Asociados (II): Dúos

enero 7, 2013

Si, son tiempos de crisis. He evitado usar la palabra en el blog y pasaré por encima de ella rápidamente, pero me sirve para explicar algo que viene sucediendo en el ecosistema de la música desde hace varios años. Ahora todo el mundo se fue al carajo, menos un montón de señores antipáticos y unos pocos a los que les perdonamos que les vaya bien (en España no hay de estos últimos, por más que su exito sea el resultado de un meritorio trabajo), pero los músicos llevan siglos encontrando fórmulas para seguir entreteniendo, sorprendiendo, divirtiéndose y experimentando aun si caen los famosos chuzos de punta… La música no se detiene, los músicos no se detienen, dando hoy una vuelta de tuerca más a la reducción de personal en el escenario, explorando el formato más reducido posible después del Yo, sumándose a la versión musical del llamado “Teatro de bolsillo”, callejeando, sobreviviendo en los más recónditos pasajes de cualquier ciudad del mundo, pasando en la mismo noche de las más glamurosas salas a los más lúgubres tugurios (cuando estos existían!).

Introducción por peteneras y ahora, al lío.

Repasando mentalmente mi archivo discográfico de Jazz, me vienen a la mente algunos trabajos a dúo, obviando a propósito y sin maldad a los vocalistas acompañados de un instrumento armónico. Discos como el de John Coltrane y Duke Ellington, o la pareja Kenny Barron – Stan Getz en el doble People Time, ambos formados por un pianista y un saxofonista, otros como el de Pat Metheny y  Charlie Haden, guitarra y contrabajo, o los del mismo Haden con el mítico pianista Hank Jones (Stel Away, delicioso por cierto, el reciente Come Sunday del 2012 está en mi lista de escuchas pendientes). Podríamos hacer una larga lista, seguro (ya me vienen a la mente otros que se van a quedar fuera, algunos realmente locos, vaya!).

Lo que no es tan común, desde luego, es que uno de los dos componentes del dúo sea un baterista. Recuerdo que Pat Metheny comenzaba una de las últimas giras del Pat Metheny group con una improvisación loca, mano a mano junto al batería Antonio Sanchez, el cual ocupaba una demarcación curiosa en el escenario, junto al guitarrista, en vez de la clásica situación en el fondo del escenario. Pat Metheny buscaba entonces y lo sigue haciendo aun hoy,  el contacto visual directo con el batería, y ubica a este entre él y el bajista, generando esa nueva situación que ha de tener una influencia en el resultado musical, y que a fin de cuentas es lo que se persigue. A eso vamos ahora, ya que esta fórmula se está poniendo de moda por lo que parece. Es un formato fresco que permite una comunicación más directa entre la percusión y la melodía, una corriente mas fluida de energía, más electrizante. El bajista que hacía de intermediario y de mediador es eliminado.

La primera experiencia discográfica que me llama la atención en este sentido es “Friendly Travelers”, de Wolfgang Musthspiel y Brian Blade, en el 2007. Las maquinitas de hacer loops anda por ahí, la influencia de la música electrónica, del hip hop es irremediable, la irrupción de la tecnología en los escenarios para suplir todo lo que se podía grabar en un estudio ha dado la vuelta y se ha convertido en un instrumento de estudio más.

Wolfgang Muthspiel & Brian Blade – Friendly Travelers

Hay un gran trabajo de composición en este disco, el señor Muthspiel es un tipo sesudo aun cuando los temas están firmados entre ambos, virtuoso, con un gusto a veces irregular pero un gran guitarrista en definitiva. Pero lo más interesante en este proyecto, a mi modo de ver, es la cantidad de ideas rítmicas, diálogos que el baterista establece con la guitarra, motivos locos producidos por esa mente diabólicamente juguetona, ese niño travieso con dos palitos y un montón de cosas a las que atizarle a gusto que es Brian Blade, un auténtico maestro de la música.

La verdad, en esto nunca podré ser objetivo ya que la batería siempre has ido mi instrumento favorito cuando hay un tipo con talento en las baquetas, de los que Brian Blade es sin duda uno de mis más admirados, el cual se despacha aquí a gusto para mi gozo. Dicho esto, el resultado es realmente coral, un “neck and neck” en toda regla, generando unos espacios (ese concepto espacial, dimensional de la música me encanta) poco habituales de encontrar en formatos más tradicionales, tríos, cuartetos, etc.. la mayoría!

El otro disco, obviamente, también es un dúo, aunque funcione realmente como un trío. Un disco más pausado en conceptos, pero tremendo cuando pensamos que eso que suena como un bajo y lo otro que suena como una guitarra, pues bien, los toca él. Qué si, que algún listillo pensará -bueno, pero si toca primero una cosa y luego otra… así cualquiera – y no, no, no! Toca todo a la vez, de hecho tanto este como el anterior son discos directos, de mirarse, dale al Rec., de un dos tres y vamos hasta el final, como siempre, de toda la vida, como cuando la tecnología no permitía que se hiciera de otra manera.

Not Getting Behind is the New Getting Ahead

Link spotify / Charlie Hunter -Scott amendola: Not getting behind is the new getting ahead

“Not getting behind is the new getting ahead” es el disco del bajistaguitarrista lotocotodojunto Charlie Hunter y el batería Scott Amendola, en 2012. No escucharéis esos diálogos inteligentes entre ambos instrumentos que se plantean en el disco anterior, la batería es más funcional, más en un estilo rhythm & blues… pero por contra, la propia limitación técnica que supone tener que tocar bajo y guitarra a la vez hace que lo que sucede por encima sea interesantísimo, ver como Hunter va haciendo evolucionar los temas, en los que hay algunas texturas y pasajes realmente hermosos. Su manera de tejer pacientemente ideas musicales a lo que sumamos el sonido de guitarra tremendo que tiene, hacen de este disco uno de los imprescindibles del 2012, en mi lista al menos.

