Asociados (II): Dúos

enero 7, 2013

Si, son tiempos de crisis. He evitado usar la palabra en el blog y pasaré por encima de ella rápidamente, pero me sirve para explicar algo que viene sucediendo en el ecosistema de la música desde hace varios años. Ahora todo el mundo se fue al carajo, menos un montón de señores antipáticos y unos pocos a los que les perdonamos que les vaya bien (en España no hay de estos últimos, por más que su exito sea el resultado de un meritorio trabajo), pero los músicos llevan siglos encontrando fórmulas para seguir entreteniendo, sorprendiendo, divirtiéndose y experimentando aun si caen los famosos chuzos de punta… La música no se detiene, los músicos no se detienen, dando hoy una vuelta de tuerca más a la reducción de personal en el escenario, explorando el formato más reducido posible después del Yo, sumándose a la versión musical del llamado “Teatro de bolsillo”, callejeando, sobreviviendo en los más recónditos pasajes de cualquier ciudad del mundo, pasando en la mismo noche de las más glamurosas salas a los más lúgubres tugurios (cuando estos existían!).

Introducción por peteneras y ahora, al lío.

Repasando mentalmente mi archivo discográfico de Jazz, me vienen a la mente algunos trabajos a dúo, obviando a propósito y sin maldad a los vocalistas acompañados de un instrumento armónico. Discos como el de John Coltrane y Duke Ellington, o la pareja Kenny Barron – Stan Getz en el doble People Time, ambos formados por un pianista y un saxofonista, otros como el de Pat Metheny y  Charlie Haden, guitarra y contrabajo, o los del mismo Haden con el mítico pianista Hank Jones (Stel Away, delicioso por cierto, el reciente Come Sunday del 2012 está en mi lista de escuchas pendientes). Podríamos hacer una larga lista, seguro (ya me vienen a la mente otros que se van a quedar fuera, algunos realmente locos, vaya!).

Lo que no es tan común, desde luego, es que uno de los dos componentes del dúo sea un baterista. Recuerdo que Pat Metheny comenzaba una de las últimas giras del Pat Metheny group con una improvisación loca, mano a mano junto al batería Antonio Sanchez, el cual ocupaba una demarcación curiosa en el escenario, junto al guitarrista, en vez de la clásica situación en el fondo del escenario. Pat Metheny buscaba entonces y lo sigue haciendo aun hoy,  el contacto visual directo con el batería, y ubica a este entre él y el bajista, generando esa nueva situación que ha de tener una influencia en el resultado musical, y que a fin de cuentas es lo que se persigue. A eso vamos ahora, ya que esta fórmula se está poniendo de moda por lo que parece. Es un formato fresco que permite una comunicación más directa entre la percusión y la melodía, una corriente mas fluida de energía, más electrizante. El bajista que hacía de intermediario y de mediador es eliminado.

La primera experiencia discográfica que me llama la atención en este sentido es “Friendly Travelers”, de Wolfgang Musthspiel y Brian Blade, en el 2007. Las maquinitas de hacer loops anda por ahí, la influencia de la música electrónica, del hip hop es irremediable, la irrupción de la tecnología en los escenarios para suplir todo lo que se podía grabar en un estudio ha dado la vuelta y se ha convertido en un instrumento de estudio más.

Wolfgang Muthspiel & Brian Blade – Friendly Travelers

Hay un gran trabajo de composición en este disco, el señor Muthspiel es un tipo sesudo aun cuando los temas están firmados entre ambos, virtuoso, con un gusto a veces irregular pero un gran guitarrista en definitiva. Pero lo más interesante en este proyecto, a mi modo de ver, es la cantidad de ideas rítmicas, diálogos que el baterista establece con la guitarra, motivos locos producidos por esa mente diabólicamente juguetona, ese niño travieso con dos palitos y un montón de cosas a las que atizarle a gusto que es Brian Blade, un auténtico maestro de la música.

La verdad, en esto nunca podré ser objetivo ya que la batería siempre has ido mi instrumento favorito cuando hay un tipo con talento en las baquetas, de los que Brian Blade es sin duda uno de mis más admirados, el cual se despacha aquí a gusto para mi gozo. Dicho esto, el resultado es realmente coral, un “neck and neck” en toda regla, generando unos espacios (ese concepto espacial, dimensional de la música me encanta) poco habituales de encontrar en formatos más tradicionales, tríos, cuartetos, etc.. la mayoría!

