bela-bartokVaya par de locos estos violinistas. Que locura maravillosa. Te sacan la sonrisa y te dan ganas de bailar, tocando una obra que tantos otros han desvirtuado haciéndola académica y pomposa. La música se respira y casi diría que a veces se puede hasta rozar… otras veces (la mayoría) te puede hacer correr despavorido, ciertamente. Y en el caso de Béla Bartók, tiene un gran componente popular. Su música está pegada a la tierra, nace de los pies del bailarín y el movimiento es recogido por el músico para que ambos se embarquen en una danza que arrastra por siglos amores, guerras, cosechas, penas y alegrías del subconsciente colectivo de su país, Hungría, y de centro-Europa en general.

Sándor Végh, músico húngaro y Alberto Lysy, argentino, llevan la música de Bartók del gran salón a la taberna, del gran palacio a la plaza del pueblo, y vive Dios que es más el lugar que le corresponde. No pierden ni por un momento la calidad de la interpretación, pero ambos violines se enlazan y juegan el uno con el otro, no como primera y segunda voz, sino como dos actores luchando en escena, zapateando sobre la madera e intercalando frases y risas dramáticamente.

sandor-vegh

El caso es que pienso realmente que el gusto por la música no tiene fronteras estilísticas ni edad, y los músicos de disciplinas tan dispares como un intérprete clásico, un bajista punk o un baterista de jazz están separados o unidos tan solo por su sentido y sentimiento musical, ni más ni menos. Esta teoría se rompe en mil pedazos cuando entran algunos fenómenos sociales, que aquí no voy a comentar.

alberto-lysyMe pasó con un vals de Chopin, el nº. 10 en Si menor, opus 69 – nº. 2 (¡chúpate esa, como mola, eh!? Es más fácil cuando les ponen títulos como “Oda a la alegría”, y cosas así). De verdad, merece la pena escucharlo. Es delicioso. Pero atención, no se puede dejar en manos de cualquiera una partitura. Maria João Pires, por ejemplo, una pianista de renombre internacional, lo destroza. ¿Por qué? -No necesitábamos una versión más, María, pero gracias de todas formas. Gracias porque si no hubiera escuchado la tuya, no me habría dado cuenta de lo enorme que era la interpretación de Vladimir Ashkenazy, y así comprender mejor la belleza.- También en el mismo sentido daré las gracias a Gyorgy Cziffra, por haber aporreado el susodicho vals. Con la dicharachera pareja que forman Végh y Lysy, pasa como con Ashkenazy, aguantan cualquier comparación y muchas gracias. Gracias a ellos por su música, por regalarnos estos dúos llenos de vida. Por dominar todos los registros expresivos y dramáticos de la música. Yo creo que acertaron incluso al reorganizar el material, en vez de tocarlos del 1 al 44 sin más.

Por cierto, como odiaba yo a Freceric Chopin cuando estudiaba de joven en San Sebastián, pues todas las niñas pijas y un montón de chicos repipis no elegían otro autor que no fuera este para pasar sus cursos. Que si el estudio tal de Chopin, que si la sonata cual… bah! Yo defendía a Arnold Schöenberg y sobre todo a Johannes Brahms, aunque no entendiera nada en aquel entonces, pero con una gran afición por molestar al prójimo. Ahora tampoco entiendo mucho, pero tengo un blog y puedo opinar, así que, en fin… no me tomen demasiado en serio. Tan solo son delirios que se le ocurren a uno cuando pasa demasiado tiempo frente a un ordenador. Eso si… viva el Spotify!

Pd: por favor, que alguien haga una sesión de fotos con el tal A. Lysy. Luego, que cuelgue alguna decente en internet, vaya tela!!!

Trago recomendado: un par de chupitos de Palinka húngaro.

cassandra-thunderbird

¡Ahí van los ingredientes para esta receta! Una voz profunda y pastosa, blues eterno y calmo en las cuerdas vocales, una pizca de sentido pop, 100 gr. de electrónica, unas buenas guitarras bien crunchys de sonidos imposibles y un contrabajo gordinflón a la par que travieso. Eso si, se ha de cocinar lentamente, como un guiso de la abuela. Además, sabe mejor si es de ayer.

