Es esa cosa que siempre me atrae, que tanto me gusta. Tal vez por ser una carencia en mi, y probablemente en muchos de los músicos y autores de este parte de occidente, la raíz. Lo que vendría a ser disponer de un código casi genético musical, así como los vascos tienen el bacalao al pil pil o la sidrería, los catalanes el pan con tomate o la salsa romescu, los gallegos el pulpo a feira y los madrileños el cocido del mismo nombre, en Segovia el cochinillo y suma y sigue por cada región y lugar de España. Ry Cooder (Los Ángeles, 1947) tiene la caldera donde se cocinan lentamente todas las músicas folclóricas del sur de los USA, llegando hasta la frontera con México e incluso a Hawai, donde son maceradas con mimo y con cuidado junto al blues, el country, el jazz, R&B, Rock  y derivados, el Ragtime y échale guindas al pavo. Se dice más rápido de lo que cuesta pensarlo bien.

Ahora en nuestro maltratado mundo latino, abandonado durante las últimas décadas en pro de todo producto anglosajón de cualquier calidad, empiezan a asomar mas o menos tímidamente artistas que retoman lo que estaba destinado para nosotros, nuestro producto autóctono, nuestra herencia cultural (miren los problemas que se traen en Galicia con los eucaliptos de marras). No digo que lo anglosajón sea bueno ni malo, en algunos casos es increíblemente bueno y viceversa. Ellos lo inventaron, saben como cambiar las normas, conocen los trucos, ¡qué les vamos a decir! Son los reyes del show por todo lo grande, y nosotros los provincianos acomplejados que seguimos preguntándonos como les suenan así las guitarras, como mezclan, que bien que va el inglés para cantar… Yo mismo en este blog no hago sino comentar música anglosajona, americana si se quiere. Nombres como Carmen París, Zenet, Concha Buika y otros (los flamencos son harina de otro costal, pues nunca han dejado de estar ahí, a su bola, resistiendo los envites de la modernidad, adaptándose y jugando con el vaivén de los tiempos), empiezan a mirar hacia nuestro suelo, nuestros pueblos, nuestras viejas costumbres, a escuchar la música con la que bailaban nuestros abuelos y con la que en muchos casos se enamoraron. Mejor aún, comienzan a mirar desde ese lugar suyo y nuestro hacia otros lugares comunes, como Latinoamérica, sobre todo a Cuba, pero también a Méjico, Venezuela, Puerto Rico… unos más otros menos.

No soy un purista yo, Dios me libre, pero sí que me alcanza el pensamiento para hacer la siguiente reflexión: si por algo la música norteamericana a sido referencia y punta de lanza durante casi un siglo, es porque nunca perdió el centro, y todo emergió del mismo lugar, manteniendo de una manera u otra el espíritu de las generaciones anteriores, incluso cuando tiraron hacia adelante tratando de adoptar una posición poco continuista, o cuando se mezcló con todas las músicas posibles (india, balcánica… el jazz es un ejemplo de música que a soportado todo tipo de experimentos) acaba apareciendo la raíz, la herencia del pasado por algún lugar, como una barrica que ha envejecido dando gusto a varias generaciones de vino antes (los italianos no quieren lavar con jabón sus cafeteras constantemente, para que el poso ayude a aromatizar la mezcla, y siempre después de una lavado a fondo, se hace un café para tirar y se toma el segundo).

Así Ry Cooder se ha curtido haciendo suya la voz de muchas músicas hoy ya antiguas (y a la vez tan de moda), casi como un científico, un historiador, un alquimista del folk que va evolucionando y resistiendo, y sus discos son un precioso viaje por un montón de lugares que conocemos a través de cientos de imágenes cinematográficas.

Y como declaración de principios se manda un primer temas casi psicodélico, “UFO has landed in the ghetto”, para después continuar con un repaso en clave de rock de temas como “I need a woman” de Bob Dylan, “Blue suede shoes” (zapatos de gamuza azul) de Carl Perkins, que nos recuerdan que en algún momento este músico de Los Angeles colaboró en proyectos con “sus satánicas majestades”. Les sigue la versión luminosa y original sobre “Gipsy woman” de Curtis Mayfield, donde se aprecian particularmente las voces de los seis ilustres amigos que hacen coros más la del batería Jim Keltner, el cual también tocó en el disco de Cassandra Wilson posteado mas abajo en este mismo blog (vaya nivel de versatilidad).

Se completa el disco con la animada y rockera “Mama, don’t treat your daughter mean” y la pseudo-humorística “I’m drinking again”. En clave un poco más rabiosa aparece “Witch came first”, mano a mano con el gran Willie Dixon, y se cierra el disco en apenas 40 minutos con la balada fronteriza estilo Flying burrito brothers “That’s the way love turned out for me”, en la que uno añora el acordeón diatónico de Flaco Jiménez, presente en otros discos de Ry Cooder.

Así que de la mano del hombre que llegó a Cuba cual Rey Midas para crear ese gran monstruo hiperventas que fue Buena Vista Social Club lanzando al estrellato a unos grandes y ancianos artistas olvidados por nuestra vaga memoria a la que aludía antes (y así es que esperamos que los anglosajones vengan a dar valor a lo que nosotros teníamos guardado en el baúl de los trastos inservibles, para luego jactarnos de apertura de mente, amplitud de miras, cuan modernos somos o qué se yo… de “guays”) os dejo este disco ideal para una noche fría como la de hoy.

Tal vez sea una buena noche para que servidor baje de la montaña en busca de una taberna para beber con los amigos hasta que bajen la persiana y hablar de cosas importantes… cada uno sabrá.

