz, con el que colaboró en proyectos durante muchos años. Y aún durante los 80 y los 90 no se ha desprendido de la influencia y el hechizo de lo que se llamó avant-garde en aquel momento. Y es en esta década, la que ahora transcurre, en el siglo XXI, cuando de la mano del guitarrista Vernon Reid como productor (otro marciano) hacen este disco de sonido tan interesante, que suena a blues de toda la vida, con sabor a viejo, pero pásado por una capa de barniz moderno, sugerente, de unos freaks que no quieren desprenderse de una esencia muchos años vivida, pero que se han centrado en el blues decidiéndose a escuchar a su abuelita ya sin complejos. ¡Por fin, ya era hora! ¡Eureka!.

Y todos estos años escuchando música, buscando encontrar un disco que todavía no se había hecho, pasando de Johnny Winter a Stevie Ray Vaughan, con un ojo puesto en Jeff Beck y con el otro sin quitarle la vista a un errático y apoltronado Eric Clapton, mientras Ulmer era un cantante en la ducha…, y a saber que cantaba! Ahora… no puedo dejar de canturrear este “I’m going to New York” y no puedo dejar de pincharlo en las sesiones del Sifó, y no puedo dejar de poner links en el facebook, ni de hablar de él en este blog…

Rindo homenaje a Willy DeVille, otro gran personaje que nos ha abandonado! RIP (“Demasiado corazón”, quizás es eso lo que pasa)

spotify del disco: James Blood Ulmer – No Escape From The Blues

Trago recomendado: whisky on the rocks