Asociados (II): Dúos

enero 7, 2013

Si, son tiempos de crisis. He evitado usar la palabra en el blog y pasaré por encima de ella rápidamente, pero me sirve para explicar algo que viene sucediendo en el ecosistema de la música desde hace varios años. Ahora todo el mundo se fue al carajo, menos un montón de señores antipáticos y unos pocos a los que les perdonamos que les vaya bien (en España no hay de estos últimos, por más que su exito sea el resultado de un meritorio trabajo), pero los músicos llevan siglos encontrando fórmulas para seguir entreteniendo, sorprendiendo, divirtiéndose y experimentando aun si caen los famosos chuzos de punta… La música no se detiene, los músicos no se detienen, dando hoy una vuelta de tuerca más a la reducción de personal en el escenario, explorando el formato más reducido posible después del Yo, sumándose a la versión musical del llamado “Teatro de bolsillo”, callejeando, sobreviviendo en los más recónditos pasajes de cualquier ciudad del mundo, pasando en la mismo noche de las más glamurosas salas a los más lúgubres tugurios (cuando estos existían!).

Introducción por peteneras y ahora, al lío.

Repasando mentalmente mi archivo discográfico de Jazz, me vienen a la mente algunos trabajos a dúo, obviando a propósito y sin maldad a los vocalistas acompañados de un instrumento armónico. Discos como el de John Coltrane y Duke Ellington, o la pareja Kenny Barron – Stan Getz en el doble People Time, ambos formados por un pianista y un saxofonista, otros como el de Pat Metheny y  Charlie Haden, guitarra y contrabajo, o los del mismo Haden con el mítico pianista Hank Jones (Stel Away, delicioso por cierto, el reciente Come Sunday del 2012 está en mi lista de escuchas pendientes). Podríamos hacer una larga lista, seguro (ya me vienen a la mente otros que se van a quedar fuera, algunos realmente locos, vaya!).

Lo que no es tan común, desde luego, es que uno de los dos componentes del dúo sea un baterista. Recuerdo que Pat Metheny comenzaba una de las últimas giras del Pat Metheny group con una improvisación loca, mano a mano junto al batería Antonio Sanchez, el cual ocupaba una demarcación curiosa en el escenario, junto al guitarrista, en vez de la clásica situación en el fondo del escenario. Pat Metheny buscaba entonces y lo sigue haciendo aun hoy,  el contacto visual directo con el batería, y ubica a este entre él y el bajista, generando esa nueva situación que ha de tener una influencia en el resultado musical, y que a fin de cuentas es lo que se persigue. A eso vamos ahora, ya que esta fórmula se está poniendo de moda por lo que parece. Es un formato fresco que permite una comunicación más directa entre la percusión y la melodía, una corriente mas fluida de energía, más electrizante. El bajista que hacía de intermediario y de mediador es eliminado.

La primera experiencia discográfica que me llama la atención en este sentido es “Friendly Travelers”, de Wolfgang Musthspiel y Brian Blade, en el 2007. Las maquinitas de hacer loops anda por ahí, la influencia de la música electrónica, del hip hop es irremediable, la irrupción de la tecnología en los escenarios para suplir todo lo que se podía grabar en un estudio ha dado la vuelta y se ha convertido en un instrumento de estudio más.

Wolfgang Muthspiel & Brian Blade – Friendly Travelers

Hay un gran trabajo de composición en este disco, el señor Muthspiel es un tipo sesudo aun cuando los temas están firmados entre ambos, virtuoso, con un gusto a veces irregular pero un gran guitarrista en definitiva. Pero lo más interesante en este proyecto, a mi modo de ver, es la cantidad de ideas rítmicas, diálogos que el baterista establece con la guitarra, motivos locos producidos por esa mente diabólicamente juguetona, ese niño travieso con dos palitos y un montón de cosas a las que atizarle a gusto que es Brian Blade, un auténtico maestro de la música.

La verdad, en esto nunca podré ser objetivo ya que la batería siempre has ido mi instrumento favorito cuando hay un tipo con talento en las baquetas, de los que Brian Blade es sin duda uno de mis más admirados, el cual se despacha aquí a gusto para mi gozo. Dicho esto, el resultado es realmente coral, un “neck and neck” en toda regla, generando unos espacios (ese concepto espacial, dimensional de la música me encanta) poco habituales de encontrar en formatos más tradicionales, tríos, cuartetos, etc.. la mayoría!

El otro disco, obviamente, también es un dúo, aunque funcione realmente como un trío. Un disco más pausado en conceptos, pero tremendo cuando pensamos que eso que suena como un bajo y lo otro que suena como una guitarra, pues bien, los toca él. Qué si, que algún listillo pensará -bueno, pero si toca primero una cosa y luego otra… así cualquiera – y no, no, no! Toca todo a la vez, de hecho tanto este como el anterior son discos directos, de mirarse, dale al Rec., de un dos tres y vamos hasta el final, como siempre, de toda la vida, como cuando la tecnología no permitía que se hiciera de otra manera.

Not Getting Behind is the New Getting Ahead

Link spotify / Charlie Hunter -Scott amendola: Not getting behind is the new getting ahead

“Not getting behind is the new getting ahead” es el disco del bajistaguitarrista lotocotodojunto Charlie Hunter y el batería Scott Amendola, en 2012. No escucharéis esos diálogos inteligentes entre ambos instrumentos que se plantean en el disco anterior, la batería es más funcional, más en un estilo rhythm & blues… pero por contra, la propia limitación técnica que supone tener que tocar bajo y guitarra a la vez hace que lo que sucede por encima sea interesantísimo, ver como Hunter va haciendo evolucionar los temas, en los que hay algunas texturas y pasajes realmente hermosos. Su manera de tejer pacientemente ideas musicales a lo que sumamos el sonido de guitarra tremendo que tiene, hacen de este disco uno de los imprescindibles del 2012, en mi lista al menos.

