Tengo ganas de bailar, y ha sido la música de M (nombre artístico de Matthieu Chedid) la que ha despertado de nuevo en mi esta apetencia. Hace tiempo que no tenía tan claro que quería ir a ver un concierto. Y si, quiero ver a M en vivo, enloquecer con los riffs de guitarra potentes, enloquecer con su energía. Mister Mystere es ese disco al que todo el que pasa por el estudio estos días temina enganchándose. Apenas hace falta que lo ponga yo, porque casi seguro que alguien lo está escuchando ya, o va a escucharlo o lo ha hecho hace un rato.

Me he rendido a sus talentos, que son muchos, no sin vender cara la piel del oso, ya que siempre desconfío con el pop, ando buscando la trampa, el truco pero… Es buen músico, toca y graba varios instrumentos, aunque en directo se aferra a la guitarra generalmente, a la vez que es un gran hacedor de canciones. Domina géneros tan dispares como el rock, funk, folk (Blami se reirá con esto), electrónica y además, gasta una cuidada y pintoresca imagen que le sirve para crear un show impactante en la que todos los que están en el escenario rebosan actitud, frescura y fiesta. Un hombre creativo, inquieto, que toma riesgos y cumple a pies puntillas aquella máxima de B. Wilder“hago películas solo para entretener y las hago tan honradamente como puedo”, pero trasladado a la música, claro. Entretener haciendo arte, haciendo buenas canciones, entretener sin perder la calidad y la independencia creativa, entretener sin complejos… levantar el ánimo, emocionar, hacerte bailar o cantar la melodía preciosa de una canción pequeñita, de esas que le gustan a Joan Berenguer.

¿Qué coño pretende este tío? ¿A donde quiere ir a parar? ¿Se quiere convertir en un nuevo “Príncipe” del pop? Sin duda sería mi candidato.

Le deseo lo mejor a Mister Chedid, que siga generando una energía tan positiva entre tanto triste que  camina por ahí, entre toda esa masa de chicos con cara de amargura y de cantar andrógino, de me drogo pero no rompo platos… y por suerte también está fuera del buenrollismo galopante, de globos de colores y ponpas de jabón, de a qué huelen las cosas que no huelen.

Y por cierto, hoy que hay tal vorágine de información que le puede llegar a saturar a cualquiera dejando obstruida cualquier capacidad de emocionarse o de sorprenderse, los clips del señor Mystere me traen locos. Son sorprendentemente hermosos, y como muestra un botón:

Así que sin más demora, os dejo con este peculiar francés que está llamado a “romperla”, como dirían mis colegas argentinos. Como no, si tienen la posibilidad, disfrutenlo con un buen Champange Cocktail, o no se corten y sírvanse una copa de aromático armanaç, y a gozar!

Desde la cueva del oso hermitaño, un afectuoso saludo y hasta pronto.

link spotify:  M – Mister Mystère


Es esa cosa que siempre me atrae, que tanto me gusta. Tal vez por ser una carencia en mi, y probablemente en muchos de los músicos y autores de este parte de occidente, la raíz. Lo que vendría a ser disponer de un código casi genético musical, así como los vascos tienen el bacalao al pil pil o la sidrería, los catalanes el pan con tomate o la salsa romescu, los gallegos el pulpo a feira y los madrileños el cocido del mismo nombre, en Segovia el cochinillo y suma y sigue por cada región y lugar de España. Ry Cooder (Los Ángeles, 1947) tiene la caldera donde se cocinan lentamente todas las músicas folclóricas del sur de los USA, llegando hasta la frontera con México e incluso a Hawai, donde son maceradas con mimo y con cuidado junto al blues, el country, el jazz, R&B, Rock  y derivados, el Ragtime y échale guindas al pavo. Se dice más rápido de lo que cuesta pensarlo bien.

Ahora en nuestro maltratado mundo latino, abandonado durante las últimas décadas en pro de todo producto anglosajón de cualquier calidad, empiezan a asomar mas o menos tímidamente artistas que retoman lo que estaba destinado para nosotros, nuestro producto autóctono, nuestra herencia cultural (miren los problemas que se traen en Galicia con los eucaliptos de marras). No digo que lo anglosajón sea bueno ni malo, en algunos casos es increíblemente bueno y viceversa. Ellos lo inventaron, saben como cambiar las normas, conocen los trucos, ¡qué les vamos a decir! Son los reyes del show por todo lo grande, y nosotros los provincianos acomplejados que seguimos preguntándonos como les suenan así las guitarras, como mezclan, que bien que va el inglés para cantar… Yo mismo en este blog no hago sino comentar música anglosajona, americana si se quiere. Nombres como Carmen París, Zenet, Concha Buika y otros (los flamencos son harina de otro costal, pues nunca han dejado de estar ahí, a su bola, resistiendo los envites de la modernidad, adaptándose y jugando con el vaivén de los tiempos), empiezan a mirar hacia nuestro suelo, nuestros pueblos, nuestras viejas costumbres, a escuchar la música con la que bailaban nuestros abuelos y con la que en muchos casos se enamoraron. Mejor aún, comienzan a mirar desde ese lugar suyo y nuestro hacia otros lugares comunes, como Latinoamérica, sobre todo a Cuba, pero también a Méjico, Venezuela, Puerto Rico… unos más otros menos.