Sin prisa para que llegue el mañana, tampoco para abandonar el pasado ni urgencia para permanecer en el ahora, algo habitual en el estar de esta gran dama de la música pero…, ¡espera un momento….! ¡Cómo apesta a humo esa voz! ¡A humo y a ron mezclado con perfume de mujer! ¿Cuándo vamos a México? “Smoke and rum is my mission, happiness is all I need right now”.

Espérame, Cassandra. Yo quiero compartir esa misión. ¡Ay…! Sólo dame unos días para sentir un hígado que no quiere ser mío por más tiempo.

Yo estaba feliz con sus discos anteriores y la línea sonora que había ido encontrando esta artista. Aquel sonido tan natural, relajado sobre el que parecía sentirse tan cómoda cantando, como en el disco “Belly of the Sun”, máximo exponente de esto que hablo según mi parecer. En este trabajo el sonido se ha oscurecido un poco más, y hay influencias más “modernas”, así como un nuevo y renovado elenco de músicos, entre los que me gustaría destacar la aparición de un veterano como Jin Keltner en la batería (pueden mirar su curriculum en la wikipedia), a priori extraña elección que el resultado justifica sobradamente. Yo por mi parte, tras la sorpresa inicial y después de haber ido acercándome al disco como un buitre en lento descenso circular, agradezco este giro en su música y el riesgo asumido. Pues incluso siendo el público natural de Cassandra Wilson un oyente ducho en lo musical y de mente abierta, los cambios no siempre sientan demasiado bien a todos. Pero yo me alegro de que se haya mojado, porque un poco de aventura nos pone bien, el cuerpo caliente al sol y el alma traviesa dibujando, que ya es primavera, y la pasión se contagia.

En cualquier caso, lo que hace esta mujer con la voz, además del ángel que en la misma posee (pero de los de Machín) no ha cambiado aparentemente, ya le pongan a cantar muñeiras. Ella va siempre ligando las sílabas, las palabras, las frases, bailándolas suavito, casi susurrando para que nadie se asuste, como sólo ella sabe hacer. El sello inconfundible lo tiene, desde luego.

Así que si por fin hace bueno y Lorenzo nos visita, nos daremos un baño de noche en el playa (aunque no sea en México) antes de regresar a la montaña, con la botella de ron muy perjudicada para entonces y Catalina, cómplice, guardando silencio. Si acaso, escuchando algún tema de este disco precioso.

Link a Spotify: Cassandra Wilson – Thunderbird

Trago recomendado: para no contradecir a la artista, que sea Ron caribeño.

Pd: gracias a los que sigan leyéndome a pesar de mis habituales ausencias. Procuraré ser más prolífero en el futuro.

harvest-moon

¿Por qué “Harvest Moon” y no “Harvest“? Esto es lo que seguro se preguntarían algunos aficionados a la música de este canadiense sexagenario. 20 años de diferencia entre ambos trabajos, nada más y nada menos. Harvest fue grabado en 1972 y Harvest Moon en 1992. Sencillamente yo nací después de que grabara el primero de ambos (no mucho después, por cierto…), mientras que el segundo fue mi primer encuentro serio con la música de Neil Young. Después si que escuché Harvest, pero nunca llegó a calar en mi como lo hizo su hermano pequeño.

Me encantan las canciones, tan sencillas, así como las simples melodías de la armónica o la eléctrica que las completan o complementan, dentro de un ambiente unplugged donde la guitarra acústica de Neil Young es el pilar que sujeta toda la estructura. Es tan evidente la música como inspirada, fluye tan naturalmente, que no has de tomar ningún esfuerzo para escucharla, tan solo pulsar play y dejarte llevar. Pero ahí quizás radica su grandeza. Todo gira en torno al calor de la acústica, que está tañida con auténtico relajo y sabiduría (contrastando con la energía alucinante con la que en su faceta más eléctrica el Sr. Young violenta esa guitarra distorsionada), propio de alguien que nace en un país donde las distancias entre poblaciones son transitadas por interminables carreteras, junto al las cuales sigue hoy aullando el “coyote” de Joni Mitchell.

Le acompañan en esta aventura musical “The stray gators” (Jack Nitzsche – piano, Ben Keith – steel guitar y productor, Tim Drummond – bajo y Kenny Buttrey – baterista) excepto porque el pianista Jack Nitzsche aparece en esta segunda entrega como arreglista en algún tema y es sustituido a las teclas por Spooner Oldham. James Taylor y Linda Ronstadt, ambos participantes de la grabación del 72, completan con sus coros el grupo principal de músicos que participan en esta segunda grabación.