Yo creo que merece la pena escucharlos como siempre hacen mis queridos lectores, con mucho cariño, con tiempo, de forma activa, abiertos a ser transformados cada día por lo poético que sucede alrededor… y cuando lo consigan, me explicarán cómo hacerlo.

Para terminar de argumentar que no son producto de la casualidad los discos que hoy comento, Brad Mehldau y Mark Guiliana llevan un par de años tocando a dúo, teclas y batería, así como el guitarrista Wayne krantz con el propio Guiliana, y otros proyectos que seguro van a ser editados en 2013. Espero seguir aquí para contárselo.

Y a vosotros, visitantes no casuales del blog, esos que no sois japoneses en busca de una portada para el iTunes, por ejemplo, habéis de saber que le estoy cogiendo el gusto a escuchar cosas del año, frescas de temporada, a estar al día y no andar arrebañando en el baúl de las viejas cosas de otras épocas, que no digo que no las siga escuchando pero la producción musical actual me parece fascinante. Se hace muchísima música y de una gran calidad. De todos los estilos y épocas posibles, de músicos formados en escuelas con una visión actual y autodidactas a su vez, relacionados con la música popular así como con la experimentación, la técnica y conocimiento de su instrumento, los músicos de jazz y de clásica empiezan a no sentirse unos frente a otros… el panorama es alentador, hay un gran presente y esperamos grandes cosas para el futuro.

Y como es tarde ya, siempre escribo de noche…

“La botella se acaba antes de la una; / A las dos se cierra el libro; / A las tres los amantes descansan apartados, / cumplidos el amor y su comercio”

Con estos versos de Philip Larkin se despide un servidor hasta la próxima entrega. Si os animáis, en comentarios podrías aportar algunos discos a dúo que os hayan gustado, fomentando el feedback, que es muy triste pensar que las estadísticas del blog reflejan solo a los susodichos japoneses en busca de portadas!

Bye!

ImagenJimmy Weinstein Group – Nostalgia – 1993

Inicio una serie de posts en la que los discos vendrán de dos en dos porque se asocian en mi vida por diferentes razones, unas veces afectivas, otras puramente musicales o bien por una mezcla de ambas. En este caso me ocupo de dos discos que compré a pie de escenario y que me ayudaron a transitar a tiempo real por un momento muy interesante del jazz, o de lo que algunos dieron en llamar “música creativa“. Los he recuperado estos días, el primero de una de esas muchas cajas que se hallan a la espera de que encuentre una ubicación más espaciosa para ser definitivamente desembaladas, el segundo por pura casualidad unos días después, mientras deambulaba por el Spotify en busca de algo que no recuerdo si llegué a encontrar.

A Jimmy Weinstein lo vi en la Galería Altxerri de Donostia, lugar que ha aparecido en entradas anteriores y volverá a aparecer porque en aquellos años 90 era prácticamente la única sala donde pasaba algo interante en este sentido (para ser justos en el Be Bop también, pero menos). Me viene a la memoria el olor del Cantábrico, las noches de un jueves cualquiera de otoño, lluvia, jazz, gigantescas olas en época de mareas vivas. Hermosa sensación recordarlo mientras escucho melodías que conforman el mapa sonoro de mi vida y que probablemente tienen gran influencia en como entiendo la música, como percibo el mundo. Con Jimmy Weinstein descubrí que un batería podía ser líder una formación y no solo eso, sino componer! Yeah! No es que no conociera antes algún disco de Art Blakey y sus “Jazz messengers” por ejemplo, pero a diferencia de este, Weinstein no era Historia de la música. ¡Aquello estaba pasando delante de mis narices!

Este disco me ayudó a comprender una nueva manera de emplear el concepto de “rubato”, algo que se usa, se usó y se usará en música pero que en esta etapa representaba algo más que un recurso, casi una corriente filosófica. La ausencia de un tempo fijo, varios músicos tocando a la vez pendidos del aire, esa sensación etérea que se percibe ya con las cuatro o cinco primeras notas de Happy House de Ornette Coleman, tema de uno de los grandes innovadores en el jazz y un maestro del “stolen time”, con el que se abre el disco. Ahí lo tienes. Jimmy Weinstein es una parte de mi educación musical, gracias ahora por todo.

Por si fuera poco, hay discos que pasan casi desapercibidos con una gran tendencia a ser olvidados, quedarse archivados en algún recóndito armario o disco duro de alguna pequeña discográfica proclive a desaparecer, y entonces chao… pero este disco lo reeditaron en 2007 y creo que es una gran noticia. Desde luego se merece tener ni que sea la posibilidad de permanecer para ser escuchado por alguien más en cualquier momento. Es por eso que hoy está en spotify y así parece tener garantizada su estancia con nosotros.

ImagenChris Cheek – A Girl Named Joe – 1997

El disco de Chris Cheek no representa para mi, sin embargo, algo tan concreto como el anterior, aun pudiéndolos clasificar a ambos dentro de la misma corriente musical, dentro de una misma gama sonora. Sin embargo, si puede aglutinar muchos imputs que a la postre dieron con mis huesos en Barcelona. Era en esa ciudad de la modernidad donde se trataba de hacer el Jazz del momento, antes de que todo dinamitara en un caleidoscopio estético a través del cual cuesta saber exactamente que ocurre porque ocurre de todo. La perspectiva siempre ayuda y por eso escribo ahora sobre el pasado. Entonces Barcelona ejercía de “meting point” entre los músicos de jazz de la península y los del otro lado del charco. No era difícil ver a jazzmen de aquí y allá tocando juntos en la ciudad. Esto también se fue difuminando con el tiempo, yo al menos dejé de estar allí. Ahora tal vez pase también pero no en mi planeta, tal vez un poco lejano, algo escondido… tal vez.