No soy un purista yo, Dios me libre, pero sí que me alcanza el pensamiento para hacer la siguiente reflexión: si por algo la música norteamericana a sido referencia y punta de lanza durante casi un siglo, es porque nunca perdió el centro, y todo emergió del mismo lugar, manteniendo de una manera u otra el espíritu de las generaciones anteriores, incluso cuando tiraron hacia adelante tratando de adoptar una posición poco continuista, o cuando se mezcló con todas las músicas posibles (india, balcánica… el jazz es un ejemplo de música que a soportado todo tipo de experimentos) acaba apareciendo la raíz, la herencia del pasado por algún lugar, como una barrica que ha envejecido dando gusto a varias generaciones de vino antes (los italianos no quieren lavar con jabón sus cafeteras constantemente, para que el poso ayude a aromatizar la mezcla, y siempre después de una lavado a fondo, se hace un café para tirar y se toma el segundo).

Así Ry Cooder se ha curtido haciendo suya la voz de muchas músicas hoy ya antiguas (y a la vez tan de moda), casi como un científico, un historiador, un alquimista del folk que va evolucionando y resistiendo, y sus discos son un precioso viaje por un montón de lugares que conocemos a través de cientos de imágenes cinematográficas.

Y como declaración de principios se manda un primer temas casi psicodélico, “UFO has landed in the ghetto”, para después continuar con un repaso en clave de rock de temas como “I need a woman” de Bob Dylan, “Blue suede shoes” (zapatos de gamuza azul) de Carl Perkins, que nos recuerdan que en algún momento este músico de Los Angeles colaboró en proyectos con “sus satánicas majestades”. Les sigue la versión luminosa y original sobre “Gipsy woman” de Curtis Mayfield, donde se aprecian particularmente las voces de los seis ilustres amigos que hacen coros más la del batería Jim Keltner, el cual también tocó en el disco de Cassandra Wilson posteado mas abajo en este mismo blog (vaya nivel de versatilidad).

Se completa el disco con la animada y rockera “Mama, don’t treat your daughter mean” y la pseudo-humorística “I’m drinking again”. En clave un poco más rabiosa aparece “Witch came first”, mano a mano con el gran Willie Dixon, y se cierra el disco en apenas 40 minutos con la balada fronteriza estilo Flying burrito brothers “That’s the way love turned out for me”, en la que uno añora el acordeón diatónico de Flaco Jiménez, presente en otros discos de Ry Cooder.

Así que de la mano del hombre que llegó a Cuba cual Rey Midas para crear ese gran monstruo hiperventas que fue Buena Vista Social Club lanzando al estrellato a unos grandes y ancianos artistas olvidados por nuestra vaga memoria a la que aludía antes (y así es que esperamos que los anglosajones vengan a dar valor a lo que nosotros teníamos guardado en el baúl de los trastos inservibles, para luego jactarnos de apertura de mente, amplitud de miras, cuan modernos somos o qué se yo… de “guays”) os dejo este disco ideal para una noche fría como la de hoy.

Tal vez sea una buena noche para que servidor baje de la montaña en busca de una taberna para beber con los amigos hasta que bajen la persiana y hablar de cosas importantes… cada uno sabrá.

Ry Cooder – The Slide Area

Produced by : Ry Cooder

Musicians :

  • Ry Cooder : Guitar, Vocals
  • Bobby King, Willie Greene, Herman Johnson, John Hiatt, Bobby Baker, George McFadden : Vocals
  • Jim Dickinson : Keyboards, Piano, Electric Piano, Organ
  • William D. Smith : Keyboards
  • Jim Keltner : Drums, Vocals
  • Tim Drummond : Bass
  • John Hiatt : Guitar
  • Chuck Rainey : Bass
  • Ras Baboo Pierre : Percussion
  • Kazu Matsui : Shakuhachi
  • Reggie McBride : Bass

Strings Arranged and Conducted by Nick DeCaro

Aztec Camera – Stray

enero 4, 2010

actec camera stray

Si algo importante pasó en la tierra al unirse hace millones de años las dos Américas y separar así Pacífico y Atlántico, o al vaciarse el Mediterráneo para llenarse milenios más tarde con sus correspondientes consecuencias y efectos en cadena, algo así ocurrió con la música entre los 80 y los 90, momento en el que se da un cambio de dirección en la estética importante, en cuanto a la forma de grabar y sobre todo, en cuanto al sonido. La cosa no volvió a ser igual después, y es ese preciso momento de cambio en el que Roddy Frame y sus compañeros de tripulación se embarcan en la grabación de Stray.