Yo creo que merece la pena escucharlos como siempre hacen mis queridos lectores, con mucho cariño, con tiempo, de forma activa, abiertos a ser transformados cada día por lo poético que sucede alrededor… y cuando lo consigan, me explicarán cómo hacerlo.

Para terminar de argumentar que no son producto de la casualidad los discos que hoy comento, Brad Mehldau y Mark Guiliana llevan un par de años tocando a dúo, teclas y batería, así como el guitarrista Wayne krantz con el propio Guiliana, y otros proyectos que seguro van a ser editados en 2013. Espero seguir aquí para contárselo.

Y a vosotros, visitantes no casuales del blog, esos que no sois japoneses en busca de una portada para el iTunes, por ejemplo, habéis de saber que le estoy cogiendo el gusto a escuchar cosas del año, frescas de temporada, a estar al día y no andar arrebañando en el baúl de las viejas cosas de otras épocas, que no digo que no las siga escuchando pero la producción musical actual me parece fascinante. Se hace muchísima música y de una gran calidad. De todos los estilos y épocas posibles, de músicos formados en escuelas con una visión actual y autodidactas a su vez, relacionados con la música popular así como con la experimentación, la técnica y conocimiento de su instrumento, los músicos de jazz y de clásica empiezan a no sentirse unos frente a otros… el panorama es alentador, hay un gran presente y esperamos grandes cosas para el futuro.

Y como es tarde ya, siempre escribo de noche…

“La botella se acaba antes de la una; / A las dos se cierra el libro; / A las tres los amantes descansan apartados, / cumplidos el amor y su comercio”

Con estos versos de Philip Larkin se despide un servidor hasta la próxima entrega. Si os animáis, en comentarios podrías aportar algunos discos a dúo que os hayan gustado, fomentando el feedback, que es muy triste pensar que las estadísticas del blog reflejan solo a los susodichos japoneses en busca de portadas!

Bye!

Imagen

enlace a spotify: Mark Guiliana – Across the Way

La primera vez que vi a Brad Shepik en concierto fue en el Heineken Jazzaldia de San Sebastián, a finales del siglo pasado (que cosa da decir esto, no?), en el verano de 1996, tocando con Matt Darriau y su Paradox trío. Por aquel entonces entonces se hacía llamar Brad Schoeppach (entiendo por qué se cambió el apellido, joder) y no me resultaba del todo desconocido aunque ahora recuerde vagamente. Si tenía la sensación de haber escuchado ya a ese guitarrista de aspecto paliducho, muy rubio y con pinta de giri en la Electric Bebop Band del recientemente desaparecido Paul Motian, uno de mis baterías favoritos para siempre (Descanse en paz).

Los vi dos veces en aquellos días. La primera en el salón de plenos del Ayuntamiento, probablemente el primer año que pasaron el día inaugural del festival a los jardines de Alderdi Eder, una idea pensada más para la comodidad de sus señorías, de todas esas personalidades y su séquito, sus reservados y copas de cava que para el desarrollo de un buen concierto de jazz. Ese día no pasó gran cosa con Matt Darriau y su Parodox trío, tocando en un ambiente que no aportaba nada a la música gamberra y picante de raiz balcánica, con una base importante de folklore pero sumamente compleja a la vez. Frío, frío.

Esa noche hubo un montón de conciertos en varios escenarios cuyo hilo conductor fue una vez más el Jazz de New Orleans. Recuerdo con agrado el momento chiles con carne y arroz. También las gafas y la peineta de Martirio acompañada magistralmente por Chano Domínguez….

Les volví a ver en concierto dos días después. Era más de noche, después de la sesión oficial en un ambiente mucho más propicio. La gente, el público se amontonada en el Be-bop alrededor de los músicos, Mat Darriau descamisado tocando el saxo con violencia a la vez que pisaba casi de manera caótica y desenfadada una molesta pero graciosa bocina junto a la que no faltaba nunca una cerveza. Esa noche venían cargados de la mala sensación de la gala inicial y se despacharon a gusto. De lo que Brad Shepik tocó aquella noche tengo un lejano recuerdo, casi nulo. Recuerdo sin embargo la posición que ocupaban en el escenario, el set de percusión y al percusionista, Seido Salifoski, tocando la derbouka con una mano mientras con la otra le daba tiempo a pegar platos y muchas cosas más de esas que llevan los percusionistas. Qué loco! Impresionante. El chelo de 5 cuerdas de Rufus Cappadocia y sus dedos infinítamente largos, haciendo slap, realizando funciones de bajo, fraseando, soleando… Concierto memorable en una noche que además compartí con algunos amigos que fueron llegando de manera espontánea, sin haberlo planeado previamente. Eso me encanta de las noches de festival, también se improvisa fuera del escenario.

Conseguí el disco y con algunos amigos sacamos temas que versionamos en un proyecto que dio en llamarse Tabu-tabar, que tiempos aquellos… Después a Matt Darriau le perdí la pista, escuchando aquel disco cada cierto tiempo, pero la guitarra de Brad Shepik a ido rondándome y jugando al despiste conmigo hasta que este disco se cruzó en mi vida captando todo mi interés y hasta aquí los preliminares.

El primer tema es el mismo que da nombre al disco, Across the way. Como una declaración de intenciones lo primero que se escucha es la guitarra. Vamos allá chicos, empezamos con algo templadito… esos arpegios sugerentes definiendo una armonía de carácter modal, misteriosa, en un compás casi desconocido en el actual pop, 10/8 (3+3+4). Ahí está Mark Guiliana en la batería tras unas ruedas de guitarra, empujando con el Ride, no hay problema. Es uno de los baterías más inspirados del momento, la nueva hornada de jóvenes músicos de la movida en New York. Para ser tan joven, 22 años, ya ha grabado y girado por todo el mundo con músicos como Avishai Cohen o Dafher Yusseff. Una vez entra el ride no deja de empujarte infatigable hasta el final del tema. Una maravilla como toca, me encanta escuchar a este tío. Diría que no deja de empujarte hasta el final del disco.