En este caso los pupilos que crecieron al amparo de Paul Motian (otro batería líder de proyecto) en la Electric be bop band comenzaban su andadura en solitario ayudando a generar un nuevo sonido, una nueva forma de interpretar el jazz. El proyecto de Motian supuso para muchos músicos un pequeño empujón, y pasaron por el un buen número de guitarristas y saxofonistas de los que ahora puedes escuchar sus discos en solitario, comandando su propio proyecto. La evolución siempre es constante, nunca se detiene aunque la línea que sigue puede ser realmente intrincada y difícil de seguir a tiempo real.

En cualquier caso ambos trabajos discográficos son los más representativos para mi de ese momento tan particular, de un movimiento concreto dentro del Jazz. Tal vez haya mejores discos, más determinantes para la Historia con mayúsculas, pero estos lo son de la mía.

Me despido por ahora con  una invitación a la escucha activa, pues clara es la intención de divulgar y no sin motivo determinado, ya que realmente pienso en la belleza y en la poesía que hay en la música como mi vía preferida para hacer del mundo un lugar más interesante, vivible y hermoso. Saludos desde mi montaña!

Imagen

enlace a spotify: Mark Guiliana – Across the Way

La primera vez que vi a Brad Shepik en concierto fue en el Heineken Jazzaldia de San Sebastián, a finales del siglo pasado (que cosa da decir esto, no?), en el verano de 1996, tocando con Matt Darriau y su Paradox trío. Por aquel entonces entonces se hacía llamar Brad Schoeppach (entiendo por qué se cambió el apellido, joder) y no me resultaba del todo desconocido aunque ahora recuerde vagamente. Si tenía la sensación de haber escuchado ya a ese guitarrista de aspecto paliducho, muy rubio y con pinta de giri en la Electric Bebop Band del recientemente desaparecido Paul Motian, uno de mis baterías favoritos para siempre (Descanse en paz).

Los vi dos veces en aquellos días. La primera en el salón de plenos del Ayuntamiento, probablemente el primer año que pasaron el día inaugural del festival a los jardines de Alderdi Eder, una idea pensada más para la comodidad de sus señorías, de todas esas personalidades y su séquito, sus reservados y copas de cava que para el desarrollo de un buen concierto de jazz. Ese día no pasó gran cosa con Matt Darriau y su Parodox trío, tocando en un ambiente que no aportaba nada a la música gamberra y picante de raiz balcánica, con una base importante de folklore pero sumamente compleja a la vez. Frío, frío.

Esa noche hubo un montón de conciertos en varios escenarios cuyo hilo conductor fue una vez más el Jazz de New Orleans. Recuerdo con agrado el momento chiles con carne y arroz. También las gafas y la peineta de Martirio acompañada magistralmente por Chano Domínguez….

Les volví a ver en concierto dos días después. Era más de noche, después de la sesión oficial en un ambiente mucho más propicio. La gente, el público se amontonada en el Be-bop alrededor de los músicos, Mat Darriau descamisado tocando el saxo con violencia a la vez que pisaba casi de manera caótica y desenfadada una molesta pero graciosa bocina junto a la que no faltaba nunca una cerveza. Esa noche venían cargados de la mala sensación de la gala inicial y se despacharon a gusto. De lo que Brad Shepik tocó aquella noche tengo un lejano recuerdo, casi nulo. Recuerdo sin embargo la posición que ocupaban en el escenario, el set de percusión y al percusionista, Seido Salifoski, tocando la derbouka con una mano mientras con la otra le daba tiempo a pegar platos y muchas cosas más de esas que llevan los percusionistas. Qué loco! Impresionante. El chelo de 5 cuerdas de Rufus Cappadocia y sus dedos infinítamente largos, haciendo slap, realizando funciones de bajo, fraseando, soleando… Concierto memorable en una noche que además compartí con algunos amigos que fueron llegando de manera espontánea, sin haberlo planeado previamente. Eso me encanta de las noches de festival, también se improvisa fuera del escenario.

Conseguí el disco y con algunos amigos sacamos temas que versionamos en un proyecto que dio en llamarse Tabu-tabar, que tiempos aquellos… Después a Matt Darriau le perdí la pista, escuchando aquel disco cada cierto tiempo, pero la guitarra de Brad Shepik a ido rondándome y jugando al despiste conmigo hasta que este disco se cruzó en mi vida captando todo mi interés y hasta aquí los preliminares.

El primer tema es el mismo que da nombre al disco, Across the way. Como una declaración de intenciones lo primero que se escucha es la guitarra. Vamos allá chicos, empezamos con algo templadito… esos arpegios sugerentes definiendo una armonía de carácter modal, misteriosa, en un compás casi desconocido en el actual pop, 10/8 (3+3+4). Ahí está Mark Guiliana en la batería tras unas ruedas de guitarra, empujando con el Ride, no hay problema. Es uno de los baterías más inspirados del momento, la nueva hornada de jóvenes músicos de la movida en New York. Para ser tan joven, 22 años, ya ha grabado y girado por todo el mundo con músicos como Avishai Cohen o Dafher Yusseff. Una vez entra el ride no deja de empujarte infatigable hasta el final del tema. Una maravilla como toca, me encanta escuchar a este tío. Diría que no deja de empujarte hasta el final del disco.

Una vez presentado el clima arranca la melodía, el tema… y cuando termina la presentación del mismo ocurre algo bueno. El contrabajista Jorge Roeder, que se ha presentado discreto al inicio se descubre ahora como un solista brillante. Suyo es el primer solo del disco y rápidamente da muestras de tener un concepto del tempo hermoso, y es además melódicamente sorprendente teniendo en cuenta el instrumento. Se pueden cantar todos sus solos, que son numerosos por cierto. Me recuerda al mejor Javier Colina. Más adelante en el disco se hace evidente que esa cualidad viene porque su conocimiento de la música latina es más profundo de lo que se puede aprender en una escuela. Queda todo explicado cuando te enteras de que este jovencísimo músico, 22 años también, es de origen peruano. Escuchen sino el solo en el tema Germán Taco.