Corría el año de gracia de 1990. La reverb iba a dejar de tener ese protagonismo nefasto que durante toda la década de los 80 marcó cantidad de grabaciones (esas cajas y esos bombos, uff…), en mi opinión (siempre en mi opinión, bah! Maldigo lo políticamente correcto desde aquí y ahora, y mi corrección en particular la maldigo sobremanera), cerrando las puertas de la historia a muchos grandes trabajos discográficos y preciosas canciones. Y no solo la reverb, sino las programaciones, al igual que los pianos y las cuerdas sintetizadas contribuyeron casi en la misma medida al desastre estético. Vamos, que de momento y si no se demuestra lo contrario, nunca antes hubo una moda musical en la historia del “hombre cultural” tan rápidamente caduca, tan efímera.

Así es que estamos sobre la delgada línea roja, donde aun quedan algunos resquicios del pasado, pero comienza a vislumbrarse una luz al final del túnel, lo cual sitúa este disco entre dos épocas, siempre haciendo referencia al sonido. Sin embargo, desde lo musical algo debe de ocurrir para que alguien como yo, que prácticamente sea poco aficionado tanto al pop como al rock, y que no logre superar la barrera estética que representa ese sonido “ochentero”, aun siendo adolescente y consumidor potencial en el momento en el que se pertrechaba el crimen, adore este disco.

Tal vez este disco no vaya a aparecer entre los mejores del rock en ninguna de las listas de la revista “Rolling Stone” ni en la de los “1001 que hay que escuchar antes de morir“… pero sin duda, es un disco en cualquier caso mucho mas bello que la mayoría de los que en la misma suelen figurar, en opinión de esta oreja. No es que yo compre la revista de marras, pero hace unos días tuve la oportunidad de revisar la lista de los 100 mejores discos de la década del 2000 y opá… o ellos vienen de otro planeta o el alienígena soy yo (esto último es lo más probable, sin duda).

Enfilando hacia lo musical. Una lírica excepcional, un gran repaso de muchas de las líneas fundamentales del rock y del pop británico, tanto armónicas como estructurales dando la sensación de escuchar un trabajo completo, de esos que se devoran de principio a fin, y que más que saltar canciones uno tiene por momentos el deseo de rebobinar para escuchar de nuevo un pasaje fascinante, la entrada a un solo o un sorprendente puente. Los temas más enérgicos y rockeros nunca pierden la fluidez melódica, sin dejar de ser rítmicamente poderosos por ello, y sin dejar de lado el descaro con el que los británicos han seducido al mundo moderno, descaro al que se podría añadir cierta ingenuidad adolescente. Mientras el rock transita por el imaginarío más puramente británico, las baladas son empujadas hacia el jazz para desnudar la voz del sr. Frame, que luce aquí mejor que nunca, dando espacio para movimientos preciosistas del bajo y permitiendo que la guitarra coloree, juguetona, encontrando acordes y voicings interesantes, siempre ubicada y lírica, sumando al global en todo momento, superando la fea y fría barrera de la funcionalidad, para ser contrapunto ahora insustituible de una voz que sale realzada, arropada en todo momento.

Para los que no conocierais esta banda ni el disco en cuestión, creo que puede resultar una agradable sorpresa, un disco sin aristas que se deja degustar amablemente, en contraposición a algunas de las recomendaciones que voy haciendo habitualmente, las cuales suelen acompañarse de un regusto amargo, o directamente son huesos duros con los que hay que lidiar para sacar algo de provecho. De cualquier manera, parece que seguiré aquí por tiempo indefinido, sin prometer periodicidad determinada, eso si, dando un pequeñísimo empujón a una música que sin tener vocación de ser enterrada como la mayoría, queda ahogada por la vorágine y la velocidad bárbara de los tiempos que vivimos.

Un disco que 10 de cada 9 tahures recomiendan escuchar mientras uno se baja pausadamente una copa de Drambuie (“el licor que satisface” según los gaélicos), maravilloso trago de origen escocés, al igual que Aztec Camera en su formación primera, antes de ser una interminable lista de músicos que acompañan a Roddy Frame bajo el nombre de la agrupación original, que tan solo logró mantenerse tal cual en el primer Lp. Por cierto que en esta ocasión, la orquestación del personal corrió a cargo de dos míticos productores, Russ Titelman (flipando con su curriculum) y  Tommy LiPuma (aunque este último, con ese nombre, habría podido ser cualquier cosa, boxeador, mafioso… también con un historial de producciones que quita el hipo).

Así que con este disco recibo el nuevo año y despido un 2009 al que muchos teníamos ganas de perder de vista con la esperanza, infructuosa, de que simplemente el cambio de número nos traería mejor suerte o al menos una cesta de navidad. Otra cosa es que el tiempo parece tener la virtud de mover las cosas, aun cuando uno se quede quieto, y ahí si, queda más 2010 para esperar que algo bueno suceda, antes de que comencemos a desear que también se termine.

el link spotify: Aztec Camera – Stray