Una vez presentado el clima arranca la melodía, el tema… y cuando termina la presentación del mismo ocurre algo bueno. El contrabajista Jorge Roeder, que se ha presentado discreto al inicio se descubre ahora como un solista brillante. Suyo es el primer solo del disco y rápidamente da muestras de tener un concepto del tempo hermoso, y es además melódicamente sorprendente teniendo en cuenta el instrumento. Se pueden cantar todos sus solos, que son numerosos por cierto. Me recuerda al mejor Javier Colina. Más adelante en el disco se hace evidente que esa cualidad viene porque su conocimiento de la música latina es más profundo de lo que se puede aprender en una escuela. Queda todo explicado cuando te enteras de que este jovencísimo músico, 22 años también, es de origen peruano. Escuchen sino el solo en el tema Germán Taco.

La sofisticación, el punto de contraste sonoro y armónico lo ofrece el vibrafonista Tom Beckham, además de ejercer de contrapeso a la juventud y desbordante energía de la base rítmica. Su fraseo y su concepto sutil de la armonía es el más abierto del grupo, contrastando con el lenguaje mucho más directo en general de Brad Shepik. Además es el encargado de colorear y de abrir los acordes, de generar espacios. Lo cual, añadido a lo especial que puede resultar el sonido de un instrumento como el vibráfono termina por darle una particular identidad al disco.

No podemos obviar el trabajo de composición de Brad Shepik. Me encanta que sea atrevido pero a la vez no tenga complejos estéticos. Es moderno, contemporáneo sin ser críptico, sin necesidad de sentirse extravagante. Conversando en Barcelona hace unos días con mi amigo Dusan Jevtovic, este me decía que ahora ya todo el mundo tiene buenos temas. No sé yo si todo el mundo, pero tal vez si se le esté prestando más atención a ese aspecto. Bienvenido sea. Se agradece que en un disco de jazz haya buenas ideas compositivas, temas reconocibles, arreglos meditados y que por momentos te encuentres silbando alguna de las muchas melodías.

Una experiencia recomendable que dejo descubráis a partir de aquí vosotros mismos.

Hace mucho calor así que yo lo que me voy a tomar mientras me preparo para disfrutar de la escucha es una cerveza bien fría. Una Coronita con su rodaja de limón se me hace muy apetecible. Buen viaje!

Tin hat trio – Helium

septiembre 9, 2010

Sigo escuchando música, sigo por ahí. Ahora aquí, de vuelta en el blog. Errático en la manera de acercarme a la música, desordenado, con tendencia al tedio, en una búsqueda enferma y constante… adicto al random del spotify. Y en esta huida constante haca ninguna parte ya hace unas semanas se me presentaba algún tema de este disco (y es que el random-radio del spotify no lo es tanto, para qué engañarse), al que empecé por prestarle un poco de atención. A los días sonó otro tema que por fin terminó en alguno de mis muchos playlist (nunca suficientes) en los que ordeno la música, y ya por último comencé a escuchar el disco entero. Y es en este punto donde trato de unir ese mundo abstracto de sonidos y sensaciones en el que vivo con algunas palabras para satisfacer esa necesidad tan humana que es la de comunicarse. Vamos allá!

Al igual que el disco de Tim Posgate posteado hace ya algún un tiempo en esta página, aunque en cuanto a entradas en el blog sea una de las últimas, es un disco difícil de catalogar. Tal vez por eso me ha atrapado. Por el descaro, por la crudeza del sonido, de una naturalidad refrescante, al igual que la originaldad de la instrumentación.

La amplitud de referencias musicales reinterpretadas sin ningún tipo de titubeo ni rubor por los componentes de este singular trío, la versatilidad y contundencia del lenguaje musical, donde se mezclan el blues, la música “clásica” contemporánea, el lenguaje cinematográfico, jazz, algunos piensan también en “tango“, según he leído por ahí (más pensando en el sonido del violín que en la música, aunque no dudo de que pasen por Argentina en algún momento) y un largo etc. de influencias que no podría enumerar ahora.

Si que existe una referencia que me resulta imprescindible nombrar y es fundamental para entender muchas de las cosas que están sucediendo en el que es para mi el más interesante panorama avant-garde actual. Podríamos decir que el espíritu de Tom Waits, su sonido o estética, está siendo un gran nexo, un lugar común para muchos proyectos actuales de muy diversa índole, ofreciendo una dirección a veces, otras un punto de partida.

No me cabe duda que mi amigo Asier Suberbiola y Aupa Quartet, formación en la que toca junto a otros buenos amigos del aquí escribiente y que recomiendo ver en directo fervientemente, encontrarán buena inspiración en este album. Al menos mi deseo es que lo disfruten como cualquier otro viajero de la red que pare por aquí.

Hoy no me enrollo más. Ya sé que no doy mucha información sobre este audaz trío, pero me sirve para anunciar el fin de una ausencia durante la cual este servidor se mudó de valle. Buscadme por Navarra, acaso por Gipuzkoa me encontraréis a veces, y si consigo unir algunas palabras más también por este blog me asomaré de vez en cuando.

Salud!

link: Tin Hat Trio – Helium

Ralph Towner – Time line

febrero 23, 2010

Link: Ralph Towner – Time Line

Hoy vendo paz y armonía, arte y maneras, técnica y poesía, trabajo y amor, pasión por un instrumento, delicias de sonido. Solo una guitarra otra vez, solo un hombre con su instrumento, Ralph Towner. Y digo otra vez porque este blog comenzaba su andadura con un post sobre un disco de similar concepto, One quiet night, de Pat Metheny.