Ry Cooder – The Slide Area

Produced by : Ry Cooder

Musicians :

  • Ry Cooder : Guitar, Vocals
  • Bobby King, Willie Greene, Herman Johnson, John Hiatt, Bobby Baker, George McFadden : Vocals
  • Jim Dickinson : Keyboards, Piano, Electric Piano, Organ
  • William D. Smith : Keyboards
  • Jim Keltner : Drums, Vocals
  • Tim Drummond : Bass
  • John Hiatt : Guitar
  • Chuck Rainey : Bass
  • Ras Baboo Pierre : Percussion
  • Kazu Matsui : Shakuhachi
  • Reggie McBride : Bass

Strings Arranged and Conducted by Nick DeCaro

no escape

Tenía que llegar un día el Blues a mi blog.

Nadie me avisó que el “blues de Chicago”, o el “Menphis blues”, el del “Delta” que engendró el blues de “Detroit” y todas las denominaciones de origen de este estilo de música habían ido diluyéndose en otra forma de blues más abstracta y genérica. Quizás me equivoque, y si es así, que alguien me ilumine al respecto. Me apasiona la historia y las historias sobre la Música, su origen, las andanzas de los músicos, sus aventuras y desventuras, evoluciones artísticas y desastres varios. La verdad, los acontecimientos y sus consecuencias suelen darse de una manera sorprendente y lógica a la vez, eso si, con una lógica de músico, y que me perdonen pero no es esta una manera de ordenar las ideas cualquiera, si no que mas bien se las trae. En cualquier caso, un tipo de lógica.

Por ejemplo, hablemos de George Benson y lo que le pasaba por la cabeza en el momento que decide hacer un videoclip con patines, vestido de blanco, adelantándose a los anuncios de dentífricos (todo un visionario) cantando aquel fiestero disco-party “Give me the night”, cuando ya hacía algunos años había aportado cosas importantes a la guitarra de jazz y no solo eso, sino que era ya una referencia para muchos músicos. Muchos no se acordarán, pero aquellos que tengan una edad pueden llevarse una sorpresa. Desde luego que ha grabado muchas cosas, pero vale, digamos que su carrera discográfica es irregular, y no cubre, sin lugar a dudas, las expectativas que sobre él pusimos algunos. Los más desinformados, como yo, habiendo escuchado algún trabajo interesante suyo le dábamos una oportunidad cada cierto tiempo (tener en cuenta que no existía wikipedia, ir a la tienda era una aventura), comprándole un disco, con la esperanza puesta en que hubiera reflexionado y se decidiera a hacer un poco de la buena música que, sabíamos, el hombre tenía para dar y tomar, y no aquel pastel merengado al que no había por donde hincarle el diente.

El caso es que te puedes informar fácilmente sobre como Muddy Waters pasó del “Delta del Mississippi” a Chicago, donde cambia su guitarra acústica por una eléctrica y con su “slide” se convierte en el padre del “Blues de Chicago”, del blues eléctrico en definitiva, e incluso algunos piensan que lo inventó casi todo en lo que a la evolución del blues se refiere. Bueno, y a toro pasado todo parece normal, pero igual hubo gente en su día preguntándose “-qué coño está pasando? qué es lo que tiene este tipo en la cabeza? Mierda, no entiendo nada!!”.

A mi me pasa con George Benson y en otro sentido ahora también con James Blood Ulmer. Es mas, hablamos de dos voces muy diferentes y dos guitarristas diferentes, y de historias opuestas. Cuando escuches el primer tema del disco, Going to New York, pensarás: Ieup! Un bluesman de los de toda la vida? Vaya voz! Su mamá trabajaba en un campo de algodón y el se crió allí, verdad? Puerta con puerta con Ray Charles“. Pues tal vez sea cierto, pero la historia no está tan clara. Yo he ido hurgando en la vida musical de este señor y desde luego hay preguntas que no me alcanzo a responder. Sus primeros registros discográficos se dieron como sesionista en algunos discos de jazz en la década de los 60. No os vayáis a pensar, al principio era un guitarrista rítmico con buen sonido, pero un solista irregular y ramplón, un poco desordenado y de tempo mas bien dudoso. Pero sobre todo, no cantaba (NO CANTABA!!!!!). Y no lo hizo hasta entrada la década de los 80. Antes, se quedó prendado del saxofonista Ornette Coleman, paladín del free-jazz, con el que colaboró en proyectos durante muchos años. Y aún durante los 80 y los 90 no se ha desprendido de la influencia y el hechizo de lo que se llamó avant-garde en aquel momento. Y es en esta década, la que ahora transcurre, en el siglo XXI, cuando de la mano del guitarrista Vernon Reid como productor (otro marciano) hacen este disco de sonido tan interesante, que suena a blues de toda la vida, con sabor a viejo, pero pásado por una capa de barniz moderno, sugerente, de unos freaks que no quieren desprenderse de una esencia muchos años vivida, pero que se han centrado en el blues decidiéndose a escuchar a su abuelita ya sin complejos. ¡Por fin, ya era hora! ¡Eureka!.

Y todos estos años escuchando música, buscando encontrar un disco que todavía no se había hecho, pasando de Johnny Winter a Stevie Ray Vaughan, con un ojo puesto en Jeff Beck y con el otro sin quitarle la vista a un errático y apoltronado Eric Clapton, mientras Ulmer era un cantante en la ducha…, y a saber que cantaba! Ahora… no puedo dejar de canturrear este “I’m going to New York” y no puedo dejar de pincharlo en las sesiones del Sifó, y no puedo dejar de poner links en el facebook, ni de hablar de él en este blog…

Rindo homenaje a Willy DeVille, otro gran personaje que nos ha abandonado! RIP (“Demasiado corazón”, quizás es eso lo que pasa)

spotify del disco: James Blood Ulmer – No Escape From The Blues

Trago recomendado: whisky on the rocks