El otro disco, obviamente, también es un dúo, aunque funcione realmente como un trío. Un disco más pausado en conceptos, pero tremendo cuando pensamos que eso que suena como un bajo y lo otro que suena como una guitarra, pues bien, los toca él. Qué si, que algún listillo pensará -bueno, pero si toca primero una cosa y luego otra… así cualquiera – y no, no, no! Toca todo a la vez, de hecho tanto este como el anterior son discos directos, de mirarse, dale al Rec., de un dos tres y vamos hasta el final, como siempre, de toda la vida, como cuando la tecnología no permitía que se hiciera de otra manera.

Not Getting Behind is the New Getting Ahead

Link spotify / Charlie Hunter -Scott amendola: Not getting behind is the new getting ahead

“Not getting behind is the new getting ahead” es el disco del bajistaguitarrista lotocotodojunto Charlie Hunter y el batería Scott Amendola, en 2012. No escucharéis esos diálogos inteligentes entre ambos instrumentos que se plantean en el disco anterior, la batería es más funcional, más en un estilo rhythm & blues… pero por contra, la propia limitación técnica que supone tener que tocar bajo y guitarra a la vez hace que lo que sucede por encima sea interesantísimo, ver como Hunter va haciendo evolucionar los temas, en los que hay algunas texturas y pasajes realmente hermosos. Su manera de tejer pacientemente ideas musicales a lo que sumamos el sonido de guitarra tremendo que tiene, hacen de este disco uno de los imprescindibles del 2012, en mi lista al menos.

Yo creo que merece la pena escucharlos como siempre hacen mis queridos lectores, con mucho cariño, con tiempo, de forma activa, abiertos a ser transformados cada día por lo poético que sucede alrededor… y cuando lo consigan, me explicarán cómo hacerlo.

Para terminar de argumentar que no son producto de la casualidad los discos que hoy comento, Brad Mehldau y Mark Guiliana llevan un par de años tocando a dúo, teclas y batería, así como el guitarrista Wayne krantz con el propio Guiliana, y otros proyectos que seguro van a ser editados en 2013. Espero seguir aquí para contárselo.

Y a vosotros, visitantes no casuales del blog, esos que no sois japoneses en busca de una portada para el iTunes, por ejemplo, habéis de saber que le estoy cogiendo el gusto a escuchar cosas del año, frescas de temporada, a estar al día y no andar arrebañando en el baúl de las viejas cosas de otras épocas, que no digo que no las siga escuchando pero la producción musical actual me parece fascinante. Se hace muchísima música y de una gran calidad. De todos los estilos y épocas posibles, de músicos formados en escuelas con una visión actual y autodidactas a su vez, relacionados con la música popular así como con la experimentación, la técnica y conocimiento de su instrumento, los músicos de jazz y de clásica empiezan a no sentirse unos frente a otros… el panorama es alentador, hay un gran presente y esperamos grandes cosas para el futuro.

Y como es tarde ya, siempre escribo de noche…

“La botella se acaba antes de la una; / A las dos se cierra el libro; / A las tres los amantes descansan apartados, / cumplidos el amor y su comercio”

Con estos versos de Philip Larkin se despide un servidor hasta la próxima entrega. Si os animáis, en comentarios podrías aportar algunos discos a dúo que os hayan gustado, fomentando el feedback, que es muy triste pensar que las estadísticas del blog reflejan solo a los susodichos japoneses en busca de portadas!

Bye!

Imagen

enlace a spotify: Mark Guiliana – Across the Way

La primera vez que vi a Brad Shepik en concierto fue en el Heineken Jazzaldia de San Sebastián, a finales del siglo pasado (que cosa da decir esto, no?), en el verano de 1996, tocando con Matt Darriau y su Paradox trío. Por aquel entonces entonces se hacía llamar Brad Schoeppach (entiendo por qué se cambió el apellido, joder) y no me resultaba del todo desconocido aunque ahora recuerde vagamente. Si tenía la sensación de haber escuchado ya a ese guitarrista de aspecto paliducho, muy rubio y con pinta de giri en la Electric Bebop Band del recientemente desaparecido Paul Motian, uno de mis baterías favoritos para siempre (Descanse en paz).