Nunca entraré en diatribas sobre si el instrumento más completo es tal o pascual, el que mas bonito suena… Cuántas veces me han preguntado en mi vida por el instrumento más difícil de tocar o cosas así (si me dieran un euro por cada vez). A las personas les gusta esa épica, en fin. Incluso a algunos músicos aburridos les gusta este tipo de discusiones. ¡Qué se yo, quién sabe! El caso es que la guitarra es, sin duda, un gran instrumento, y tocado con arte por un gran maestro puede dar luz a un disco hermoso y generar una música que incite a soñar, que sugiera e inspire el uso de otros sentidos que no el oído simplemente. Si cierras los ojos, evoca olores, imágenes y sensaciones abstractas que no aparecen en lo cotidiano, quizás por no disponer del tiempo necesario, ni de la calma mental, de la paz. Tal vez sea esa la “línea de tiempo” que nos lanza Ralph Towner, vía ECM (donde lleva instalado no pocos años), para gozar de la música y de unas composiciones de carácter intimista, de unas armonías un tanto impresionistas y de su ritmo particular y ambiguo, travieso, que suscita un mundo mágico en el que las palabras (esas que pululan en tu mente, pues no las hay en el disco, si acaso alguna respiración del propio Towner  que se escucha prestando mucha atención) se funden con el paisaje hasta desaparecer, hasta hacerse innecesarias, para no interponerse entre el oyente y un mundo de “innombrables” sensaciones.

“The pendant”, tema que abre el disco, es modulante, pendular, desafiando la gravedad, perdiéndose en la niebla para aparecer, tomar cuerpo y volver a desdibujarse. “Oleander Etude”, mucho más terrenal, más enérgica, el juego y deseo mas adolescente, casi infantil, o todo o nada, se dibuja en mi cabeza como una escena de recreo en un patio de colegio con las paredes de hormigón, una canasta y unas porterías (que le voy a hacer si se me dispara la imaginación). “Always by your side”, donde el amor pierde la temporalidad para convertirse en algo etéreo que perdura y se queda suspendido como un pensamiento, donde una mirada se congela como una foto y después entra por la ventana en forma de sonido, café con leche y la cama sin hacer. “The hollows”, donde alguien se pasa las manos por la cabeza y se la sacude como si quisiera sacarse alguna idea obsesiva que le pica en la mente, como si tuviera un bicho enmarañado en el pelo. Parece por un momento que se haya ido, pero lo que sea que está molestándote vuelve una y otra vez. No importa lo que intentes, no puedes dejar de pensar en ello. Puedo ver al bailarín sentado en una silla e imaginar sus movimientos.

La calma regresa con “Anniversary song”, una celebración sin fiesta ni grandes gestos, una terraza y una botella de vino al anochecer en una plaza bonita del mediterráneo francés, mesa con mantel a cuadros, un cigarro en un cenicero  y la mer de fondo… El sol sale en “If”, donde niños juegan con otros niños en un parque verde, mientras sus padres, sentados en un banco de madera junto a otros padres, sonríen las gracias de los pequeños  y a ratos se preguntan para qué sirve la vida, desando tal vez, que todo desemboque en una barbacoa con amigos que no es seguro que tengan. Pero quien sabe, si hay deseo puede haber aun esperanza, y además, ha salido el sol en invierno (invento e imagino).

“Five Glimpses”, obra en cinco movimientos o bien como dice el propio título, cinco ojeadas, cinco miradas rápidas de las cuales, la más duradera alcanza justo el minuto. Más bien cinco inspiraciones que pasan en un suspiro. “The lizards of Eraclea” describe el movimiento ágil en los juegos y cacerías de los lagartos de Eraclea, de colores vivos  y hermosos, de nuevo con el Mediterráneo como fondo, siendo esta vez sugerido el marco no únicamente por mi imaginación sino por el propio título. En “Turning of the leaves” parece que estemos en otoño, esa gran estación creativa y metafórica, con el viento agitando las ramas y todo un manto de hojas sobre las que pasea un anciano con las solapas del gabán bien ceñidas al cuello. Un cielo gris metálico da contorno a los fantasmagóricos árboles desnudos, mientras las hojas bailan en remolinos dando forma al movimento del aire, como el traje de un hombre invisible.

Aparece a continuación una deliciosa versión del clásico jazz standard “Come rain or come shine”, mil veces interpretado y grabado, composición de Harold Arlen con letra del grandísimo Johnny Mercer, para el musical “St. Louis woman” de 1946, cuya letra dice así:

“I’m gonna love you, like nobody’s loved you

Come rain or come shine

High as a mountain, deep as a river

Come rain or come shine

I guess when you met me

It was just one of those things

But don’t you ever bet me

‘Cause I’m gonna be true if you let me

You’re gonna love me, like nobody’s loved me

Come rain or come shine

We’ll be happy together, unhappy together

Now won’t that be just fine

The days may be cloudy or sunny

We’re in or out of the money

But I’m with you always

I’m with you rain or shine”

Y ahora, enfilando el final del disco, aparecen las cuerdas de metal, las de una guitarra de 12 cuerdas, de la que sin duda Ralph Towner es uno de los maestros más importantes. El tema “Freeze frame”, trata de descongelar una imagen donde el frío es sugerido a través del contraste entre la acústica de sonido metálico con la calidez de las cuerdas de nylon usadas hasta ahora en los temas anteriores. Y otro tema clásico, “My man’s go now” escrito para la opereta Porgy and Bess en 1935 por George Gershwin cierra este disco al que ya le he puesto demasiadas palabras, más de las que seguro nadie necesita para interpretarlo libremente y disfrutarlo a su manera.

Y hasta aquí lo que vendría a ser la recomendación musical de hoy, que pueden acompañar con una copa de buen vino tinto, ligero y aromático, de los que entran bien como aperitivo.