Y ahora voy en diagonal, con permiso.

Hace un tiempo, un amigo muy “moderno”, pero una persona muy querida para mi, me decía en relación al sonido del disco que esta era una música para “volver a casa” (refiriendose al aspecto un tanto country, sin que le faltara cierta razón), y que aun no había tenido tiempo de regresar, expresado con un matiz que denotaba el poco deseo de que el tiempo de volver llegara, o al menos el de mirar atrás. También se destilaba cierta maliciosa ironía. Él es del mismo Lasarte, pueblo en el que ambos nos criamos y del que yo partí hace casi siete años, y esta anecdota sucedía en Barcelona hace aproximadamente  dos o tres, donde ambos coincidimos por un tiempo. El caso es que por el momento yo sigo aquí y él regresó al hogar patrio. Otra pequeña ironía que sirve como cariñosa (y gustosa) revancha. Lo que me lleva a pensar que también esta música sirve para irse, no solo para volver.

Y además, ¿cuánto dura un disco? Dejarse envolver por una atmósfera musical o que esta te inspire, dejar que te pegue un revolcón o te acaricie, que te evoque el pasado o el futuro, o bien represente el momento mismo en el que te encuentras, ya que un disco rara vez dura mas de 50-60 minutos, pues tampoco ha de ser para tanto. O si, o no, o ¡yo que sé!.

Esto mismo lo adornamos con un poco de perejil (en homenaje al más grande, karlos Arguiñano), y deseando que salga el sol en tu montaña, si no mañana pues pronto, hasta ídem me despido.

Link a Spotify: Neil Young – Harvest Moon

hartman

Revelador. Eso fue para mi descubrir a este cantante, revelador. Existe un antes y un después de escuchar a Johnny Hartman, y un montón de preguntas sin respuesta que surgieron al momento. Un ejemplo, una pregunta que no alcanzo a responderme es por qué apodarían a Frank Sinatra “La voz”, cuando no camina ni de cerca con el “swing” y el arte del otro, por no hablar de la cualidad vocal. Si no hubiera oído cantar a Johnny, ay…!  Cuan feliz se es habitando en la ignorancia, sin hacerse preguntas que el mundo ya respondió por uno mismo. Ahora solo me queda el alivio de ponerme sus discos y dejar que esa voz acaricie y estimule mis oidos.

Diría que lo mismo me pasó cuando hace aproximadamente un año, el Sr. Navascues me hizo escuchar al tenor lírico italiano Beniamino Gigli en su casa, y desde aquí le agradezco que me ayudara a reforzar lo que un tiempo antes entendí al  descubrir “I just dropped by to say hello” y otros discos de Johnny Hartman. A ninguno de estos dos cantantes, cada cual en su género, se les puede pillar un deje técnico a la hora de interpretar, apenas un tic. Nunca les escuchas pensar en colocar la voz, en voy a hacer… simplemente te lo cantan, y ahí te quedas con eso. No importa si algo es difícil o sencillo, tan solo sale de su voz eso que podríamos llamar Música (con mayúscula). Todo surge con absoluta naturalidad. Son auténticos cantantes. Es probable que haya más, pero para mi son estos dos en concreto los que me rompieron el coco. Su estilo es la ausencia de estilo, la total sencillez con la que solo unos pocos genios en la historia de la música pueden decir todo con menos. A esto añádanle que ambos tenía una voz tremendamente bella, y el don del matiz, de los colores (y quizás más en esto último el napolitano).

Ahora, si traigo a mi memoria la voz de uno de estos dos, la mayoría de los cantantes me resultan exagerados, histriónicos, histéricos, mientras que cada gorgorito, cada vibrato, me resulta innecesario, artificioso y francamente molesto. Normalmente no escucho a ninguno de estos atorrantes más que en algún bar, desayunando o comiendo mientras una tele sintoniza “40 latinos” por ejemplo. Nunca cuando estoy en mi casa, y por esto siempre suelo andar con unas ganas locas de llegar a mi coche o a mi pequeño estudio, de limpiar mis orejas con un baño de buen jazz, y que me pellizquen, pero también de saber que Johnny Hartman está ahí, que aunque no se le puede ir a ver a un concierto, su voz está ahí, que no fue un sueño. Y volver a tener certeza de que alguien alguna vez cantó así de bonito, así de íntimo, de que alguien alguna vez cantó. Esto me hace sentir bien por un rato. Mientras lo escucho pienso que el loco no soy yo, me acuerdo de Groucho Marx y también me quiero bajar del mundo en la próxima parada. Pero eso si, con un disco de Johnny Hartman.