Los vi dos veces en aquellos días. La primera en el salón de plenos del Ayuntamiento, probablemente el primer año que pasaron el día inaugural del festival a los jardines de Alderdi Eder, una idea pensada más para la comodidad de sus señorías, de todas esas personalidades y su séquito, sus reservados y copas de cava que para el desarrollo de un buen concierto de jazz. Ese día no pasó gran cosa con Matt Darriau y su Parodox trío, tocando en un ambiente que no aportaba nada a la música gamberra y picante de raiz balcánica, con una base importante de folklore pero sumamente compleja a la vez. Frío, frío.

Esa noche hubo un montón de conciertos en varios escenarios cuyo hilo conductor fue una vez más el Jazz de New Orleans. Recuerdo con agrado el momento chiles con carne y arroz. También las gafas y la peineta de Martirio acompañada magistralmente por Chano Domínguez….

Les volví a ver en concierto dos días después. Era más de noche, después de la sesión oficial en un ambiente mucho más propicio. La gente, el público se amontonada en el Be-bop alrededor de los músicos, Mat Darriau descamisado tocando el saxo con violencia a la vez que pisaba casi de manera caótica y desenfadada una molesta pero graciosa bocina junto a la que no faltaba nunca una cerveza. Esa noche venían cargados de la mala sensación de la gala inicial y se despacharon a gusto. De lo que Brad Shepik tocó aquella noche tengo un lejano recuerdo, casi nulo. Recuerdo sin embargo la posición que ocupaban en el escenario, el set de percusión y al percusionista, Seido Salifoski, tocando la derbouka con una mano mientras con la otra le daba tiempo a pegar platos y muchas cosas más de esas que llevan los percusionistas. Qué loco! Impresionante. El chelo de 5 cuerdas de Rufus Cappadocia y sus dedos infinítamente largos, haciendo slap, realizando funciones de bajo, fraseando, soleando… Concierto memorable en una noche que además compartí con algunos amigos que fueron llegando de manera espontánea, sin haberlo planeado previamente. Eso me encanta de las noches de festival, también se improvisa fuera del escenario.

Conseguí el disco y con algunos amigos sacamos temas que versionamos en un proyecto que dio en llamarse Tabu-tabar, que tiempos aquellos… Después a Matt Darriau le perdí la pista, escuchando aquel disco cada cierto tiempo, pero la guitarra de Brad Shepik a ido rondándome y jugando al despiste conmigo hasta que este disco se cruzó en mi vida captando todo mi interés y hasta aquí los preliminares.

El primer tema es el mismo que da nombre al disco, Across the way. Como una declaración de intenciones lo primero que se escucha es la guitarra. Vamos allá chicos, empezamos con algo templadito… esos arpegios sugerentes definiendo una armonía de carácter modal, misteriosa, en un compás casi desconocido en el actual pop, 10/8 (3+3+4). Ahí está Mark Guiliana en la batería tras unas ruedas de guitarra, empujando con el Ride, no hay problema. Es uno de los baterías más inspirados del momento, la nueva hornada de jóvenes músicos de la movida en New York. Para ser tan joven, 22 años, ya ha grabado y girado por todo el mundo con músicos como Avishai Cohen o Dafher Yusseff. Una vez entra el ride no deja de empujarte infatigable hasta el final del tema. Una maravilla como toca, me encanta escuchar a este tío. Diría que no deja de empujarte hasta el final del disco.

Una vez presentado el clima arranca la melodía, el tema… y cuando termina la presentación del mismo ocurre algo bueno. El contrabajista Jorge Roeder, que se ha presentado discreto al inicio se descubre ahora como un solista brillante. Suyo es el primer solo del disco y rápidamente da muestras de tener un concepto del tempo hermoso, y es además melódicamente sorprendente teniendo en cuenta el instrumento. Se pueden cantar todos sus solos, que son numerosos por cierto. Me recuerda al mejor Javier Colina. Más adelante en el disco se hace evidente que esa cualidad viene porque su conocimiento de la música latina es más profundo de lo que se puede aprender en una escuela. Queda todo explicado cuando te enteras de que este jovencísimo músico, 22 años también, es de origen peruano. Escuchen sino el solo en el tema Germán Taco.

La sofisticación, el punto de contraste sonoro y armónico lo ofrece el vibrafonista Tom Beckham, además de ejercer de contrapeso a la juventud y desbordante energía de la base rítmica. Su fraseo y su concepto sutil de la armonía es el más abierto del grupo, contrastando con el lenguaje mucho más directo en general de Brad Shepik. Además es el encargado de colorear y de abrir los acordes, de generar espacios. Lo cual, añadido a lo especial que puede resultar el sonido de un instrumento como el vibráfono termina por darle una particular identidad al disco.