La sofisticación, el punto de contraste sonoro y armónico lo ofrece el vibrafonista Tom Beckham, además de ejercer de contrapeso a la juventud y desbordante energía de la base rítmica. Su fraseo y su concepto sutil de la armonía es el más abierto del grupo, contrastando con el lenguaje mucho más directo en general de Brad Shepik. Además es el encargado de colorear y de abrir los acordes, de generar espacios. Lo cual, añadido a lo especial que puede resultar el sonido de un instrumento como el vibráfono termina por darle una particular identidad al disco.

No podemos obviar el trabajo de composición de Brad Shepik. Me encanta que sea atrevido pero a la vez no tenga complejos estéticos. Es moderno, contemporáneo sin ser críptico, sin necesidad de sentirse extravagante. Conversando en Barcelona hace unos días con mi amigo Dusan Jevtovic, este me decía que ahora ya todo el mundo tiene buenos temas. No sé yo si todo el mundo, pero tal vez si se le esté prestando más atención a ese aspecto. Bienvenido sea. Se agradece que en un disco de jazz haya buenas ideas compositivas, temas reconocibles, arreglos meditados y que por momentos te encuentres silbando alguna de las muchas melodías.

Una experiencia recomendable que dejo descubráis a partir de aquí vosotros mismos.

Hace mucho calor así que yo lo que me voy a tomar mientras me preparo para disfrutar de la escucha es una cerveza bien fría. Una Coronita con su rodaja de limón se me hace muy apetecible. Buen viaje!

Tin hat trio – Helium

septiembre 9, 2010

Sigo escuchando música, sigo por ahí. Ahora aquí, de vuelta en el blog. Errático en la manera de acercarme a la música, desordenado, con tendencia al tedio, en una búsqueda enferma y constante… adicto al random del spotify. Y en esta huida constante haca ninguna parte ya hace unas semanas se me presentaba algún tema de este disco (y es que el random-radio del spotify no lo es tanto, para qué engañarse), al que empecé por prestarle un poco de atención. A los días sonó otro tema que por fin terminó en alguno de mis muchos playlist (nunca suficientes) en los que ordeno la música, y ya por último comencé a escuchar el disco entero. Y es en este punto donde trato de unir ese mundo abstracto de sonidos y sensaciones en el que vivo con algunas palabras para satisfacer esa necesidad tan humana que es la de comunicarse. Vamos allá!

Al igual que el disco de Tim Posgate posteado hace ya algún un tiempo en esta página, aunque en cuanto a entradas en el blog sea una de las últimas, es un disco difícil de catalogar. Tal vez por eso me ha atrapado. Por el descaro, por la crudeza del sonido, de una naturalidad refrescante, al igual que la originaldad de la instrumentación.

La amplitud de referencias musicales reinterpretadas sin ningún tipo de titubeo ni rubor por los componentes de este singular trío, la versatilidad y contundencia del lenguaje musical, donde se mezclan el blues, la música “clásica” contemporánea, el lenguaje cinematográfico, jazz, algunos piensan también en “tango“, según he leído por ahí (más pensando en el sonido del violín que en la música, aunque no dudo de que pasen por Argentina en algún momento) y un largo etc. de influencias que no podría enumerar ahora.

Si que existe una referencia que me resulta imprescindible nombrar y es fundamental para entender muchas de las cosas que están sucediendo en el que es para mi el más interesante panorama avant-garde actual. Podríamos decir que el espíritu de Tom Waits, su sonido o estética, está siendo un gran nexo, un lugar común para muchos proyectos actuales de muy diversa índole, ofreciendo una dirección a veces, otras un punto de partida.

No me cabe duda que mi amigo Asier Suberbiola y Aupa Quartet, formación en la que toca junto a otros buenos amigos del aquí escribiente y que recomiendo ver en directo fervientemente, encontrarán buena inspiración en este album. Al menos mi deseo es que lo disfruten como cualquier otro viajero de la red que pare por aquí.

Hoy no me enrollo más. Ya sé que no doy mucha información sobre este audaz trío, pero me sirve para anunciar el fin de una ausencia durante la cual este servidor se mudó de valle. Buscadme por Navarra, acaso por Gipuzkoa me encontraréis a veces, y si consigo unir algunas palabras más también por este blog me asomaré de vez en cuando.

Salud!

link: Tin Hat Trio – Helium

Me encandila cuando en un disco se escucha el traqueteo de las llaves de los vientos, de los saxos sobre todo, tan ruidosas ellas. Me emociona encontrarme por sorpresa, casi atropelladamente con algo que me hace frenar en seco, derrapar y girar con cara de “que coño está pasando aquí”, como me ha ocurrido con este disco. ¿Por qué nadie me había hablado de esto!? “¿Y quién lo iba a hacer?” – me pregunto – y no hallo respuesta.

De Frank Zappa a Tom Waits, de AM 4 a Bill Frisell, de Uri Caine a Carla Bley, de Ry Cooder a John Zorn, de Kurt Weill a Django Bates… esos momentos que recuerdan un tanto a Morphine pero pasado de vueltas. Un viaje musical que va de la vanguardia al folk, del kiosko de la plaza el domingo por la mañana en la hora del vermut a un tugurio nocturno de Chicago y de “L’Scala di Milano” a un afterhours holandés de jazz supercool, incluso desde Nueva Orleans hasta el Canadá, esa tierra en la que, por cierto, uno no sabría bien que beber, porque el sirope de arce no es una opción (lo tenía que decir en algún momento, y ya está, me he quedado bien a gusto). Así que cocinando bien al dente todos estos ingredientes (es un decir, ya que seguro que podrían ser otros similares, muchos son los nombres), y digo bien al dente, podríamos obtener algo que se pareciera a “In the future of your dream”. Me estoy dejando ir plácida, despreocupadamente, emocionado por el colocón musical.