Así que como en Matrix (“Si tomas la pastilla azul la historia termina. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creer. Si tomas la pastilla roja estarás en el País de las Maravillas y te enseñaré cómo de profunda es la madriguera del conejo”) Mr. Hartman es un poco mi pastilla roja.  Si ahora eres feliz, estás bien como estás y no te duele ni un poquito el alma, quizás mejor no escuches este disco.

Link a Spotify: Johnny Hartman – I Just Dropped by to Say Hello

Trago recomendado: un buen Whisky añejo, 12 años, tal vez un poco ahumado.

PD: a Kepa Junkera si le llegara; la grabación de todos los discos que hizo Johnny Hartman, se hubieran podido pagar con la mitad de la subvención que has recibido, a saber, 702.000 €. Para hacer música solo hay que tener el talento. A ver cuanta música eres capaz de comprar con ese o cualquier dinero. No hay mercados donde se compran dones, tonto. Yo solo estoy loco.

Y no de Johnny Hartman solo, sino todos los que hasta ahora he reseñado en este blog, que obviamente pienso son grandísimos discos, se han grabado con menos dinero en suma. ¡A que me bajo!

Joni Mitchell – Hejira

diciembre 6, 2008

hejira

Yo creo que no se puede soportar tanto arte. Hay discos que uno tiene que dejar de escuchar para pasar a otra cosa en la vida, cantos de sirena que arrastran a los incautos como yo hacia oníricos paraísos donde uno enloquece fantaseando. Este es uno de esos discos para mi. Al igual que este, debe de haber otros tres o cuatro discos con los que me sucede lo mismo, y es que no consigo dejarlos atrás. Hace quince años al menos que vengo escuchando “Hejira”. Es como una vieja carta que te niegas a tirar, pues en su día tuvo alguna importancia, y que encuentras en una caja de tanto en cuando, mientras buscabas un librillo de papel de liar para una emergencia de humo. Y ahí está de nuevo. Hace cuanto que no te paras a leerla, mientras ese trozo de papel sigue existiendo entre tus cosas, olvidado. Lo relees y…

Es la leche, el disco, quiero decir, umnh… Suena el primer tema, y dices… claro, que bueno. Siempre “Hejira”, y siempre abriendo “Coyote“. ¡Temazo! A mi me da la vuelta cada vez que lo escucho. ¡Patas arriba…! Joni Mitchell dispara con la voz y la acústica sin descanso, envolviéndote, engatusándote, llevándote al huerto, vamos, mientras un torrente de notas de bajo, jugando, caminando, retorciéndose gracilmente interpretadas por un ávido e inspirado Jaco Pastorius que en esa época, joven y valiente (nunca será viejo ya), sabiéndose talentoso, gustándose y relamiéndose, nos regala su caminar tan particular y algunos recursos de inconfundible marca. Maravilloso. Además, el tema lleva una sútil percusión, lo cual le deja espacio al bajo para moverse cómodamente. ¿No todo el monte es orégano? Tal vez aquí si lo fue para el Sr. Jaco, que tocó en otros tres temas más en el disco, a saber: “Refuge of the Roads“, “Black Crow” y “Hejira“. El resto de los bajos son interpretados por Max Benett y Chuck Domanico, mucho más discretos y funcionales que el otro, aunque no por eso menos efectivos. Quizás es por esto que se equilibra el disco, y no es un disco de Jaco Pastorius con canciones de Joni Mitchell, sino un trabajo de esta carismática y talentosa canadiense con temas realmente inspirados.