No podemos obviar el trabajo de composición de Brad Shepik. Me encanta que sea atrevido pero a la vez no tenga complejos estéticos. Es moderno, contemporáneo sin ser críptico, sin necesidad de sentirse extravagante. Conversando en Barcelona hace unos días con mi amigo Dusan Jevtovic, este me decía que ahora ya todo el mundo tiene buenos temas. No sé yo si todo el mundo, pero tal vez si se le esté prestando más atención a ese aspecto. Bienvenido sea. Se agradece que en un disco de jazz haya buenas ideas compositivas, temas reconocibles, arreglos meditados y que por momentos te encuentres silbando alguna de las muchas melodías.

Una experiencia recomendable que dejo descubráis a partir de aquí vosotros mismos.

Hace mucho calor así que yo lo que me voy a tomar mientras me preparo para disfrutar de la escucha es una cerveza bien fría. Una Coronita con su rodaja de limón se me hace muy apetecible. Buen viaje!

Ralph Towner – Time line

febrero 23, 2010

Link: Ralph Towner – Time Line

Hoy vendo paz y armonía, arte y maneras, técnica y poesía, trabajo y amor, pasión por un instrumento, delicias de sonido. Solo una guitarra otra vez, solo un hombre con su instrumento, Ralph Towner. Y digo otra vez porque este blog comenzaba su andadura con un post sobre un disco de similar concepto, One quiet night, de Pat Metheny.

Nunca entraré en diatribas sobre si el instrumento más completo es tal o pascual, el que mas bonito suena… Cuántas veces me han preguntado en mi vida por el instrumento más difícil de tocar o cosas así (si me dieran un euro por cada vez). A las personas les gusta esa épica, en fin. Incluso a algunos músicos aburridos les gusta este tipo de discusiones. ¡Qué se yo, quién sabe! El caso es que la guitarra es, sin duda, un gran instrumento, y tocado con arte por un gran maestro puede dar luz a un disco hermoso y generar una música que incite a soñar, que sugiera e inspire el uso de otros sentidos que no el oído simplemente. Si cierras los ojos, evoca olores, imágenes y sensaciones abstractas que no aparecen en lo cotidiano, quizás por no disponer del tiempo necesario, ni de la calma mental, de la paz. Tal vez sea esa la “línea de tiempo” que nos lanza Ralph Towner, vía ECM (donde lleva instalado no pocos años), para gozar de la música y de unas composiciones de carácter intimista, de unas armonías un tanto impresionistas y de su ritmo particular y ambiguo, travieso, que suscita un mundo mágico en el que las palabras (esas que pululan en tu mente, pues no las hay en el disco, si acaso alguna respiración del propio Towner  que se escucha prestando mucha atención) se funden con el paisaje hasta desaparecer, hasta hacerse innecesarias, para no interponerse entre el oyente y un mundo de “innombrables” sensaciones.

“The pendant”, tema que abre el disco, es modulante, pendular, desafiando la gravedad, perdiéndose en la niebla para aparecer, tomar cuerpo y volver a desdibujarse. “Oleander Etude”, mucho más terrenal, más enérgica, el juego y deseo mas adolescente, casi infantil, o todo o nada, se dibuja en mi cabeza como una escena de recreo en un patio de colegio con las paredes de hormigón, una canasta y unas porterías (que le voy a hacer si se me dispara la imaginación). “Always by your side”, donde el amor pierde la temporalidad para convertirse en algo etéreo que perdura y se queda suspendido como un pensamiento, donde una mirada se congela como una foto y después entra por la ventana en forma de sonido, café con leche y la cama sin hacer. “The hollows”, donde alguien se pasa las manos por la cabeza y se la sacude como si quisiera sacarse alguna idea obsesiva que le pica en la mente, como si tuviera un bicho enmarañado en el pelo. Parece por un momento que se haya ido, pero lo que sea que está molestándote vuelve una y otra vez. No importa lo que intentes, no puedes dejar de pensar en ello. Puedo ver al bailarín sentado en una silla e imaginar sus movimientos.

