Vladimir_Ashkenazy

“El hombre debe saber sus limitaciones” (parafreaseando a Clint Eastwood en Harry el fuerte). Yo tengo las mías. Por más que quiera llego hasta donde llego, y claro ejemplo es el tiempo que ha pasado desde la última vez que publiqué en este blog. Si bien ya había hablado de Vladimir Ashkenazy anteriormente, no podía pasar más tiempo sin dedicarle un post entero. ¡Y ahí voy! (Je, je… ahora me he acordado de Alberto Contador y su ya famoso disparo. Creo que en más de una ocasión mentalmente se lo ha dedicado a Lance Armstrong y perdón por el desvío).

Todo comenzó con el Vals nº 10, Op.69 nº2 en B minor de Frederic Chopin, y una discusión doméstica sobre los rit. (ritardando, que en música significa una ralentización del tiempo, a la que podrá seguir una indicación para retomar la veloccidad original, a tempo), y la llamada interpretación amanerada* en la que pianistas del mundo entero caen una y otra vez (así le decían en el ambiente académico, amanerado, sobre todo los iluminados del piano, término que jamás escuché en clases de guitarra o a un violinista), con una incidencia mayor en este autor romántico. Sería algo como todo aquello que se pone de más para emular un real sentimiento o emoción que no está, especial atención en este punto a la gesticulación de manos y flequillos así como a los movimientos de tempo que ya no son musicales, acaso orgásmicos o cósmicos… Desolador! Un auténtico río de flujos incontrolados, dramatismo exacerbado, ríos de lágrimas de cocodrilo, paquete de clinex y toneladas de azúcar… basta ya!!! Vale, no podré ocultar que soy una persona de extremos, pero esa sensación… esa sensación ambiental se pegó a mí, a modo de repelús y rechazo, quedándoseme grabada por mucho tiempo.

Era yo un apuesto y gallardo estudiante adolescente en una academia de música donostiarra, experimentando un apasionado deseo de comprender lo profundo del acto musical. Tan apasionado como inconsciente, radical y molesto, mientras en todas las aulas a la vez, se escuchaba sin parar como alumnas (eran sobre todo ellas las que ocupaban las j-aulas de piano y que me perdone “La Chacón”, aunque ellos lo retorcieran estupéndamente bien) daban rienda suelta a su espíritu mas ñoño y repipi. Contra lo ñoño y repipi en la vida, no tengo aparentemente nada si me miro para dentro, ¡¡¡pero no me toques esa tecla, leche!!!!!!

Así que termine mis estudios y el tiempo fue pasando, y no escuché a Chopin mas que en la banda sonora de alguna película o serie, o en algún que otro fortuito y casual encuentro, hasta el menciona día del vals. En aquel momento comenzó una discusión donde yo criticaba esa manera exagerada de rubatear el tiempo, y se argumentó que como podía yo saber si estaba bien o no una determinada manera de interpretar la pieza en cuestión, sin haber estudiado la carrera de piano, y que terminó con un servidor descargando todas las versiones que en el momento se podían conseguir en el emule (como lo añoro, ahora que me pasé a Mac hace algún tiempo), 13 o 14 intérpretes diferentes que habitan aún en mi iTunes por si alguien quiere compararlas algún día.

Una vez metido en la faena de descubrir cual de las visiones del tema se ajustaba más a la que yo consideraba una manera menos aparatosa de interpretación, pues el término amanerado nunca me convenció, aparece la grabación de este pianista de origen ruso, un auténtico desconocido para un cuasi profano como yo, y se produce el milagro de la música. La mejor descripción de un hecho abstracto que puedo hacer es que mientras le escuchas tocar, nunca le oyes pensar, y esto ya es un regalo mágico, al menos para mí. Entra y sale de todos los lances con naturalidad, sin aspamientos, casi se diría que roza la austeridad, pero sin embargo la fluidez es contagiosa, magnética, y la pieza sale absolutamente restaurada en su dignidad y realzada su belleza. Ashkenazy desaparece para dejar paso a la voz de la obra, la propia partitura es la que habla mientras él se coloca como un conductor de música dentro de un circuito de factores, lo cual no le quita ningún mérito, sino que le añade grandeza a este peculiar y carismático pianista, aclamado director y sobre todo, un músico genial. Absolutamente delicioso. Sin contar con que de la mayoría de las versiones que escuché ninguna parecía un vals, tal vez por miedo de los intérpretes a parecer simples, evidentes o no lo suficientemente refinados, y quizás por esto que trataban de ocultar esa sensación rítmica de “pun-chan-chan, pun-chan-chan”, la de Vladimir resaltaba sobre todas ellas como un faro en la noche. Con buen criterio a mi parecer y confiando en sus posibilidades musicales, el ruso se lanza a jugar relajadamente con la melodía mientras la mano izquierda no deja de marcar el pulso claro y bailable de una pieza que lleva la palabra vals enraizada en su propio nombre, y estira el tiempo con una gracia y naturalidad que bien podría haber escuchado en músicos tan dispares y alejados del estilo que nos ocupa como Pat Metheny o Miles Davis, dos grandes cronopios con una particular gracia de bailar las notas adelante y atrás, retorcer el tiempo a antojo.

chopin piano works

Pues cual es mi sorpresa cuando descubro que esta no es una pieza de Chopin que Ashkenazy toco y grabó así, como caprichosamente, nada mas lejos de la realidad. Tiene grabadas prácticamente todas las piezas de  Chopin para piano, compiladas en una caja conformada por 13 Discos, donde da buena cuenta de preludios, baladas, scherzos, nocturnos, estudios, polenesas, valses, mazurkas, sonatas, variaciones y demás. Vamos, todo un regalo. A mi me ha servido de reconciliación con el mundo romántico, de redención y perdón con mi pasado académico y rebelde, y sobre todo de extemo gozo al tener 14 horas ininterrumpidas de música interpretada con genio, sabiduría, generosidad y mucho, mucho arte.