Aténtamente se despide hasta pronto, siempre suyo:

Alibadal

bill frisell - buster keaton

bill frisell - buster keaton

Me había propuesto ir alternando las entradas de discos novedosos para mi, con viejas glorias de mi discoteca particular… pero he de sucumbir ante las pruebas, esas que me delatan como nostálgico en estos últimos tiempos. Ya cambiará la suerte, pues hasta ahora siempre ha terminado haciéndolo, en ese movimiento pendular que siempre traté de frenar buscando el centro como mi admirado Franco Battiato. Cambiará, no sé si ocurrirá mañana, pero…

… se lo debía a Bill Frisell, pues siempre estuvo ahí, abriendo caminos, pilotando con su humor particular, con su enorme sonido. Siempre estuvo explorando conceptos musicales sin dejar de generar belleza (excepto cuando se junta con John Zorn, dudo que a veces quieran producir algo bello), crear situaciones a base de silencios y contrastar la paz con el caos. Sus acordes imposibles, tanto como sus ligados, con su “menos es más” llevado al extremo y su pedal de volumen, siempre fueron un rompecabezas sin resolver, y cuando parece que lo pillo gira en otra dirección, sorprendiéndome. Su voz con la guitarra, inconfundible.

En el caso que nos ocupa, casi se dibujan las escenas con solo escuchar la música, pero si has visto las películas de Buster Keaton… ¡claro, ya lo tienes! Yo hice una colección de vídeos de las de entrega semanal en tu kiosko de muchos de sus films. A lo largo de mi vida lo he intentado alguna que otra vez, lo de hacer una colección, con bastante poca continuidad por cierto, pero con la de Buster Keaton aguanté casi hasta el final. En VHS, imagínense! Hoy, en la era de la tecnología aun he tenido problemas para intentar cuadrar la música de Frisell con las escenas de las películas (ahora ya en formato digital), con esa cara de tonto que se te queda, intuyendo que en otro momento o alguien más inspirado lograría cuadrarlas “al toque”. Reconozco que fui impulsado por los discos de Bill Frisell, encontrados casualmente en una de las tiendas que frecuentaba entonces, a investigar en la filmografía de este genial actor tragicómico y acróbata. Lo que si recordaba que mi padre le solía llamar “Pamplinas”,  y también algún que otro momento televisivo, algún flash en la carátula de algún programa sobre cine, pero poco más sabía yo hasta entonces de Buster Keaton.

El caso es que la música original de las cintas de Keaton, un señor tocando un piano por lo general, me fascinó en su momento. Ingeniosa, inspirada, matizando las escenas más que los gags, hermosa. La revisión que hace Frisell en verdad se aguanta por si sola como una obra musical independiente al film, interesante… pero sobre las imágenes se termina de completar, se cierra el círculo. De justicia es reconocer  que yo lo he hecho hace bien poco, superponer música e imágen, a pesar de haber escuchado muchas veces los discos, y tan contento que estaba. Que me aspen si el trío formado por Bill Frisell a la guitarra, Kermit Driscoll al bajo (un auténtico mago de las notas graves con aspecto de leñador entrañable) y Joey Baron (uno de mis baterías fetiche, muy original, con un groove del carajo y un caminar peculiar) no tiene una química como pocas veces se ha dado. Química necesaria para transitar esos lugares tan abstractos y complejos saliendo bien parados de todos los lances.

Añadir que el otro disco está inspirado en las imágenes de otra gran película de Buster Keaton, “Go west”. Así que tanto si escuchan la música como si se animan a ver las pelis, cualquiera que sea la modiladad que elijan, yo me sentiré un poco feliz desde el silencio de mi guarida, la cual ya estoy acomodando para el recién entrado otoño, o tal vez para cuando esta nostalgia pegajosa y “blues” se me despegue.

Link a Spotify: Bill Frisell – Music For The Films Of Buster Keaton: The High Sign/One Week

Así que saludando a Martí Duch de montaña a montaña, desde la mía voy a otear el horizonte en busca de alguna señal del productor del disco, “Lee Townsend”, a ver que averiguo de él. Ya os contaré.

Laister arte! (hasta pronto!)

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Voy repasando en este blog algunos discos que me encuentro por el camino, y otros con los que me topé en los albores de mi despertar melómano. Este pertenece al grupo de aquellos primeros discos, hace casi 20 años de eso. Tuve un gran maestro para escuchar música, Alberto Lizarralde, que también era mi profesor de guitarra en Jazzle, una academia de música moderna en San Sebastián. Reconozco que con la guitarra se lo hice pasar mal, no estaba yo muy convencido de llegar a tocar como Bill Frisell o Pat Metherny, mas bien era bastante frustrante, claro que en quien había uno de fijarse, en fin. Sin embargo creo que la experiencia de aquellos cafés tras las clases, esos 10 o 20 minutos de charla en la antesala de las aulas, con los catálogos discográficos y revistas especializadas de jazz, y aquellas “perricas” sisadas a mi madre para discos cada mes, supusieron hasta que tuve mis primeros trabajos como profesor el comienzo de mi colección musical. Bien merecía aquel café y lo aprendido fuera del aula, lo que costaban aquellas dichosas clases, al menos para mi (a mi madre no sé, aún se estará arrepintiendo). Y es que estudiar Jazz en el San Sebastián de aquellos tiempos era algo realmente singular, por decirlo de alguna manera, y aun, pues seguro que tiempo atrás resultó más singular si cabe.

El caso es que Alberto, uno de los melómanos más impresionantes que yo haya conocido, bien por lo exquisito, sibarita e informado, me instó a sumergirme en el mundo ECM (y en otros universos), y este es uno de los discos que me compré bajo su influencia. Escuchándolo estos días, con la oreja y el sentido que te dan 20 años de cosicas vividas, de discos escuchados, sigo teniendo la misma sensación que tuve la primera vez que lo escuché.