La calma regresa con “Anniversary song”, una celebración sin fiesta ni grandes gestos, una terraza y una botella de vino al anochecer en una plaza bonita del mediterráneo francés, mesa con mantel a cuadros, un cigarro en un cenicero  y la mer de fondo… El sol sale en “If”, donde niños juegan con otros niños en un parque verde, mientras sus padres, sentados en un banco de madera junto a otros padres, sonríen las gracias de los pequeños  y a ratos se preguntan para qué sirve la vida, desando tal vez, que todo desemboque en una barbacoa con amigos que no es seguro que tengan. Pero quien sabe, si hay deseo puede haber aun esperanza, y además, ha salido el sol en invierno (invento e imagino).

“Five Glimpses”, obra en cinco movimientos o bien como dice el propio título, cinco ojeadas, cinco miradas rápidas de las cuales, la más duradera alcanza justo el minuto. Más bien cinco inspiraciones que pasan en un suspiro. “The lizards of Eraclea” describe el movimiento ágil en los juegos y cacerías de los lagartos de Eraclea, de colores vivos  y hermosos, de nuevo con el Mediterráneo como fondo, siendo esta vez sugerido el marco no únicamente por mi imaginación sino por el propio título. En “Turning of the leaves” parece que estemos en otoño, esa gran estación creativa y metafórica, con el viento agitando las ramas y todo un manto de hojas sobre las que pasea un anciano con las solapas del gabán bien ceñidas al cuello. Un cielo gris metálico da contorno a los fantasmagóricos árboles desnudos, mientras las hojas bailan en remolinos dando forma al movimento del aire, como el traje de un hombre invisible.

Aparece a continuación una deliciosa versión del clásico jazz standard “Come rain or come shine”, mil veces interpretado y grabado, composición de Harold Arlen con letra del grandísimo Johnny Mercer, para el musical “St. Louis woman” de 1946, cuya letra dice así:

“I’m gonna love you, like nobody’s loved you

Come rain or come shine

High as a mountain, deep as a river

Come rain or come shine

I guess when you met me

It was just one of those things

But don’t you ever bet me

‘Cause I’m gonna be true if you let me

You’re gonna love me, like nobody’s loved me

Come rain or come shine

We’ll be happy together, unhappy together

Now won’t that be just fine

The days may be cloudy or sunny

We’re in or out of the money

But I’m with you always

I’m with you rain or shine”

Y ahora, enfilando el final del disco, aparecen las cuerdas de metal, las de una guitarra de 12 cuerdas, de la que sin duda Ralph Towner es uno de los maestros más importantes. El tema “Freeze frame”, trata de descongelar una imagen donde el frío es sugerido a través del contraste entre la acústica de sonido metálico con la calidez de las cuerdas de nylon usadas hasta ahora en los temas anteriores. Y otro tema clásico, “My man’s go now” escrito para la opereta Porgy and Bess en 1935 por George Gershwin cierra este disco al que ya le he puesto demasiadas palabras, más de las que seguro nadie necesita para interpretarlo libremente y disfrutarlo a su manera.

Y hasta aquí lo que vendría a ser la recomendación musical de hoy, que pueden acompañar con una copa de buen vino tinto, ligero y aromático, de los que entran bien como aperitivo.

Aténtamente se despide hasta pronto, siempre suyo:

Alibadal

no escape

Tenía que llegar un día el Blues a mi blog.

Nadie me avisó que el “blues de Chicago”, o el “Menphis blues”, el del “Delta” que engendró el blues de “Detroit” y todas las denominaciones de origen de este estilo de música habían ido diluyéndose en otra forma de blues más abstracta y genérica. Quizás me equivoque, y si es así, que alguien me ilumine al respecto. Me apasiona la historia y las historias sobre la Música, su origen, las andanzas de los músicos, sus aventuras y desventuras, evoluciones artísticas y desastres varios. La verdad, los acontecimientos y sus consecuencias suelen darse de una manera sorprendente y lógica a la vez, eso si, con una lógica de músico, y que me perdonen pero no es esta una manera de ordenar las ideas cualquiera, si no que mas bien se las trae. En cualquier caso, un tipo de lógica.