Me flipo con la mezcla de música en papel dando marco a la improvisación, como capas superpuestas. Con la mezcla constante de voces, vientos y una guitarra que se diluye a veces, que salta sobre todo lo demás otras, que coquetea traviesa con todos los elementos que se suceden, aparece y calla, según, abriendo espacios a la creación de diferentes climas dentro de un mismo track. La ausencia de percusión se utiliza casi como un arreglo, como algo que produce inquietud, para crear más contraste aún entre las diferentes partes, y sorprender cuando entra en plan pop en el tema Don’t ask me.

Me encanta la sensación -humana por otra parte- de ser el pregonero de tamaño descubrimiento, de anunciar que Tim Posgate ya está aquí (ya estaba, claro, pues este disco sin ir más lejos tiene ahora 6 años) como si nadie lo conociera, deseando que cualquiera me contradiga y me discuta, que venga a visitar al viejo barba-cana para decirle que anda despistado, y así charlar un rato sobre música, en mi caso, deleitarme escuchando hablar sobre ella y como no, sobre el bueno de Tim. De esta manera, arrojar luz sobre quién es este personaje  y de como ha llegado a este nivel de chaladura genial que a su vez me trae loco.

Así que advirtiendo que me he vuelto a salir una vez mas del sendero para adentrarme en el bosque, dejar el camino para descubrir aquel claro al que no hay senda conocida que nos pueda llevar, dejo en manos de cada cual y de su espíritu aventurero el atreverse con esta maravilla de música, fresca, divertida (como decía la canción de Habana Abierta, “la vida es una broma… muy seria”), tragicómica como me gusta, muy intensa.

Servidor se despide hasta la próxima entrega, dejando como no, el recurrido y posiblemente útil link a spotify: Tim Posgate – In The Future Of Your Dream (The Words Of Peter McPhee)

Bye!

bill frisell - buster keaton

bill frisell - buster keaton

Me había propuesto ir alternando las entradas de discos novedosos para mi, con viejas glorias de mi discoteca particular… pero he de sucumbir ante las pruebas, esas que me delatan como nostálgico en estos últimos tiempos. Ya cambiará la suerte, pues hasta ahora siempre ha terminado haciéndolo, en ese movimiento pendular que siempre traté de frenar buscando el centro como mi admirado Franco Battiato. Cambiará, no sé si ocurrirá mañana, pero…

… se lo debía a Bill Frisell, pues siempre estuvo ahí, abriendo caminos, pilotando con su humor particular, con su enorme sonido. Siempre estuvo explorando conceptos musicales sin dejar de generar belleza (excepto cuando se junta con John Zorn, dudo que a veces quieran producir algo bello), crear situaciones a base de silencios y contrastar la paz con el caos. Sus acordes imposibles, tanto como sus ligados, con su “menos es más” llevado al extremo y su pedal de volumen, siempre fueron un rompecabezas sin resolver, y cuando parece que lo pillo gira en otra dirección, sorprendiéndome. Su voz con la guitarra, inconfundible.

En el caso que nos ocupa, casi se dibujan las escenas con solo escuchar la música, pero si has visto las películas de Buster Keaton… ¡claro, ya lo tienes! Yo hice una colección de vídeos de las de entrega semanal en tu kiosko de muchos de sus films. A lo largo de mi vida lo he intentado alguna que otra vez, lo de hacer una colección, con bastante poca continuidad por cierto, pero con la de Buster Keaton aguanté casi hasta el final. En VHS, imagínense! Hoy, en la era de la tecnología aun he tenido problemas para intentar cuadrar la música de Frisell con las escenas de las películas (ahora ya en formato digital), con esa cara de tonto que se te queda, intuyendo que en otro momento o alguien más inspirado lograría cuadrarlas “al toque”. Reconozco que fui impulsado por los discos de Bill Frisell, encontrados casualmente en una de las tiendas que frecuentaba entonces, a investigar en la filmografía de este genial actor tragicómico y acróbata. Lo que si recordaba que mi padre le solía llamar “Pamplinas”,  y también algún que otro momento televisivo, algún flash en la carátula de algún programa sobre cine, pero poco más sabía yo hasta entonces de Buster Keaton.

El caso es que la música original de las cintas de Keaton, un señor tocando un piano por lo general, me fascinó en su momento. Ingeniosa, inspirada, matizando las escenas más que los gags, hermosa. La revisión que hace Frisell en verdad se aguanta por si sola como una obra musical independiente al film, interesante… pero sobre las imágenes se termina de completar, se cierra el círculo. De justicia es reconocer  que yo lo he hecho hace bien poco, superponer música e imágen, a pesar de haber escuchado muchas veces los discos, y tan contento que estaba. Que me aspen si el trío formado por Bill Frisell a la guitarra, Kermit Driscoll al bajo (un auténtico mago de las notas graves con aspecto de leñador entrañable) y Joey Baron (uno de mis baterías fetiche, muy original, con un groove del carajo y un caminar peculiar) no tiene una química como pocas veces se ha dado. Química necesaria para transitar esos lugares tan abstractos y complejos saliendo bien parados de todos los lances.

Añadir que el otro disco está inspirado en las imágenes de otra gran película de Buster Keaton, “Go west”. Así que tanto si escuchan la música como si se animan a ver las pelis, cualquiera que sea la modiladad que elijan, yo me sentiré un poco feliz desde el silencio de mi guarida, la cual ya estoy acomodando para el recién entrado otoño, o tal vez para cuando esta nostalgia pegajosa y “blues” se me despegue.