Comentábamos por entonces sobre la doble personalidad de Egberto Gismonti, Jekyll al piano y Mr. Hyde en la guitarra. En toda su música emerge una fuerza que emana directamente de sus raíces, del folclore de ese Brasil inmenso. Sin embargo, cuando está al piano, su conocimiento y la influencia de compositores europeos, desde Satie hasta Debussy o Ravel, y es que este singular músico tuvo la posibilidad de formarse en París con algunos profesores vanguardistas, herederos de Schoenberg y Webern, y a menudo su música alcanza cotas melódicas y armónicas de una luz y una belleza espectaculares, mientras que a la guitarra se oscurece y desarrolla una música de mayor intensidad rítmica, y armónicamente mas abstracta y arriesgada. Lo cual no quita para que sea una fiera al piano, desarrollando a veces juegos rítmicos casi imposibles. Es capaz de generar una atmósfera delicada, frágil, donde parece que todo está a punto de romperse, y pasar a convertirse después en un ser salvaje que cabalga a lomos de un pura sangre sin domar, y entonces su música se impulsa violentamente. Puede ser reflexivo, amable, obsesivo… y todo cambio de estado entre piezas o dentro de una misma pieza se da con naturalidad, en una suerte de anillo de Moebius sonoro y emocional.

Al contrario que otros discos amados, que parecen mutar cada vez que los escuchas, la fuerza de las composiciones y la energía interpretativa hacen que este disco sea ese disco siempre, que la música sea esa música, y que cada momento sea ese momento. Creo que estamos ante una obra completa, una maravilla de trabajo, un disco precioso.

Que lo disfruten con mis mejores deseos.

Link a spotify: http://open.spotify.com/album/2jQY3BHAiGV3nV7XD81CEB

Vladimir_Ashkenazy

“El hombre debe saber sus limitaciones” (parafreaseando a Clint Eastwood en Harry el fuerte). Yo tengo las mías. Por más que quiera llego hasta donde llego, y claro ejemplo es el tiempo que ha pasado desde la última vez que publiqué en este blog. Si bien ya había hablado de Vladimir Ashkenazy anteriormente, no podía pasar más tiempo sin dedicarle un post entero. ¡Y ahí voy! (Je, je… ahora me he acordado de Alberto Contador y su ya famoso disparo. Creo que en más de una ocasión mentalmente se lo ha dedicado a Lance Armstrong y perdón por el desvío).

Todo comenzó con el Vals nº 10, Op.69 nº2 en B minor de Frederic Chopin, y una discusión doméstica sobre los rit. (ritardando, que en música significa una ralentización del tiempo, a la que podrá seguir una indicación para retomar la veloccidad original, a tempo), y la interpretación amanerada* en la que pianistas del mundo entero caen una y otra vez (así le decían en el ambiente académico, amanerado, sobre todo los iluminados del piano, término que jamás escuché en clases de guitarra o a un violinista), con una incidencia mayor en este autor romántico. Ellas soñando con la llegada del príncipe azul y ese ideal de amor, ellos queriendo decir al mundo lo sensibles y buenas personas que son, mientras esperan también al susodicho príncipe. El resultado musical, aparte de desolador, es que los gestos de la mano se exageran, fingiendo un mayor sentimiento del que existe en verdad, mientras los movimientos de tempo ya no son musicales, acaso orgásmicos o cósmicos… Un auténtico río de flujos incontrolados, de película romántica que termina mejor que bien con beso de enamorados, ríos de lagrimas de emoción, paquete de clinex y kilotoneladas de azucar… basta ya!!! Vale, no podré ocultar que soy una persona de extremos, pero esa sensación… esa sensación ambiental se pegó a mí, a modo de repelús y rechazo, quedándoseme grabada por mucho tiempo.

Era yo un apuesto y gallardo estudiante adolescente en una academia de música donostiarra, experimentando un apasionado deseo de comprender lo profundo del acto musical. Tan apasionado como inconsciente, radical y molesto, mientras en todas las aulas a la vez, se escuchaba sin parar como alumnas (eran sobre todo ellas las que ocupaban las j-aulas de piano y que me perdone “La Chacón”, aunque ellos lo retorcieran estupéndamente bien) daban rienda suelta a su espíritu mas ñoño y repipi. Contra lo ñoño y repipi en la vida, no tengo aparentemente nada si me miro para dentro, ¡¡¡pero no me toques esa tecla, leche!!!!!!

Así que termine mis estudios y el tiempo fue pasando, y no escuché a Chopin mas que en la banda sonora de alguna película o serie, o en algún que otro fortuito y casual encuentro, hasa el día del vals. En aquel momento comenzó una discusión donde yo criticaba esa manera exagerada de rubatear el tiempo, y se argumentó que como podía yo saber si estaba bien o no una determinada manera de interpretar la pieza en cuestión, sin haber estudiado la carrera de piano, y que terminó con un servidor descargando todas las versiones que en el momento se podían conseguir en el emule (como lo añoro, ahora que me pasé a Mac hace algún tiempo), 13 o 14 intérpretes diferentes que habitan aún en mi iTunes por si alguien quiere compararlas algún día.