Por ejemplo, hablemos de George Benson y lo que le pasaba por la cabeza en el momento que decide hacer un videoclip con patines, vestido de blanco, adelantándose a los anuncios de dentífricos (todo un visionario) cantando aquel fiestero disco-party “Give me the night”, cuando ya hacía algunos años había aportado cosas importantes a la guitarra de jazz y no solo eso, sino que era ya una referencia para muchos músicos. Muchos no se acordarán, pero aquellos que tengan una edad pueden llevarse una sorpresa. Desde luego que ha grabado muchas cosas, pero vale, digamos que su carrera discográfica es irregular, y no cubre, sin lugar a dudas, las expectativas que sobre él pusimos algunos. Los más desinformados, como yo, habiendo escuchado algún trabajo interesante suyo le dábamos una oportunidad cada cierto tiempo (tener en cuenta que no existía wikipedia, ir a la tienda era una aventura), comprándole un disco, con la esperanza puesta en que hubiera reflexionado y se decidiera a hacer un poco de la buena música que, sabíamos, el hombre tenía para dar y tomar, y no aquel pastel merengado al que no había por donde hincarle el diente.

El caso es que te puedes informar fácilmente sobre como Muddy Waters pasó del “Delta del Mississippi” a Chicago, donde cambia su guitarra acústica por una eléctrica y con su “slide” se convierte en el padre del “Blues de Chicago”, del blues eléctrico en definitiva, e incluso algunos piensan que lo inventó casi todo en lo que a la evolución del blues se refiere. Bueno, y a toro pasado todo parece normal, pero igual hubo gente en su día preguntándose “-qué coño está pasando? qué es lo que tiene este tipo en la cabeza? Mierda, no entiendo nada!!”.

A mi me pasa con George Benson y en otro sentido ahora también con James Blood Ulmer. Es mas, hablamos de dos voces muy diferentes y dos guitarristas diferentes, y de historias opuestas. Cuando escuches el primer tema del disco, Going to New York, pensarás: Ieup! Un bluesman de los de toda la vida? Vaya voz! Su mamá trabajaba en un campo de algodón y el se crió allí, verdad? Puerta con puerta con Ray Charles“. Pues tal vez sea cierto, pero la historia no está tan clara. Yo he ido hurgando en la vida musical de este señor y desde luego hay preguntas que no me alcanzo a responder. Sus primeros registros discográficos se dieron como sesionista en algunos discos de jazz en la década de los 60. No os vayáis a pensar, al principio era un guitarrista rítmico con buen sonido, pero un solista irregular y ramplón, un poco desordenado y de tempo mas bien dudoso. Pero sobre todo, no cantaba (NO CANTABA!!!!!). Y no lo hizo hasta entrada la década de los 80. Antes, se quedó prendado del saxofonista Ornette Coleman, paladín del free-jazz, con el que colaboró en proyectos durante muchos años. Y aún durante los 80 y los 90 no se ha desprendido de la influencia y el hechizo de lo que se llamó avant-garde en aquel momento. Y es en esta década, la que ahora transcurre, en el siglo XXI, cuando de la mano del guitarrista Vernon Reid como productor (otro marciano) hacen este disco de sonido tan interesante, que suena a blues de toda la vida, con sabor a viejo, pero pásado por una capa de barniz moderno, sugerente, de unos freaks que no quieren desprenderse de una esencia muchos años vivida, pero que se han centrado en el blues decidiéndose a escuchar a su abuelita ya sin complejos. ¡Por fin, ya era hora! ¡Eureka!.

Y todos estos años escuchando música, buscando encontrar un disco que todavía no se había hecho, pasando de Johnny Winter a Stevie Ray Vaughan, con un ojo puesto en Jeff Beck y con el otro sin quitarle la vista a un errático y apoltronado Eric Clapton, mientras Ulmer era un cantante en la ducha…, y a saber que cantaba! Ahora… no puedo dejar de canturrear este “I’m going to New York” y no puedo dejar de pincharlo en las sesiones del Sifó, y no puedo dejar de poner links en el facebook, ni de hablar de él en este blog…

Rindo homenaje a Willy DeVille, otro gran personaje que nos ha abandonado! RIP (“Demasiado corazón”, quizás es eso lo que pasa)

spotify del disco: James Blood Ulmer – No Escape From The Blues

Trago recomendado: whisky on the rocks

El título no podía haber sido más acertado. Un hombre, su guitarra y la noche. Un buen disco se puede escuchar a cualquier hora, pero tal vez si que haya música más apropiada para unos momentos. Para esta en concreto, se precisa de cierta predisposición emocional así como de la suerte de disponer del tiempo necesaro para poder pararse un rato y no hacer otra cosa mientras dura la audición, de manera que si yo tuviera que elegir o recomendar un momento para disfrutar de “One quiet night”ese sería cuando el sol se hubiera escondido, ya de madrugada, aprovechando la quietud de la noche. Música para escuchar en soledad, en esa soledad aceptada que sabe a cigarro y cosas antiguas, cosas como escribir a golpe de pluma y tintero, fumar en pipa o cerrar el ultimo bar abierto de un pequeño pueblo costero un lunes cualquiera. Una invitación a la introspección dejándose mecer con los vaivenes de la guitarra de este genial músico, sin duda uno de los más talentosos de nuestro tiempo.