Después de “Coyote” viene otro corte, y luego otro mas, hasta completar los nueve que conforman este disco, y así te van llevando en volandas, sin que puedas pausar ni saltar ninguno de ellos. El hecho de que no hay arreglos como en el pop, sinó una intención mucho más abierta en la construcción de ambientes para las canciones, aprovechando para ello que las estructuras no son tan claras debido a la gran extensión del texto en cada tema, así como las particulares y variadas afinaciones que usa la autora en la guitarra, hacen que sin ser jazz (al menos no lo es todo el rato), se destile un concepto jazzistico en la raíz. De ahí el fluir tan especial. Eso y que la buena de Joni Mitchell canta lo que no está escrito, tiene un talento especial para frasear y jugar con el tempo, una afinación y control del instrumento prodigiosos (a pesar de fumar desde muy temprana edad, aviso a navegantes), mover acentuaciones en las frases, cantar jazz como sin querer decirlo pero dar miedo como demuestra en el tema Blue Motel Room y más tarde en el disco Mingus, otro de mis favoritos.

Por otra parte, Larry Carlton nunca hizo nada mejor (lo siento, pero lo creo profundamente) que grabar en este disco. Por suavizarlo un poco, al menos nunca en sus discos propios, ya que acumula una basta lista de grabaciones como sesionista, de las cuales yo no soy conocedor. Quizás es que no se graban muchos discos como “Hejira” en la historia de la música, y este es uno de esos discos que rompen el molde. Sus guitarras se presentan sutiles, coloreando aquí y allá, sin que nada indique que es el quien toca (ups, lo siento de nuevo, pero no me lo podía aguantar), alternándose con Mitchell en el uso de la acústica y la eléctrica. Un profesor hace años me pasó un casette con una vieja grabación de un tema de Larry (hablo de él como si lo conociera, perdón por la licencia) que no estaba nada mal, grabado antes de que este sufriera un accidente, creo que de caza (pero no me hagáis mucho caso) que casi se lo lleva de este mundo, y no ha dejado de dar gracias a “Él” desde entonces, haciendo mucho demasiado pastel merengado. Un tópico.

John Guerin en la batería, Bobbye Hall en las percusiones, Victor Feldman toca el vibrafono en “Amelia“, y la colaboración de Neil Young tocando la armónica en “Furry Sings the Blues” constituyen el elenco de instrumentistas que acompañó a Joni Mitchell en esta aventura que en mi opinión es un hito en la historia de los discos y de la música, “Hejira”.

La colaboración con Pastorius llevó a Mitchell a conocer al guitarrista Pat Metheny, que ya colaboraba entonces con el pianista Lile Mays, y junto a Michael Brecker al saxo tenor y Don Alias en las percusiones defenderían estos y otros temas en una gira que culminó con la grabación de un directo mítico, “Shadows and lights“. Pero esto ya es otra historia, no? ¡Pues ala, a jugar a pala!

Siempre vuestro, siempre subjetivo, un servidor y su montaña!

PD: La única recomendación es que no se tomen en serio probar el sirope de arce, pero un vermú embotellado de la casa Izaguirre puede muy recomendable para esta mañana de domingo

Link a spotify: Joni Mitchell – Hejira

¿Qué es peor que una pesadilla? Algo que parece una pesadilla pero no lo es.

Aparte de vivir en una ciudad grande, que no es lo mismo que una gran ciudad, me va a costar sacar de mi cabeza la imagen de esa chiquita que actuaba el otro día en la gala de los premios ONDA, Katy Perry. Acabo de encontrar su nombre en youtube, ya que merece ser mencionado. Los chicos de la banda, a los que no llamaré músicos, al menos por el espectáculo del otro día, iban disfrazados de rejoneadores o algo parecido, y ella, una guiri con el pelo recogido a lo folklórica, con un traje alquilado de la feria de abril, pero en una tienda de carnavales. Añádanle a la imagen el sonido de una voz desafinada y desagradable, porque se puede desafinar algo con gusto, pero… (suspiro)

No sigo por aquí porque me faltan palabras para expresar el horror que me produjo, pero ver la cara de sorprendidos que gastaban los presentadores de la gala, entre sonrojados y ofendidos, mereció la pena. Solo me imagino algo peor, y es que la voz del Follonero no dejara de sonar dentro de mi cabeza fuera donde fuese y a todas horas. Esta sería mi pesadilla.