Una vez metido en la faena de descubrir cual de las visiones del tema se ajustaba más a la que yo consideraba una manera menos aparatosa de interpretación, pues el término amanerado nunca me convenció, aparece la grabación de este pianista de origen ruso, un auténtico desconocido para un cuasi profano como yo, y se produce el milagro de la música. La mejor descripción de un hecho abstracto que puedo hacer es que mientras le escuchas tocar, nunca le oyes pensar, y esto ya es un regalo mágico, al menos para mí. Entra y sale de todos los lances con naturalidad, sin aspamientos, casi se diría que roza la austeridad, pero sin embargo la fluidez es contagiosa, magnética, y la pieza sale absolutamente restaurada en su dignidad y realzada su belleza. Ashkenazy desaparece para dejar paso a la voz de la obra, la propia partitura es la que habla mientras él se coloca como un conductor de música dentro de un circuito de factores, lo cual no le quita ningún mérito, sino que le añade grandeza a este peculiar y carismático pianista, aclamado director y sobre todo, un músico genial. Absolutamente delicioso. Sin contar con que de la mayoría de las versiones que escuché ninguna parecía un vals, tal vez por miedo de los intérpretes a parecer simples, evidentes o no lo suficientemente refinados, y quizás por esto que trataban de ocultar esa sensación rítmica de “pun-chan-chan, pun-chan-chan”, la de Vladimir resaltaba sobre todas ellas como un faro en la noche. Con buen criterio a mi parecer y confiando en sus posibilidades musicales, el ruso se lanza a jugar relajadamente con la melodía mientras la mano izquierda no deja de marcar el pulso claro y bailable de una pieza que lleva la palabra vals enraizada en su propio nombre, y estira el tiempo con una gracia y naturalidad que bien podría haber escuchado en músicos tan dispares y alejados del estilo que nos ocupa como Pat Metheny o Miles Davis, dos grandes cronopios con una particular gracia de bailar las notas adelante y atrás, retorcer el tiempo a antojo.

chopin piano works

Pues cual es mi sorpresa cuando descubro que esta no es una pieza de Chopin que Ashkenazy toco y grabó así, como caprichosamente, nada mas lejos de la realidad. Tiene grabadas prácticamente todas las piezas de  Chopin para piano, compiladas en una caja conformada por 13 Discos, donde da buena cuenta de preludios, baladas, scherzos, nocturnos, estudios, polenesas, valses, mazurkas, sonatas, variaciones y demás. Vamos, todo un regalo. A mi me ha servido de reconciliación con el mundo romántico, de redención y perdón con mi pasado académico y rebelde, y sobre todo de extemo gozo al tener 14 horas ininterrumpidas de música interpretada con genio, sabiduría, generosidad y mucho, mucho arte.

Termino con una pequeña victoria moral, permitid y perdonad que saque leoncio su ego a pasear un rato. Esta mañana estaba enfrascado en la escucha de estos discos cuando una compañera de piso, pianista (algo muy habitual, músicos por casa) ha reconocido uno de los estudios que había tocado ella durante la carrera, y como seducida por un “flautista de Hamelin” ha asomado la nariz por mi habitación, preguntando: “¿Qué escuchas? ¿Eso es Chopin, verdad?” Hemos comenzado a hablar y cual es mi sorpresa que la mítica Cristina Navajas (para los estudiantes donostiarras), catedrática de piano en el conservatorio de San Sebastián recomendaba a sus alumnos escuchar el Chopin de Vladimir Ashkenazy y no otro, y entre tanta batalla y tanta búsqueda, uno se siente acompañado por un instante y recompensado en su empeño o maldición de dibujar un camino en solitario hacia el criterio propio, sin la ayuda de la discusión, la aserción o la más pura y estimulante bronca y/o rivalidad… por esto les recomiendo que debatan, hablen, discutan y no se lo guarden para ustedes, pues todos ganamos al compartir las ideas, y no siempre las más interesantes son las que oímos de manera más habitual. Preguntar, escuchar… interesarse…

De momento espero que todo hasta aquí le sirva a alguien para pasearse de nuevo por la obra de Chopin, y por la música de Ashkenazy. Bye!!

El link spotify para el vals: Vladimir Ashkenazy [Piano] – Waltz No.10 in B minor, Op.69 No.2

Trago recomendado: una copa de “Armagnac” acunada con mimo.

*de las dos acepciones de la palabra, los profesores usaban una, pero en este texto caben y conviven perfectamente ambas.

enlace a Grooveshark: You never know – Peter Erskine

Para los que vivimos los 80 o emergimos musicalmente de ellos, fue complicado encontrar alternativas que encajasen con una sensibilidad más personal, si se quiere diferente de un sentir generacional o popular, populista diría yo. Era aquel un momento musical en que el rock y todas sus variantes junto con el punk arrasaban en todos los pueblos y capitales, y formar parte de una tendencia era casi imprescindible para lograr cierta integración social (rockabillys, moods, heavys, rastas… lo que quisieras). Las modas eran más definidas y fuertes si cabe que hoy, y tenían un componente muy importante de conciencia de clase.

En ese contexto tan agitado y belicoso, el sello discográfico ECM se convirtió para algunos en salvavidas estético, oasis para el oído y brújula que colocaba al norte de Europa en un lugar importante de una nueva corriente, dentro y fuera del jazz. De la mano de Manfred Eicher, fundador, ideólogo y productor de la mayoría de los discos, el sello se dedicó desde 1969 a grabar a artistas que por no ser su propuesta convencional, etiquetable o fácilmente explicable para un sello mas claramente englobado en un género, no encontraban su lugar en ninguna otra discográfica. De ahí que artistas de la talla de Pat Metheny, Keith Jarret, The Art Ensamble of Chicago y muchos otros, que desde dentro del jazz apuntaban a músicas más abiertas y que no tenían el swing en su raíz, terminaran por cruzar el Atlántico y recalaran en Munich para grabar sus discos, donde ECM tiene su cuartel general.

Un buen ejemplo del sonido ECM, es este You never know, firmado por el batería Peter Erskine (aún hoy uno de los baterías en activo más respetados), al que acompañan el bajista Palle Danielsson y el pianista John Taylor, tres de los artistas más importantes y proliferos del sello. No es new age, no es jazz, no es pop… creo que la mejor definición es que es puramente música.