Así pues, podría decirse que una virtud de escuchar un disco así es la desaceleración a la que obliga si se quiere disfrutar plenamente, alejándonos del ajetreo del día a día, del trayecto al trabajo, de las reuniones, de la frenética actividad social y tantas cosas que muchas veces nos llevan a saltar de un día a otro sin pausa y sin tiempo para escuchar desde el silencio, el cual es el lienzo sobre el que un músico trabaja. La tranquilidad con la que Metheny va construyendo los temas, enlazando los acordes y las melodías, sin prisa, con esa sorprendente habilidad para jugar adelante y atrás con el tempo de cada nota como pocos pueden presumir de haber logrado, tal vez a la altura del mismo Miles Davis en este aspecto, contando cada historia con la parsimonia del que no tiene prisa por terminar ni ha de gritar para que se le escuche, nos invita a un lugar donde ni las normas radiofónicas ni las modas existen, sino el placer de la música por la música.

De los 12 cortes que contiene el disco, nueve son de cosecha propia, todos ellos de aire claramente paisajístico y reflexivo, estilo que el guitarrista ya había experimentado en bandas sonoras como “A map of the world” usando una guitarra con cuerdas de naylon. De esas nueve, solamente “Last train home”, tema que cierra el disco, no está compuesta expresamente para la grabación, habiendo aparecido originalmente en el álbum “Still Life (Talking)” de 1987. Dentro de este marco íntimo, Pat Metheny se regala incluir tres composiciones de su imaginario musical, resultando sorprendente el hecho de que cada una de ellas llega al disco de épocas y contextos artísticos bien distintos, hablándonos a través de las mismas de sus eclécticas influencias musicales. La que menos podría llegar a sorprendernos de las tres es la delicada revisión que hace del tema “My song” de Keith Jarrett, cuyo disco de mismo título (1978) es, por cierto, una referencia obligada del sello alemán ECM, ciertamente recomendable, en la cual el mismo Metheny editó algunos de sus primeros álbumes. Ferry ‘cross The Mersey 1965-, de Gerry & the Pacemakers (los cuales acuñan en su haber la versión de “You’ll never walk alone” que inspiró el conocido himno que comparten las hinchadas del Liverpool FC y del Celtic FC de Glaswow, original de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II para el musical de Brodway “Carousel”) se aleja sorprendentemente de la atmósfera jovial de pop inglés de la original, consiguiendo integrarla magistralmente dentro del espíritu reflexivo del disco. Por último, Don’t know why, de Jesse Harris & The Ferdinandos, más conocida por ser single del “Come away with me” de Norah Jones y por la que el compositor ganó un Grammy en 2003, en la categoría “canción del año” completaría el tracklist del disco.

Una curiosidad; Metheny usa una guitarra acústica barítono construida por la luthier canadiense Linda Manzer y cuyo sonido, más grave que el de una guitarra normal, es determinante para dar cierta profundidad a las interpretaciones de este disco, proporcionándole un barniz particular.

Bueno, hasta aquí esta primera entrega. Que este pequeño homenaje a Pat Metheny sirva como presentación de este recién estrenado blog. ¿Ya puedo decir que soy un blogger?

¡Gracias por haber leído hasta aquí!

Hasta ahora!!

enlace a spotify: One quiet night

Tracklist

1. One Quiet Night
2. Song For The Boys
3. Don’t Know Why
4. Another Chance
5. And Time Goes On
6. My Song
7. Peace Memory
8. Ferry Cross The Mersey
9. Over On 4th Street
10. I Will Find The Way
11. North To South, East To West
12. Last Train Home

Trago recomendado: nada demasiado fuerte. Una copa de buen vino noble, tinto, un crianza suavecito, bien equilibrado, por ejemplo.