Link a Spotify: Bill Frisell – Music For The Films Of Buster Keaton: The High Sign/One Week

Así que saludando a Martí Duch de montaña a montaña, desde la mía voy a otear el horizonte en busca de alguna señal del productor del disco, “Lee Townsend”, a ver que averiguo de él. Ya os contaré.

Laister arte! (hasta pronto!)

allen mississippi

Link a Spotify: Allen Toussaint – The Bright Mississippi

Bravo!

Llevo viajando unas semanas con este disco, viajando en el tiempo. Este disco conecta con hombres que nacieron a finales del siglo XIX, o en los comienzos del XX, y nos trae un pedazo de aquel “feel” y un interesante balance temporal. Estos hombres fueron la banda sonora de aquella época, y sus temas se tocaron y se tocan desde entonces por grandes artistas en los que han influido, músicos como Louis Armstrong, Duke ellington, Miles Davis, Jimmy Smith… la lista sería interminable. Esas melodías han transitado a lo largo de casi 100 años, vistiéndose a cada década con la ropa de momento, soportando dignamente el bop, el bebop, cantantes diversos de dispares estilos, interminables improvisaciones o breves versiones vocales, ritmos latinos, boogaloo, etc.

No sé como explicarlo bien, pero Allen Toussaint está en forma ahora mismo, al igual que el productor del disco Joe Henry. Dos artistas inspirados en un gran momento. Pero desde luego, el disco es una sorpresa teniendo en cuenta que el pianista tiene una larga historia como compositor de “Rhythm and Blues” y si hace unos meses escuchaba a Toussaint en su trabajo con Elvis Costello “The river in reverse”, ahora disfruto con esta delicia de disco, en el que todo suena al primer blues, el inicio del Jazz, la plataforma sobre la que se construyó la interesante historia de un siglo de música en un país que nos ha influido a todos, suena realmente evocador. Al igual que el encuentro de Charlie Haden con un entrado en años Hank Jones en “Steal away”, es una alegría ver envejecer tan dignamente, tan inspirados, tan sabios, a músicos de tamaña envergadura cuando entran en esa edad en la que se camina despacio, el la que uno se sienta lentamente y toca sin prisa. Lo mismo me ocurre si escucho a Kenny Barron arrancar con ese fraseo templado, esa pulsación bien conocida, que sabe a auténtico swing. Recuerdo su voz, al principio de un show con esa parsimonia, y aún sin entenderlo puedo visualizar como se le caían las palabras melodiosamente, pensadas, meditadas, sin lucha.

Una de las cosas que aprecio en gran medida (“mayormente”) es la capacidad de vivir ahora sin dejar de estar en ayer, y creo que no solo en la música, en la vida también me ocurre. No hablo de hace una semana, ni de treinta años, hablo de ese otro “Ayer”. Y este disco está tocado con el sabor de antaño, y ahí es ahí donde están los intérpretes mientras que Joe Henry viene a aportar ese “yo que sé” (¿la elección de los músicos?) que hace que el disco esté en el mundo “ahora” (Don Byron y su endemoniado clarinete tienen mucho que decir en dicha conexión), y ese trabajo en equipo genera la magia para que estos temas tocados sin vocación pirotécnica, se conviertan en una obra indudablemente bella. Aquí la música se convierte en un registro ya no solo músical, pues además del triste sentir de eternos adioses, de abandonos amorosos o la alegría de noches de fiesta, nos sugiere “imágenes” de un río, de los vapores, de los campos y ciudades, de gentes sudorosas castigadas por un cielo en llamas y la humedad que atrae a los mosquitos, imágenes de grandes películas, o de otros tantos films…

¡He dicho!

Así que, escuchando desde mi colina el lejano murmullo de las fiestas del “popular” y barcelonés barrio de Gracia, me internaré en mi cueva a intentar descansar lo más fresquito posible… entren sin llamar.

Trago recomendado: un refrescante “Hurricane” al estilo New Orleans, y si se hace demasiado ligero, yo lo dejaría en Ron a secas.

Sidney Bechet (1897, New Orleans, Louisiana)- Egyptian fantasy

Turner Layton (1894, Washington D. C.)- A dear old southland

Anonymus – St. James Infirmary

Con Conrand (1912) – Singin’ the blues

Jelly roll morton (1885) – Winin’ boy blues

Joe king Oliver (1885) – West end blues

Django Reinhardt (1910, Liberchies, Bélgica) – Blue drag

Traditional (s. XIX) – Just a closer walk with thee

Thelonious Monk (1917, Carolina del Norte) – Bright MIssissippi

Duke Ellington (1899, Washington D.C.) y Billy Strayhorn (1915, Dayton, Ohio) – Day dream

Leonard Feather (1914, London) – Long, long journey

Duke Ellington – Solitude

Músicos:

  • Allen Toussaint: piano, voz en “Long, Long Jorney
  • Don Byron: clarinete
  • Nicholas Payton: trompeta
  • Marc Ribot: guitarra acústica (no me lo saco de encima ni con agua hirviendo, la madre que lo parió…!!!)
  • David Piltch: upright bass
  • Jay Bellerose: batería y percusión

Invitados:

  • Brad Mehldau: piano en “Winin’ Boy Blues
  • Joshua Redman: saxo tenor en “Day Dream”

conference birdsHay momentos en los que uno se propone una acción y se lanza decidido a llevarla a cabo, y bueno… a veces está bien darse cuenta de que es lo que se hace, aceptar que el tiempo tiene sus normas. A mi me acaba de pasar. Me he dicho, tengo que escribir dos post seguidos pues llevo mucho tiempo sin actualizar el blog, pasando por alto que si no la había hecho era por algún motivo, teniendo que asumir que se me negaban las palabras asumiendo la momentánea incapacidad para desatorar el canal. Y por ello no ha de ser raro que teniendo esta carátula en borrador desde hace más de un mes, no hubiera conseguido más que un par de líneas escritas, también hace un mes. Las mismas que acabo de borrar y sobre las que estoy escribiendo ahora mismo. Y las he eliminado porque, mas allá de ser algo de lo que yo pudiera sentirme responsable, parecía una de esas reseñas en Amazon, de la discográfica, o en las revistas especializadas para anunciar un disco o vender un crecepelo, con adjetivos manidos, sin pasión… Entonces me he dicho, si realmente me gusta este disco se merece algo mejor. Al menos ser sincero. Así que si me fallan las palabras y hasta nueva orden, simplemente lo colgaré a modo de declaración de intenciones.