Termino con una pequeña victoria moral, permitid y perdonad que saque leoncio su ego a pasear un rato. Esta mañana estaba enfrascado en la escucha de estos discos cuando una compañera de piso, pianista (algo muy habitual, músicos por casa) ha reconocido uno de los estudios que había tocado ella durante la carrera, y como seducida por un “flautista de Hamelin” ha asomado la nariz por mi habitación, preguntando: “¿Qué escuchas? ¿Eso es Chopin, verdad?” Hemos comenzado a hablar y cual es mi sorpresa que la mítica Cristina Navajas (para los estudiantes donostiarras), catedrática de piano en el conservatorio de San Sebastián recomendaba a sus alumnos escuchar el Chopin de Vladimir Ashkenazy y no otro, y entre tanta batalla y tanta búsqueda, uno se siente acompañado por un instante y recompensado en su empeño o maldición de dibujar un camino en solitario hacia el criterio propio, sin la ayuda de la discusión, la aserción o la más pura y estimulante bronca y/o rivalidad… por esto les recomiendo que debatan, hablen, discutan y no se lo guarden para ustedes, pues todos ganamos al compartir las ideas, y no siempre las más interesantes son las que oímos de manera más habitual. Preguntar, escuchar… interesarse…

De momento espero que todo hasta aquí le sirva a alguien para pasearse de nuevo por la obra de Chopin, y por la música de Ashkenazy. Bye!!

El link spotify para el vals: Vladimir Ashkenazy [Piano] – Waltz No.10 in B minor, Op.69 No.2

Trago recomendado: una copa de “Armagnac” acunada con mimo.

*de las dos acepciones de la palabra, los profesores usaban una, pero en este texto caben y conviven perfectamente ambas.

Omar Sosa – Mulatos

junio 21, 2008

Link a spotify: Omar Sosa – Mulatos

Pianista y compositor, Omar Sosa viene a devolvernos lo que siempre nos perteneció, tradición y contemporaneidad, la posibilidad de ser un hombre de su tiempo sin perder contacto con las raíces. Algo que me parece extraordinariamente sano en los días que corren,y en lo que no profundizaré por el momento para no alejarme más, si cabe, del tema que me ocupa.

Ternura, el número* con que se abre este Mulatos, arranca con tres notas a modo de llamada y una escala de piano que apunta hacia arriba para despistar. Lo que lleva todo el veneno y sabrosura es ese contrabajo que arranca inmediatamente después con un glisando, y nos sumerge en el espíritu del tema. ¡Cuánta madera que se oye!

Pero entre melodías, solos y pasajes musicales, muy a lo cubano y al igual que el contrabajo, evocando a Israel López Cachao y a sonidos de otro tiempo (no en vano aparece en este tema el clarinete de esa bestia de la música cubana que es Paquito D’Rivera), un coro lejano entra y sale repitiendo la frase: Oye negra!” Y este “oye negra” se me enredó en el subconsciente, de manera que me encuentro a menudo tarareándolo mentalmente, envuelto en una atmósfera hipnótica que trato de recordar más claramente.

Porque vuelvo a este tema una y otra vez, y ya se ha convertido en parte de la banda sonora de mi vida, estoy aquí escribiendo sobre este disco y no sobre su último trabajo “Afreecanos”.

Y es que en la música de Omar Sosa conviven y dialogan de manera armoniosa sonidos e instrumentos de la vieja Europa, Nueva York, Los Ángeles, África y Asia, sin faltar ese elemento electrónico, que aunque sutil, le da una capa de actualidad sin quitarle un ápice de naturalidad. Esto puede parecer difícil de conjugar, pero el resultado es ciertamente asombroso. Esta música parece destinada a perdurar, pero esto sólo el tiempo lo dirá.

Todo se guisa en desde Barcelona, pero el horno es de esa Cuba que no parece tener fin a la hora de aportar música y músicos. ¡Cuánto les debemos a los cubanos por mantener esa llama viva que de otra manera, algunos no hubiésemos podido ni intuir desde el viejo continente, y que es, más que música, una manera de sentir! No me cabe duda de ello. Yo por mi parte, en deuda me siento.

Bye!

PD: gracias a Alex viejo pintor Martínez, por ayudarme en los comienzos de este blog. No prometo no necesitar más de tu ayuda, bro!

*Para los aficionados a la palabra:

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA – Vigésima segunda edición – Número;m. Cada una de las partes, actos o ejercicios del programa de un espectáculo u otra función destinada al público.” En este caso, de un disco.