El disco se abre con New old age, una joya de tema, en el que el piano juega con un motivo rítmicamente reiterativo para crear una atmósfera de aire impresionista, en verdad delicada y de gran belleza, donde el contrabajo y la batería han de desarrollar nuevas formas de acompañar para no romper el clima. No es esta la única joya del disco, que pasa por diversas fases musicales, acercándose más al jazz por momentos y alejándose en otros, habitando en un lugar propio y donde se habla con una voz muy particular.

Volveré a hablar sobre ECM, pues no me cabe aquí y ahora todo lo que este pequeño e independiente sello a conseguido, navegando en un terreno casi abandonado, sin singles en cuarenta principales, con una música a veces experimental, otras tremendamente hermosa, dando cabida también a aquella música “clásica” que nadie quería grabar, extendiendo su influencia a Sudamérica y a Norteamérica gracias a dos sub-sellos (Carmo y Watt respectivamente), donde un buen número de artistas tuvieron la posibilidad de realizar trabajos con cierta continuidad, y de crear música que no hubiera podido materializarse de otra manera, quizás.

Solo me queda estar agradecido, porque me ha dado mucho, y me consta que no soy el único. No seremos mayoría, pero no estamos solos.

Trago recomendado: una buena taza de café italiano, mañanero!

El título no podía haber sido más acertado. Un hombre, su guitarra y la noche. Un buen disco se puede escuchar a cualquier hora, pero tal vez si que haya música más apropiada para unos momentos. Para esta en concreto, se precisa de cierta predisposición emocional así como de la suerte de disponer del tiempo necesaro para poder pararse un rato y no hacer otra cosa mientras dura la audición, de manera que si yo tuviera que elegir o recomendar un momento para disfrutar de “One quiet night”ese sería cuando el sol se hubiera escondido, ya de madrugada, aprovechando la quietud de la noche. Música para escuchar en soledad, en esa soledad aceptada que sabe a cigarro y cosas antiguas, cosas como escribir a golpe de pluma y tintero, fumar en pipa o cerrar el ultimo bar abierto de un pequeño pueblo costero un lunes cualquiera. Una invitación a la introspección dejándose mecer con los vaivenes de la guitarra de este genial músico, sin duda uno de los más talentosos de nuestro tiempo.

Así pues, podría decirse que una virtud de escuchar un disco así es la desaceleración a la que obliga si se quiere disfrutar plenamente, alejándonos del ajetreo del día a día, del trayecto al trabajo, de las reuniones, de la frenética actividad social y tantas cosas que muchas veces nos llevan a saltar de un día a otro sin pausa y sin tiempo para escuchar desde el silencio, el cual es el lienzo sobre el que un músico trabaja. La tranquilidad con la que Metheny va construyendo los temas, enlazando los acordes y las melodías, sin prisa, con esa sorprendente habilidad para jugar adelante y atrás con el tempo de cada nota como pocos pueden presumir de haber logrado, tal vez a la altura del mismo Miles Davis en este aspecto, contando cada historia con la parsimonia del que no tiene prisa por terminar ni ha de gritar para que se le escuche, nos invita a un lugar donde ni las normas radiofónicas ni las modas existen, sino el placer de la música por la música.

De los 12 cortes que contiene el disco, nueve son de cosecha propia, todos ellos de aire claramente paisajístico y reflexivo, estilo que el guitarrista ya había experimentado en bandas sonoras como “A map of the world” usando una guitarra con cuerdas de naylon. De esas nueve, solamente “Last train home”, tema que cierra el disco, no está compuesta expresamente para la grabación, habiendo aparecido originalmente en el álbum “Still Life (Talking)” de 1987. Dentro de este marco íntimo, Pat Metheny se regala incluir tres composiciones de su imaginario musical, resultando sorprendente el hecho de que cada una de ellas llega al disco de épocas y contextos artísticos bien distintos, hablándonos a través de las mismas de sus eclécticas influencias musicales. La que menos podría llegar a sorprendernos de las tres es la delicada revisión que hace del tema “My song” de Keith Jarrett, cuyo disco de mismo título (1978) es, por cierto, una referencia obligada del sello alemán ECM, ciertamente recomendable, en la cual el mismo Metheny editó algunos de sus primeros álbumes. Ferry ‘cross The Mersey 1965-, de Gerry & the Pacemakers (los cuales acuñan en su haber la versión de “You’ll never walk alone” que inspiró el conocido himno que comparten las hinchadas del Liverpool FC y del Celtic FC de Glaswow, original de Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II para el musical de Brodway “Carousel”) se aleja sorprendentemente de la atmósfera jovial de pop inglés de la original, consiguiendo integrarla magistralmente dentro del espíritu reflexivo del disco. Por último, Don’t know why, de Jesse Harris & The Ferdinandos, más conocida por ser single del “Come away with me” de Norah Jones y por la que el compositor ganó un Grammy en 2003, en la categoría “canción del año” completaría el tracklist del disco.

Una curiosidad; Metheny usa una guitarra acústica barítono construida por la luthier canadiense Linda Manzer y cuyo sonido, más grave que el de una guitarra normal, es determinante para dar cierta profundidad a las interpretaciones de este disco, proporcionándole un barniz particular.

Bueno, hasta aquí esta primera entrega. Que este pequeño homenaje a Pat Metheny sirva como presentación de este recién estrenado blog. ¿Ya puedo decir que soy un blogger?

¡Gracias por haber leído hasta aquí!

Hasta ahora!!

enlace a spotify: One quiet night

Tracklist

1. One Quiet Night
2. Song For The Boys
3. Don’t Know Why
4. Another Chance
5. And Time Goes On
6. My Song
7. Peace Memory
8. Ferry Cross The Mersey
9. Over On 4th Street
10. I Will Find The Way
11. North To South, East To West
12. Last Train Home

Trago recomendado: nada demasiado fuerte. Una copa de buen vino noble, tinto, un crianza suavecito, bien equilibrado, por ejemplo.