Si diré que es una puerta interesante hacia un tipo de música, el free jazz (también conocido como New thing), en la que cada uno se sumerge a pulmón y llega hasta donde llega. Puede resultar molesta y ruidosa, y es que también está pensada para ser molesta y ruidosa, a veces… aunque no es solo eso, claro. Es pues una música que tiene su razón de ser en los años 60 y que poco tiene que ver con lo que ahora se vive en occidente, pues los valores y los motivos sociales que generaron este movimiento musical han desaparecido por el camino, así que quedará relegada a escucharse en esos momentos que escasean cada vez más en nuestro tiempo, este tiempo de impulsos rápidos e instantáneas satisfacciones, y de satisfacción rápida muy poco se va a encontrar aquí. Requiere de una actitud si cabe más abierta, para que el filtro emocional no se cierre rápidamente, y así poder disfrutar de las nuevas emociones que se plantean, pues es su vocación y esencia mover almas y sacudir espíritus, y también la búsqueda de la libertad creativa y en mi opinión la de crear arte, y ambos objetivos están cumplidos en este disco. Así que si alguien (atrevido) se va a animar con él, pues ahí, mas abajo,  le dejo el link al spotify. Y no olvide ponerse el bañador y tomar aire antes. También advertir que algunas melodías aparentemente complejas tienen algo de pegadizo, y una vez se te pega una melodía de este tipo, no hay vuelta atrás. Yo por mi parte, no puedo sino reconocer el freak que llevo dentro.

Creo que, como en el poema de Benedetti;

“…antes de regresar
a mis lobregos cuarteles de invierno

con los ojos bien secos
por si acaso

miro como te vas adentrando en la niebla
y empiezo a recordarte.
*

*Mario Benedetti (vaya, se me ha colado aquí, de repente).

Así me despido, pues!

Dave Holland – Conference of the Birds

Trago recomendado: un preparado de absenta, con el terroncito de azúcar y el agua fresquita.

carla-bley

Jazz en vivo y “gran banda”, aunque estos también podrían ser una buena panda (tiembla Sabina, que voy). Me sirve un paralelismo sobre la idea de Jorge Oteiza con el devenir de los remeros en las traineras, que navegan hacia el futuro mirando hacia atrás, y de esta manera a sus ojos se muestra el camino recorrrido. Así como los remeros, sentaditos por parejas (compartiendo atril), unidos en un mismo objetivo y paleando sincronizádamente, se me antoja la formación de esta trainera cuya patrona, Carla Bley, es la única que mira hacia el horizonte con el timón bien asido, otras veces tras la tapa de un piano de cola.

Por supuesto que la bandera que ondea en esta embarcación es pirata, y el más pirata sin duda es Gary Valente, con su poderosísimo trombón, salpicado del humor y la picaresca que su capitana busca y promueve en el a veces errático y caótico rumbo musical. Ya en el primer tema se le puede escuchar en todo su esplendor, pues es el suyo el segundo solo después de la improvisación del saxo alto de Wolfgang Pusching. En el solo de saxo se escucha más el espíritu de aquel Cannonball Adderley de la época Miles, ese bop más bluesy, mientras el de trombón es más directamente cabaretero, con frases cortas y punzantes y ese sonido roto del que Tom Waits se sentiría orgulloso. Y vaya toda mi admiración hacia el señor Valente del que me declaro fan y rindo desde aquí homenaje gráfico por todos los buenos momentos que me ha hecho pasar, recordando particularmente una actuación de la big band de Carla Bley hace algunos años en el festival de jazz de Vitoria-Gazteiz. No es que valga para mucho la ofrenda, pero le pongo todo mi sentir.

gary_valente

La sensación orquestal es maravillosa. La cantidad de posibilidades y situaciones musicales que se abren al poder mover las voces, contrastar secciones, añadir o suprimir instrumentos, la potencia que alcanza la orquesta cuando de repente suenan todos a una… uff, despeina!! Se pueden desarrollar aspectos más sinfónicos de la música y contrastarlos con otros en los que suena un cuarteto clásico de jazz, o tan solo un saxo tenor y la batería. Podéis escuchar un solo de saxo barítono por Julián Argüelles, el tenor de Andy Sheppard (uno de los pilares de esta “big band” junto con el bajista Steve Swallow, viejo compañero de aventuras musicales de Carla Bley) o algunas trompetas realmente interesantes. Toda una experiencia sonora altamente recomendable para amantes de la música swing, un poco transgresores también… quizás!

En los tiempos que corren, tal y como está el negocio de la música, es tan milagroso como de agradecer poder escuchar a una orquesta numerosa (me explico, cuantos más músicos mas cara y difícil será la contratación y mayor la cantidad de dinero en sueldos, menos porcentaje o menos bolos en definitiva), y si resulta además que no tiene nada que envidiar a las big bands de otra época, cuando se tocaba cada noche y había gran competencia entre ellas… pues que quieren que les diga, pienso que estamos de suerte y a un servidor se le escapa una sonrisilla complaciente.