Llevo varios días pensando si no me arriesgaba mucho al comentar un disco más complejo estéticamente (pudiendo perder a los dos o tres lectores que debo de tener), pues uno de los objetivos que me surgen naturalmente al escribir en este blog es poner mi granito de arena para difundir música que no tiene una gran repercusión mediática (por ello he tratado de mantenerme dentro de unos límites que yo juzgaba como adecuados para conseguir mi objetivo), y como consecuencia no es de tan fácil acceso para el gran público como el producto Katy Perry, que toca en la mencionada gala. Tampoco es que me importe el gran público. Qué se yo quien coñ* es y donde c*ño está. Sólo sé que por momentos este disco que se presenta así mismo como una extraña pesadilla, ahora se me presenta más como un cuento navideño. Gracias, Katy Perry. Es cuestión de prismas, y no quiero saber lo que para esta chica debe suponer una pesadilla. Sólo pensarlo me resulta obsceno.

Me consta que algunas personas (dos o tres) se han descargado varios de los discos sobre los que he escrito. Ahora pueden detestarme si realmente tienen extraños sueños tras escuchar este, o por el contrario se solidarizan conmigo y con mis delirios. Aquí pueden descubrir algunas músicas de Charles Mingus interpretadas por caballos de la escena jazzística contemporanea coregrafiados por Hal Willner, y más de uno se sorprendará al encontrar en algún tema la guitarra hilarante de Vernon Reid (Living Colour), o a Richard y Watts de los Stones transitando en este carrusel de sonidos al azar, junto a un buen número de nombres que participan en este homenaje.

Como estoy perezoso y tan parco en palabras como en imágenes musicales, os dejo un link donde Efren del Valle hace un comentario más centrado que el mío sobre el disco: http://www.tomajazz.com/musicos/mingus/vvaa_weird.htm

Recordando a mi amigo Dusan y su montaña, esto es lo que yo observaba desde la mía últimamente.

Ya sé, puede resultar aburrido que siempre hable de discos que me gustan. Pero es mi blog ( y como dice el chiste, “el gato es mío y …”). Aunque los que me conocen saben que puedo ser venenoso criticando tantas cosas que me disgustan de este mundo como hablando tremendas barbaridades de los personajes que salen berreando sobre lo que no entienden, en las radios y otros medios de difusión, estresando mis oídos y otros innecesariamente, seguiré haciendo apología de la música que me trae buena energía, que es un decir. A pesar de que por ello se me acaben los adjetivos positivos. Si esto ocurre, repetiré adjetivos. Tampoco soy cantautor.

Dicho esto, con Bitter ha sucedido algo novedoso en mi vida (lo novedoso, seguro, es que yo me haya percatado). Le llega más directamente a otras personas que a mi. Esto debe suceder porque yo tengo alucinaciones musicales, quiero ver cosas donde no existen, puesto que me parecía este un disco complicado y me ha costado encontrar por donde incarle el diente. Sin embargo, alguien cuyo criterio musical respeto no tan solo por el afecto que le tengo, el otro día, tras la primera escucha al aire de uno de los temas del disco ya comentaba que le parecía muy bonito. Señalaba ese tema entre otros muchos que habían sonado y sonarían tras ese momento. Le llegó automáticamente, mientras yo me he pasado semanas intentando que el disco dejara algún tipo de huella en mi. Me movía la intuición de encontrarme ante un hecho musical hermoso, pero debía tener los oídos cerrados. Y quizás no fuera el único de mis sentidos atorados, no sé. Mucho curro, stress, lo mismo que cientos de personas… vaya.

Supongo que en una primera cita con una chica, sobre la que has oído hablar bien con anterioridad, pero a la que no has visto nunca, el resultado pueda ser cualquiera. Yo, por mi parte, continuaré evolucionando mi relación con la música de Me’shell NdegeOcello, a ver si me recupero del shock inicial.

De lo dicho hasta ahora, no deduzcáis que es un disco raro. Creo que es muy asumible, amable incluso, y no tan “amargo” como se presenta. Ella tiene una voz sensual, toca el bajo más que bonito, es una gran bajista de hecho, y creo que tiene cantidad de buenas ideas musicales. Y este disco en concreto es más pop de lo que yo mismo esperaba. ¡Malditas expectativas! Si que hay un par de momentos en los que me hace recordar a Pink Floid, pero os puedo prometer que no me drogo… en casa, que no me drogo… últimamente, que no me drogo cuando escucho música. Nunca, nunca!!!!