Carla Bley, cofundadora del sello Watt junto a Steve Swallow y al amparo de ECM, nos brinda una vez más la posibilidad de asomarnos a un mundo donde se dan matices imposibles y de un humor ciertamente singular (la web del sello es un claro ejemplo de ese humor). A continuación les dejo con la lista de intérpretes, la de temas y un link al Spotify donde podrán escuchar este y otros discos de una de las Big Bands más formidables de nuestra época. Yo, entre tanto, voy subiendo a mi montaña desde donde una vez más esperaré ocioso ver aparecer una bandera pirata en el horizonte, hablándole a una vieja botella de ron y haciendo la O con un canuto.

Temas

  • 1. Greasy Gravy
  • 2. Awful Cpoffee
  • 3. Appearing Nightly at the Black Orchid ( I. 40 On/20 Off – II. Second Round – III. What Would You Like to Hear? – IV. – Last Call )
  • 4. Someone to Watch
  • 5. I Hadn’t Anyone Till You


Músicos

  1. Earl Gardner trumpet
  2. Lew Soloff trumpet
  3. Florian Esch trumpet
  4. Giampaolo Casati trumpet?
  5. Beppe Calamosca trombone
  6. Gary Valente trombone
  7. Gigi Grata trombone
  8. Richard Henry trombone
  9. Roger Jannotta soprano and alto saxophones, flue
  10. Wolfgang Puschnig alto saxophone, flute
  11. Andy Sheppard tenor saxophone
  12. Christophe Panzani tenor saxophone
  13. Julian Argüelles baritone saxophone
  14. Carla Bley piano, conductor
  15. Karen Mantler organ
  16. Steve Swallow bass
  17. Billy Drummond drums

El link al Spotify: Carla Bley – Appearing Nightly

hartman

Revelador. Eso fue para mi descubrir a este cantante, revelador. Existe un antes y un después de escuchar a Johnny Hartman, y un montón de preguntas sin respuesta que surgieron al momento. Un ejemplo, una pregunta que no alcanzo a responderme es por qué apodarían a Frank Sinatra “La voz”, cuando no camina ni de cerca con el “swing” y el arte del otro, por no hablar de la cualidad vocal. Si no hubiera oído cantar a Johnny, ay…!  Cuan feliz se es habitando en la ignorancia, sin hacerse preguntas que el mundo ya respondió por uno mismo. Ahora solo me queda el alivio de ponerme sus discos y dejar que esa voz acaricie y estimule mis oidos.

Diría que lo mismo me pasó cuando hace aproximadamente un año, el Sr. Navascues me hizo escuchar al tenor lírico italiano Beniamino Gigli en su casa, y desde aquí le agradezco que me ayudara a reforzar lo que un tiempo antes entendí al  descubrir “I just dropped by to say hello” y otros discos de Johnny Hartman. A ninguno de estos dos cantantes, cada cual en su género, se les puede pillar un deje técnico a la hora de interpretar, apenas un tic. Nunca les escuchas pensar en colocar la voz, en voy a hacer… simplemente te lo cantan, y ahí te quedas con eso. No importa si algo es difícil o sencillo, tan solo sale de su voz eso que podríamos llamar Música (con mayúscula). Todo surge con absoluta naturalidad. Son auténticos cantantes. Es probable que haya más, pero para mi son estos dos en concreto los que me rompieron el coco. Su estilo es la ausencia de estilo, la total sencillez con la que solo unos pocos genios en la historia de la música pueden decir todo con menos. A esto añádanle que ambos tenía una voz tremendamente bella, y el don del matiz, de los colores (y quizás más en esto último el napolitano).

Ahora, si traigo a mi memoria la voz de uno de estos dos, la mayoría de los cantantes me resultan exagerados, histriónicos, histéricos, mientras que cada gorgorito, cada vibrato, me resulta innecesario, artificioso y francamente molesto. Normalmente no escucho a ninguno de estos atorrantes más que en algún bar, desayunando o comiendo mientras una tele sintoniza “40 latinos” por ejemplo. Nunca cuando estoy en mi casa, y por esto siempre suelo andar con unas ganas locas de llegar a mi coche o a mi pequeño estudio, de limpiar mis orejas con un baño de buen jazz, y que me pellizquen, pero también de saber que Johnny Hartman está ahí, que aunque no se le puede ir a ver a un concierto, su voz está ahí, que no fue un sueño. Y volver a tener certeza de que alguien alguna vez cantó así de bonito, así de íntimo, de que alguien alguna vez cantó. Esto me hace sentir bien por un rato. Mientras lo escucho pienso que el loco no soy yo, me acuerdo de Groucho Marx y también me quiero bajar del mundo en la próxima parada. Pero eso si, con un disco de Johnny Hartman.

Así que como en Matrix (“Si tomas la pastilla azul la historia termina. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creer. Si tomas la pastilla roja estarás en el País de las Maravillas y te enseñaré cómo de profunda es la madriguera del conejo”) Mr. Hartman es un poco mi pastilla roja.  Si ahora eres feliz, estás bien como estás y no te duele ni un poquito el alma, quizás mejor no escuches este disco.

Link a Spotify: Johnny Hartman – I Just Dropped by to Say Hello

Trago recomendado: un buen Whisky añejo, 12 años, tal vez un poco ahumado.

PD: a Kepa Junkera si le llegara; la grabación de todos los discos que hizo Johnny Hartman, se hubieran podido pagar con la mitad de la subvención que has recibido, a saber, 702.000 €. Para hacer música solo hay que tener el talento. A ver cuanta música eres capaz de comprar con ese o cualquier dinero. No hay mercados donde se compran dones, tonto. Yo solo estoy loco.

Y no de Johnny Hartman solo, sino todos los que hasta ahora he reseñado en este blog, que obviamente pienso son grandísimos discos, se han grabado con menos dinero en suma. ¡A que me bajo!