Pd: trataré de hablar menos de mí y más sobre la música en futuras ocasiones, pero así es como están las cosas en mi montaña, por el momento.

Bienvenido a mi vida, Jesse Harris. Que tío! Un gran compositor de canciones! Y un aparente desconocido, al menos así se aprecia desde mi montaña. Y aunque reconozco no estar muy enchufado al mundo, si lo suficiente para saber que no es muy popular el bueno de Jesse. No tanto como Bustamante, al que a mi pesar conocemos casi todos (siempre quedará algún asceta descarriado y feliz) en este país. Pero no os de pena. El tipo al menos tiene un Grammy en su casa. Si, con esa canción que versionaba Pat Metheny, que hizo popular una tal Norah jones (como estoy hoy, en fin…) y que ya lo comentaba yo más abajo en este mismo blog. El disco de Norah Jones, Come Away with Me, fue muy celebrado y Don’t know why no fué el único corte del señor Harris incluido en el mismo.

No dejo de pensar que no es un gran cantante, pero sólo Dios sabe como se reparten los talentos, y el que busque encontrar una gran voz no la encontrará en este disco. Eso si, defiende con gracia y descaro sus canciones, o al menos con estos ojos lo quiero mirar yo. Sin embargo, consigue un sonido pop arriesgado, crudo y fresco, desenfadado, de arrreglos sencillos y directos, magistralmente interpretados, y es que es muy muy musical. Ya dije antes que es un gran compositor, y esto se refleja particularmente en las melodías, de las que es un mago. Suena americano, hay tradición en su música (y particularmente en las guitarras), y a la vez contemporaneidad, así es que se entreve a una rata de ciudad (dicho con cariño), de Nueva York exactamente.  Y así es como suena, a su vez, Bill Frisell, tradicional y vanguardista, que colabora en algunos temas manchándolos con colores de su guitarra, tan particular.

Pues eso. Me encanta el título, y la portada… y esa cara, esa mirada de pillo que se esconde tras esas gafas. ¿Quién es Jesse Harris? Todo un personaje, seguro. While the music lasts, una aventura agradable y emocionante.

Con esto doy por concluido de paso mi exilio estival. Y no, no he estado todo este tiempo a la sopa boba, más me hubiera gustado. Mucho amor y leña al mono. Ci vediamo!!

Link a Spotify: The Ferdinandos – While the Music Lasts

enlace a Grooveshark: You never know – Peter Erskine

Para los que vivimos los 80 o emergimos musicalmente de ellos, fue complicado encontrar alternativas que encajasen con una sensibilidad más personal, si se quiere diferente de un sentir generacional o popular, populista diría yo. Era aquel un momento musical en que el rock y todas sus variantes junto con el punk arrasaban en todos los pueblos y capitales, y formar parte de una tendencia era casi imprescindible para lograr cierta integración social (rockabillys, moods, heavys, rastas… lo que quisieras). Las modas eran más definidas y fuertes si cabe que hoy, y tenían un componente muy importante de conciencia de clase.

En ese contexto tan agitado y belicoso, el sello discográfico ECM se convirtió para algunos en salvavidas estético, oasis para el oído y brújula que colocaba al norte de Europa en un lugar importante de una nueva corriente, dentro y fuera del jazz. De la mano de Manfred Eicher, fundador, ideólogo y productor de la mayoría de los discos, el sello se dedicó desde 1969 a grabar a artistas que por no ser su propuesta convencional, etiquetable o fácilmente explicable para un sello mas claramente englobado en un género, no encontraban su lugar en ninguna otra discográfica. De ahí que artistas de la talla de Pat Metheny, Keith Jarret, The Art Ensamble of Chicago y muchos otros, que desde dentro del jazz apuntaban a músicas más abiertas y que no tenían el swing en su raíz, terminaran por cruzar el Atlántico y recalaran en Munich para grabar sus discos, donde ECM tiene su cuartel general.

Un buen ejemplo del sonido ECM, es este You never know, firmado por el batería Peter Erskine (aún hoy uno de los baterías en activo más respetados), al que acompañan el bajista Palle Danielsson y el pianista John Taylor, tres de los artistas más importantes y proliferos del sello. No es new age, no es jazz, no es pop… creo que la mejor definición es que es puramente música.

El disco se abre con New old age, una joya de tema, en el que el piano juega con un motivo rítmicamente reiterativo para crear una atmósfera de aire impresionista, en verdad delicada y de gran belleza, donde el contrabajo y la batería han de desarrollar nuevas formas de acompañar para no romper el clima. No es esta la única joya del disco, que pasa por diversas fases musicales, acercándose más al jazz por momentos y alejándose en otros, habitando en un lugar propio y donde se habla con una voz muy particular.

Volveré a hablar sobre ECM, pues no me cabe aquí y ahora todo lo que este pequeño e independiente sello a conseguido, navegando en un terreno casi abandonado, sin singles en cuarenta principales, con una música a veces experimental, otras tremendamente hermosa, dando cabida también a aquella música “clásica” que nadie quería grabar, extendiendo su influencia a Sudamérica y a Norteamérica gracias a dos sub-sellos (Carmo y Watt respectivamente), donde un buen número de artistas tuvieron la posibilidad de realizar trabajos con cierta continuidad, y de crear música que no hubiera podido materializarse de otra manera, quizás.

Solo me queda estar agradecido, porque me ha dado mucho, y me consta que no soy el único. No seremos mayoría, pero no estamos solos.

Trago recomendado: una buena taza de café italiano, mañanero!

Scar – Joe Henry

julio 8, 2008

 

Opaco. No es oscuro, es bonito. Bonito y opaco. Suena mate. Y me gusta. Me gusta como suena, mucho. Luego me doy cuenta de que es un disco de canciones. Con música, eso si. Con espacio para la música. Comunión entre dos elementos que muchas veces están subordinados el uno del otro.

Normalmente cuando se hacen canciones la música esta pensada para acompañar sin molestar, fundirse hasta desaparecer con la melodía y el texto, sin vocación de tener una voz propia. Cuando la música tiene el poder, pasa algo parecido. El texto queda en un segundo plano, relegado a una serie de coros reiterativos, un mero artificio para excusar un patrón rítmico y el desarrollo de melodías de solistas ávidos. También se han molestado muchas veces al querer compartir protagonismo, y esto quizá sea más culpa de la música que de la canción, aunque podríamos hablar largo y tendido sobre ello.

Pero este es un disco de canciones, se podría decir en cierta medida que es un disco de pop. Y me da envidia. Pienso; quiero hacer algo así. Vaya, me gustaría. Pero claro… me paro a pensar y me digo a mi mismo que tengo que hacerme mayor. Tengo que estudiar, volver al colegio… a ver si recupero alguna clase que seguro me perdí!

Luego ves los nombres de los músicos que reunió para este proyecto este cantautor, músico y productor californiano, y no sabes si te quedarías más perplejo al escuchar lo que les hizo grabar sabiendo que eran ellos los que tocaban, o si después de haberlo escuchado te hubieran dicho quienes eran. Excepto quizás Ornette Coleman, cuyo saxo indomable resalta y a la vez se empata de una manera que parece haber venido de otra galaxia. Y le gustó el jamón y el vino, se quedó y todo bien, pero es de otra galaxia, seguro.

Me’Shell NdegéOcello al bajo, esta mujer autora de varios e interesantes discos y figura muy importante en la evolución del A&B, trabajando codo a codo con uno de los baterías más recalcitrantes e interesantes del jazz actual, Brian Blade, en la base rítmica. Y por arriba, el piano de Brad Mehldau (el pianista sin duda más importante de la música improvisada) y la guitarra de Marc Ribot (otra vez, lo sé) van tejiendo texturas y creando situaciones sobre las que Joe Henry presenta sus canciones. Quizás la magia reside en que nadie juega en casa, y todos están buscando su sitio. Todos están tocando otra música, distinta a la que hacen cada día en sus proyectos. Y el resultado del experimento es magnífico. También la aparición de las cuerdas ayuda a darle a la ecuación cierta cohexión final, como la harina en una salsa, como el perejil de Arguiñano. 

Un montón de ideas frescas en la producción, ejecutadas perfectamente y con el aire que solo le pueden imprimir a la música unos pocos cracs. Quizás uno de los discos que me ha gustado más en los últimos tiempos. De esos que te hacen recuperar la fe en el ser humano, en el arte y en la música en particular.